Primer premio 2002: La mitología de un inglés

por Helios De Rosario Martínez

Primer puesto, premios Ælfwine 2002

 

Mitología de un inglés 

(De Inglaterra a la Tierra Media)

 

Una frecuente pregunta que casi todos los lectores de Tolkien nos hemos hecho es: ¿qué le llevó a escribir tan inmensa mitología? La respuesta más socorrida es la que él mismo dio en su carta a Milton Waldman en 1951:

«...tenía intención de crear un cuerpo de leyendas más o menos conectadas, desde las amplias cosmogonías hasta el nivel del cuento de hadas romántico ..., que podría dedicar simplemente a Inglaterra, a mi patria.»[i]

 

Sin embargo tal afirmación resulta sorprendente. Ciertamente hay mucho de inglés en El Señor de los Anillos, en los hobbits así como –desde otra perspectiva– en Rohan. Sin embargo en El Silmarillion, donde se desarrolla el trasfondo de la mitología, y al cual se refería esta carta, lo inglés está completamente desaparecido. Si admitimos que las intenciones de Tolkien eran las que dijo, ¿acaso es que no logró transmitir el elemento inglés en esta obra? Así parecía pensar al menos Edward Crankshaw, de Allen & Unwin, cuando leyó en 1937 partes del Silmarillion que Tolkien envió a la editorial: «Tiene algo de la enloquecida belleza de ojos brillantes que deja perplejos a todos los anglosajones delante del arte céltico», escribió el señor Crankshaw sobre la historia de Beren y Lúthien, para mayor frustración de Tolkien.[ii]

Pero a los entusiastas de su obra nos cuesta pensar que el objeto de nuestra admiración sea producto de un proyecto fracasado, por lo que se suele decir que esta diferencia entre el propósito inicial y los resultados aparentes no se debe a tal cosa, sino a que intentó hacer una mitología para Inglaterra y consiguió por contra una mitología para el Mundo, lo cual queda mucho más triunfal y satisfactorio para el gusto de sus admiradores.

Con este documento quiero dar una respuesta a la pregunta de si esto es realmente así o no; pero es ésa una cuestión que se resolverá hacia el final, después de ver cómo sucedió este cambio, esta evolución, desde el Libro Dorado de Tavrobel hasta el Libro Rojo de la Frontera del Oeste.

 

La Historia de Inglaterra

Antes de analizar la empresa literaria de Tolkien, es apropiado conocer la motivación de la misma. Veamos pues qué historia y qué mitología tenía –o de cuál carecía– la Inglaterra a la que Tolkien dedicó sus primeras leyendas.

Los primeros registros que se tienen de esa tierra –y por tanto el comienzo de su «historia»– se remontan a los exploradores griegos y las incursiones romanas que hablaban de las tribus de hombres que ya entonces habitaban allí (llamados «bretones» por Julio César), y de las cuales desciende por cierto la tradición celta que hoy en día es tan conocida. Los romanos conquistaron parte de la isla de Inglaterra en el año 43 d.C. por orden del emperador Claudio, y durante unos cuatro siglos fue parte del Imperio, que llevó allí su civilización y sus leyes.

Pero allí también se sufrió la Caída del Imperio Romano y las invasiones de los bárbaros; y entre los siglos V y VI, anglos, sajones y jutos (pueblos germánicos de lo que hoy es Dinamarca y el norte de Alemania) conquistaron Inglaterra, dando paso al llamado periodo anglosajón.

Ésa, la anglosajona, era la Inglaterra tan amada por Tolkien; una representación idílica y poética de la misma se puede apreciar de hecho en el pueblo de los rohirrim. También se pueden señalar otros elementos destacables que tienen reflejo en su obra: No había un solo rey de Inglaterra, sino varios reinos que se la repartían, aunque uno de ellos solía sobresalir y dominar por encima de los demás; entre estos reinos se encontraba por cierto Mercia (hoy se traduciría por «La Marca», nombre de sobra conocido por los lectores de El Señor de los Anillos), al cual Tolkien se sentía especialmente arraigado. Por otra parte, la cultura anglosajona estaba marcada por su herencia germánica pagana, pero el país se cristianizó paulatinamente a partir de la llegada en el 597 de San Agustín y otros misioneros. El dilema entre lo pagano y lo cristiano consecuencia de este encuentro, la «fusión que ha tenido lugar en un momento de contacto entre lo viejo y lo nuevo, un producto del pensamiento y de una profunda emoción»,[iii] cautivó a Tolkien; y así como se refirió a esta cualidad hablando del Beowulf,[1] también es observable como elemento característico en su propia obra de ficción.

 

De los acontecimientos históricos de este periodo relacionados con la obra de Tolkien se ha de destacar, por razones que luego serán evidentes, la época de las invasiones de los vikingos daneses que se sucedieron a partir del año 835, en la que contra los saqueos y los pillajes, los ingleses ofrecieron su resistencia más heroica, bajo el liderazgo de grandes reyes entre los que destaca sin duda Alfredo el Grande (rey de Wessex de 871 a 899).

Pero poco después la heroica edad anglosajona llegaría a su fin. El reinado de Etelredo II el Indeciso (978-1016) fue mucho menos glorioso que el de sus antecesores, y finalmente cayó bajo los daneses, de modo que desde el final de Etelredo y hasta 1035, Inglaterra estuvo bajo el gobierno del rey danés Canuto I el Grande. Tras la muerte de Canuto volvió a haber un rey inglés, pero sólo para que treinta y un años después, en 1066, Inglaterra fuera nuevamente tomada, esta vez por los normandos, en la famosa Batalla de Hastings. Normandía era una región francesa que había sido colonizada por vikingos de gran afán expansionista, y eso fue lo que llevó a la invasión de Inglaterra: «Guillermo [el Conquistador, duque de Normandía] hizo cuanto pudo para dar a su demanda un aspecto respetable, pero su conquista de Inglaterra fue una jugada para encauzar las energías agresivas de sus súbditos normandos en beneficio propio.»[iv] Y aunque bajo el fuerte gobierno de los reyes normandos, al estilo de los franceses, Inglaterra se convirtió en un gran reino unido que competiría con los del continente, aquí se acaba su historia en lo que a su relación con la obra de Tolkien se refiere.

 

Porque para Tolkien, el de espíritu anglosajón, la Batalla de Hastings no sólo supone la derrota de «su pueblo», sino también una pérdida cultural irreparable, pues los normandos borraron la memoria del pueblo anterior y dejaron a Inglaterra sin mitología propia. Decía Tolkien en la carta antes citada que «se dispone de todo el material arthuriano; pero aunque poderoso, está imperfectamente naturalizado, asociado con el suelo de Bretaña, pero no con el inglés.»[v] Tom Shippey añade otras razones de fondo a esta insatisfacción de Tolkien con la tradición artúrica, pues estando ambientada en la época de la conquista anglosajona, en ella los héroes son sin embargo los romano-bretones, y «estaba dedicada a la derrota de Inglaterra; su conmemoración en verso inglés fue sólo una consecuencia final de la sofocación de la cultura nativa tras la derrota de Hastings, una “defoliación” literaria».[vi]

Así pues, Tolkien encontraba a faltar una mitología verdadera para los anglosajones, de la que Arturo era sólo un humillante sustituto. Esto es lo que motivó el proyecto de Tolkien, de crear una nueva mitología inglesa.

Para desarrollar esta nueva mitología se basó en tres cosas. Una de ellas es un cúmulo de nombres aislados de la auténtica tradición inglesa que resultaban a Tolkien especialmente sugerentes y misteriosos, como Éarendel, Ing o Heorrenda,[2] y las escasas leyendas que sobrevivieron, como la de Hengest[3] y Horsa, los jefes militares bárbaros al servicio romano que en el siglo V fueron enviados a Inglaterra con la misión de defenderla de las invasiones de otros bárbaros, pero que se sublevaron y encabezaron así la conquista anglosajona. La segunda, los propios idiomas, poemas y cuentos de las hadas y los gnomos que Tolkien empezó a imaginar y componer en su juventud. Y a estos ingredientes habría que añadir las emociones que lo anterior provocaba en él, entre las cuales destaca, sobre todo, la nostalgia, el sentimiento del que sueña con algo muy querido, pero perdido. De este modo, esos nombres y esas leyendas anglosajonas, junto a los cuentos sobre los elfos, pasaron a formar parte en su imaginación de una historia, de un cuerpo de leyendas conectadas, cuya característica más notable es que pertenecían a un pasado élfico que había sido destruido por los hombres, lo cual representa bastante bien el sentimiento que despertaba en Tolkien la historia real de Inglaterra. Y así, el Libro de los Cuentos Perdidos es el compendio de aquellos primeros intentos de cumplir su proyecto de mitología para Inglaterra a finales de la década de 1910.

 

La leyenda de Eriol

En la fase de la obra de Tolkien que se describe en El Libro de los Cuentos Perdidos (1 y 2), la geografía y la historia de Inglaterra estaban explícitamente integradas en las leyendas élficas antes comentadas, que son las mismas que componen el «Quenta Silmarillion» de El Silmarillion, si bien en una fase notablemente más primitiva –cuyas diferencias con la versión final no hace falta contar aquí–. El «nacimiento» de Inglaterra, tanto geográficamente en su configuración actual como históricamente con el asentamiento de los anglosajones, ocurría según este mito en un mismo tiempo, en la época de Eriol, un marinero que llegó a la Isla Solitaria donde vivían los elfos, y escuchó allí su historia contada en primera persona... y en los acontecimientos posteriores, ¡la Isla Solitaria se convirtió en Inglaterra –e Irlanda, llamada Íverin, tras partirse la isla–![vii]

Esto ocurre, simplificándolo mucho, del siguiente modo: tras la marcha de los elfos de Kôr (Tirion en el contexto de El Silmarillion) para liberar al mundo de Melko (tal como se llamaba entonces a Melkor/Morgoth), lo que en El Silmarillion es la Guerra de la Cólera, hubo una época oscura en las Grandes Tierras durante la que los hombres se debatían continuamente en guerras, lo cual llevó a la mayoría de los elfos que vivían allí a huir a Tol Eressëa. Fue en esta edad oscura («prehistórica», aunque llegaría hasta el siglo V d.C.), cuando el danés Eriol llegó a la Isla donde le contaron los Cuentos Perdidos. Y fue también entonces –o poco después de su muerte, no está claro– cuando definitivamente todos los elfos se alejaron de los hombres, porque en una adversa Partida, en la que Eressëa se trasladó de lugar y se quebró hasta tener su forma actual, pueblos de hombres hostiles llevaron la guerra hasta la Isla y los elfos la abandonaron para marchar hacia Valinor. La tradición élfica se salvó allí, en lo que fue la Isla Solitaria y ahora es Inglaterra, por el mucho tiempo que las hadas habían vivido en ella, así como porque finalmente vencieron en las guerras los seguidores de Hengest y Horsa, que eran hijos de Eriol y amaban a los elfos. En esta concepción de la mitología, además, el inglés antiguo es la única lengua en la que se conserva la verdadera tradición de las hadas, en oposición a la lengua de los irlandeses o los galeses (Tolkien utiliza los términos en inglés antiguo, íras y wealas),[viii] pues en esta lengua es en la que Eriol escribió el Libro Dorado de Tavrobel con los Cuentos Perdidos (y según algunos esbozos fue completado por su hijo Heorrenda tras la muerte de Eriol y la fundación de «Englaland» –Inglaterra–).

 

Pero a pesar de que esta leyenda cuente que algo del mundo élfico se salvó en la tradición anglosajona, es inevitable sentir el pesimismo y la nostalgia en ella, más incluso de lo acostumbrado en Tolkien. Y es que en este mito el nacimiento de Inglaterra, el país al que está dedicado, se asocia directamente con el fin de los elfos en el mundo, y no hay ningún giro gozoso en esta pérdida. Sólo queda el consuelo de que vencieran los descendientes de Eriol y no otros que no amasen a los elfos, si bien esta victoria está ensombrecida porque el mismo Eriol fue, según alguno de los textos,[ix] el causante mismo de la catástrofe que hizo a los elfos marchar de la Isla; y acaso hay una señal de esperanza en la profecía sobre el «Reencendido del Sol Mágico», en el que los Hombres tendrán la oportunidad de redimirse –o bien de provocar la pérdida definitiva–. Esta nostalgia y este pesimismo acerca del debilitamiento de los elfos siempre ha sido característicos de Tolkien, pero en esta época son más vívidos e intensos que nunca, como se comprueba al leer esos cuentos y poemas.

 

La leyenda de Ing

En el desarrollo posterior del legendario, a partir de los años veinte, Eriol fue sustituido por el inglés Ælfwine en un mito sobre el nacimiento de Inglaterra más elaborado que el anterior y también con más consistencia histórica, si bien parte de las mismas leyendas élficas de los Días Antiguos. Pero en esta ocasión, la formación de las Islas Británicas no está relacionada con Eressëa, y se remonta mucho atrás, a un tiempo poco posterior al apresamiento de Melko, cuando parte de las Grandes Tierras se rompió hacia el oeste (en vez de acercarse Tol Eressëa hacia el este, como en la versión anterior). En esta forma del mito, fue en esa tierra posteriormente desgajada del continente donde se refugiaron los elfos de los tumultos de los hombres, porque en ella reinaba Ing,[4] un hombre que fue instruido en el conocimiento de los Eldar por Eärendel (que en esta época aún no se llamaba Eärendil, y al contrario que en la historia de El Silmarillion, se demoró un tiempo en el mundo tras la guerra contra Melko, antes de navegar hasta el firmamento). Así pues, Ing fue amigo de los elfos, por lo que su tierra fue felizmente habitada por ellos, y la llamaron Luthany («Amistad»).

La conquista anglosajona de ese país sigue formando parte de las leyendas, aunque evidentemente en otro tiempo y con otros protagonistas: ocurrió también después de una «edad oscura», que esta vez tuvo lugar cuando Ing abandonó Luthany y ésta quedó en manos de los enemigos de los elfos, que ahora huyeron más al Oeste, a Tol Eressëa. A partir de aquí se mezclan el mito y la historia, con referencias a siete invasiones de Inglaterra (incluyendo la de los rúmhoth –romanos–), que concluyen con la conquista de los ingwaiwar, un pueblo que había heredado la tradición de Ing y era también amigo de los elfos. Estos ingwaiwar eran, evidentemente, los anglosajones (inguaeones para los romanos, históricamente hablando); y por supuesto, no pasa desapercibida la intencionada semejanza de estos nombres entre sí y con «Inglaterra», siendo esto algo característico de las leyendas de Tolkien en esta época.[5] (Véase el comentario que hace Christopher Tolkien a los «retruécanos históricos» en el análisis del Léxico Quenya de los Cuentos Perdidos.)[x] Ælfwine, el marinero que viajó a Eressëa buscando el paraíso élfico, lejos de los invasores –normandos o daneses–[6] que hostigaban su país, descendía de hecho de este pueblo. Ælfwine tomó el lugar de Eriol como el hombre que escuchó las leyendas de los elfos de Eressëa y las transmitió hasta nuestros días, pero salvo eso no forma parte importante de la historia de Inglaterra.

 

Resulta, pues, que en esta versión del mito hay también una nostalgia clara, constante en Tolkien, pero es mucho más optimista que la de Eriol: La carga de la pérdida se aligera al saber que en Tol Eressëa se sigue conservando –incluso en nuestros días, se supone– la beatitud élfica. A pesar de que los elfos se marcharon de Luthany/Inglaterra, ahora esta marcha no está asociada a la época anglosajona; al contario, en los tiempos de los ingwaiwar/anglosajones se recuperó la tradición, y había verdaderos amigos de los elfos (lo cual es por cierto el significado de Ælfwine). También hay esta vez una profecía de esperanza, según la cual los elfos podrían volver al mundo –como en la versión de Eriol–, y con ellos regresaría Ing a Luthany, pues se cuenta que se había vuelto inmortal y llegó hasta Tol Eressëa. Y de hecho, a pesar de que los elfos se hubieran debilitado en Inglaterra desde que Ing se marchó, se conservó la memoria intacta de la antigua Luthany en la paradisíaca Tol Eressëa: sus ciudades evocan a las ciudades inglesas en un tiempo idealizado (Kortirion/Warwick, Tavrobel/Great Haywood, Taurithorn/Oxford...), y allí la única lengua no élfica que se habla es el inglés antiguo –introducido por Ing, se supone–.

 

Por otra parte, en esta nueva versión sigue existiendo un vínculo claro –el personaje de Ing– entre la historia de los elfos y la historia de Inglaterra, pero dicho vínculo es más indirecto y lejano en el tiempo, pues no es Ing el fundador de la Inglaterra anglosajona, sino los ingwaiwar, otros hombres que fueron instruidos por él, después de cientos de años. Esto proporciona un hueco temporal entre la marcha de Ing y la llegada de los ingwaiwar para dar consistencia histórica al mito (en él caben los pueblos que habitaron la isla antes que los anglosajones, incluidos los celtas y los romanos), pero debilita la conexión entre la época mítica (élfica) y la época histórica, lo cual anticipa la posterior independencia entre ambas épocas, que se analiza a continuación.

 

La leyenda de los hijos de Eärendel

La siguiente fase podría datarse alrededor de 1930, en la época en que Tolkien escribió el «Qenta Noldorinwa» (primera versión del «Quenta Silmarillion», descrita en La Formación de la Tierra Media). El Qenta Noldorinwa o Historia de los Gnomos (Noldor) era una versión resumida y reelaborada de las leyendas anteriormente narradas en los Cuentos Perdidos, en la que unas cosas se ampliaron y otras muchas se simplificaron; uno de los elementos que más se redujo fue, precisamente, la conexión entre las leyendas élficas y la historia inglesa, que es lo que aquí interesa tratar.

A pesar de los cambios, las leyendas seguían manteniendo la misma línea argumental en términos globales, y el inglés Ælfwine, así como la historia de su viaje a Eressëa, de cómo escuchó los cuentos y los escribió en el Libro Dorado, se conservó con pocas modificaciones, que no son importantes para lo que nos concierne. Pero todo el asunto de Ing y los ingwaiwar desapareció sin dejar rastro, rompiéndose así la conexión que existía entre las leyendas de los elfos y la historia de los ingleses. En esta versión, de modo similar a la anterior, tras la derrota de Morgoth unos elfos se marchan a Tol Eressëa, mientras otros se quedan en las islas occidentales de las tierras de aquende, en Leithien.[7] Sin embargo, la preferencia de los elfos por esta tierra ya no se debe a Ing ni a ningún  personaje equivalente instruido por Eärendel, pues Eärendel abandonó las Grandes Tierras antes de la última batalla contra Angband y ya no volvió a pisarlas, más o menos como ocurre en El Silmarillion.

Ahora bien, se introduce aquí un nuevo elemento que a partir de entonces tendría mucha significación en la obra de Tolkien. Hasta este momento, la unión entre elfos y hombres, de la cual nacía Eärendel, era mucho menos importante: Eärendel era un personaje singular por ser medio elfo, pero esta singularidad no tenía mayor trascendencia en la historia global, pues su viaje a Valinor era más una aventura que un elemento crucial en la historia, y no tenía descendencia que pudiera desempeñar algún papel en los tiempos posteriores. Pero en esta nueva versión aparecen por fin los hijos de Eärendel y Elwing,[8] concretamente Elrond el medio elfo, que decidió quedarse en Leithien, y «el único por el que la sangre de los Primeros Nacidos y la semilla divina han llegado a la Humanidad»,[xi] ya que descendía de hombres, elfos y maiar... ¡y escogió permanecer entre los hombres mortales!

 

De este planteamiento, próximo a la versión definitiva pero aún por completar (pues falta la historia de Númenor y Elros, el hermano de Elrond que lo «sustituye» como medio elfo que escoge la mortalidad), se pueden señalar varias cosas. La más destacable es el nuevo elemento de esperanza: Si bien como en las versiones anteriores, los elfos se marchan poco a poco por el mar, de modo que acabarán por abandonar completamente el mundo, ahora se dice que, a pesar de eso, la sangre de los elfos y los dioses aún perdura en algunos hombres, lo cual es un mensaje mucho más optimista que los anteriores, en los que tras la pérdida sólo quedaba el recuerdo, y no había ningún rasgo élfico en la humanidad.

Pero por otra parte, siguiendo la tendencia que ya se observaba en la etapa anterior, con esta modificación desaparecía el vínculo histórico con Inglaterra: no se cuenta nada de lo que pasó en Leithien después de la guerra contra Morgoth, y no hay indicios de que los anglosajones tengan nada que ver con los elfos, salvo que son amigos de ellos. Se supone que Inglaterra ha de ser Leithien muchos cientos de años más tarde, y que Ælfwine recuperó para su país la verdadera tradición de los elfos, ya casi olvidada. Pero la relación de esto con la tierra o la lengua inglesa es prácticamente casual, pues ni hay lugares plenamente identificables entre Beleriand e Inglaterra, ni las lenguas de los elfos y los gnomos en las que se dan todos los términos tienen nada que ver con el inglés. Lo único inglés que queda es, por tanto, Ælfwine; pero esto apenas significa nada; por poner un ejemplo –exagerado y casi cómico, pero que ilustra lo que quiero decir–, si a Ælfwine le cambiásemos el nombre por Albuino, a los daneses los sustituyésemos por árabes y a los reyes ingleses por reyes godos, Leithien bien podría trasladarse a la Península Ibérica y el Qenta Noldorinwa serviría igual de mitología para España.

 

La leyenda de Númenor

En El Camino Perdido se describe con detalle cómo surgió, hacia 1936, la leyenda de Númenor que se incorporaría al legendario hasta ahora descrito. Realmente la introducción de la historia de Númenor no fue tanto un cambio de la mitología anterior, sino más bien una ampliación de la misma en el punto que acababa; entre la época mítica y la histórica había, como antes se ha descrito, un vacío en el que bien cabía Númenor sin necesidad de alterar el resto.

La introducción de este nuevo elemento contó con la incorporación en él del hijo de Eärendel que escogió la mortalidad (Elrond, luego cambiado por su hermano Elros), como primer rey de los númenóreanos. También se prolongó el papel de Thû (Sauron), que había intervenido en la historia de Beren y Lúthien, como sucesor de Morgoth que provocó la Caída de Númenor. Los pocos fieles que se salvaron de ella llegaron a la Tierra Media, donde con la ayuda de Gilgalad derrotaron finalmente a Sauron, de forma parecida a lo que ocurre en El Silmarillion. La diferencia esencial es que, en esta época anterior a la escritura de El Señor de los Anillos, todavía no estaba presente el elemento de los Anillos del Poder, y que después de esta guerra los elfos no se demoran aún una Tercera Edad, sino que «se apresuró el marchitamiento de los Eldar»[xii] y así acabó la historia de los elfos, más o menos de la misma manera que acababa en la versión anterior, aunque con un mundo redondeado y distinto del pasado.

 

A pesar de que la historia no es esencialmente distinta de la anterior, sino como decía antes, una extensión de la misma, hay muchas significaciones cambiantes. Este mito más largo es difícil calificar de más optimista o pesimista que el anterior; es desde luego más complejo: Acaba con un mensaje de muy positivo de alianza entre hombres y elfos contra Sauron, pero esto no evita, sino que más bien es causa del debilitamiento de los elfos y su abandono del mundo; fin del mundo antiguo que es de hecho más rotundo que en los mitos anteriores, pues en éste las Tierras Imperecederas se han separado, y la vuelta al mundo mítico es ya físicamente imposible; «Westra lage wega rehtas, nu isti sa wraithas: un camino recto había hacia el oeste, ahora está curvo».[xiii]  Por otra parte, este mito concede a los hombres que en la Primera Edad ayudaron a los elfos una gran recompensa de beatitud y larga vida en Númenor; pero tras ella viene la Caída, mayor y más catastrófica que nunca.

Lo más significativo en todo esto es el aumento de protagonismo de los hombres en el mundo mítico. Hasta ahora, los hombres sólo habían tenido historias propias en la etapa histórica: Eriol, Hengest y Horsa, Ælfwine, Ing... En la época mítica habían sido meros accidentes, intrusos o sorpresas dentro de los asuntos de los elfos. Pero en la leyenda de Númenor se cambian las tornas, y la historia se repite pero con los hombres de protagonistas y los elfos relegados a un segundo plano: son ahora los Númenóreanos quienes conocen un periodo de felicidad y esplendor en el Oeste, como lo vivieran los Eldar en Valinor; también ellos caen, tentados y engañados por el nuevo Señor Oscuro, y tras mucho sufrimiento consiguen por fin vencerlo, no sin la necesaria ayuda del otro linaje. Y al final los elfos se debilitan, quedando el mundo en manos de los hombres, como ocurría también en versiones anteriores de las leyendas.

Pero hay otra diferencia notable, relativa a la conexión entre el tiempo mítico y el histórico del que venimos ocupándonos aquí. El vínculo anteriormente roto entre ambos mundos se recupera con la historia de Númenor, aunque en esta época Tolkien tiende a evitar conexiones explícitas y evidentes, y más bien hace uso de referencias vagas y remotas, como tratando de ocultar estas relaciones detrás de una bruma de pasado incomprendido, olvidado. Dichos vínculos se establecen a través de los númenóreanos que se salvaron del hundimiento, y no siempre tienen que ver con Inglaterra, por cierto. Sí sucede así con el personaje de Ælfwine, cuya historia se presenta en estos cuentos, concretamente en el viaje a través del tiempo de «El Camino Perdido», como un eco de la del númenóreano Elendil –el nombre del cual también significa ‘Amigo de los Elfos’, en quenya–. Pero otros motivos que aparecen en el cuento de «La Caída de Númenor» poco o nada se relacionan con lo comentado hasta ahora. La propia isla y su catastrófica historia están evidentemente inspiradas en la leyenda de la Atlántida –y el nombre élfico Atalantëa, ‘Sepultada’, imita intencionadamente al de la tradición platónica–. Parece también haber una referencia a las momias y las pirámides de los egipcios cuando se habla sobre algunos de los exiliados de Númenor, que aún anhelaban la inmortalidad pero «sólo descubrieron el arte de preservar incorrupta durante muchas edades la carne muerta de los hombres», y «construyeron casas más grandes para sus muertos que para los vivos, y dotaban a los reyes enterrados de tesoros inútiles».[9] Y también hay lugar para las tradiciones de antiguos pueblos germánicos entre estos númenóreanos exiliados, pues «en la confusión de las leyendas medio olvidadas de lo que habían sido», se dice que muchos creían en la existencia de una tierra de los muertos en el oeste, y por eso «hacían barcas para sus muertos y las dejaban con gran fausto en el mar»,[xiv] lo cual hace clara referencia al rito pagano de las barcas funerarias.

 

De la mitología histórica a la mitología poética

¿Quiere esto decir que Tolkien estaba ampliando aquel sueño de construir una mitología para Inglaterra a, tal como comentaba al principio, una mitología para el mundo? Aunque las apariencias invitan a pensarlo, yo no lo veo exactamente así. Hay otros textos de esta época en los que Tolkien entremezcla el mito de Númenor, Tol Eressëa o Valinor con otros asuntos literarios, aprovechando los motivos oscuros y sin explicar, de origen y significación desconocidos, que tanto abundan en las obras antiguas. Hay dos claros ejemplos de esto asociados con la Caída de Númenor y citados en El Camino Perdido: el poema del «Rey Sheave» y el «Imram» de San Brendan. No es necesario dar detalles aquí de la naturaleza de estas composiciones de Tolkien, pues sobre eso hay muchas explicaciones en el citado libro y en La Caída de Númenor; baste decir para entender este asunto que son dos poemas compuestos por Tolkien e inspirados por sendas leyendas: la del prodigioso niño llamado Sheave (también Scef o Sheaf), que llegó  dormido en un barco a las costas de un antiguo pueblo germánico y fue adoptado como rey, y la de los viajes de Brendan, el santo irlandés, que descubrió navegando por el oeste islas llenas de maravillas, respectivamente. Estos poemas que tratan de asuntos tan distintos de la leyendas de Tolkien, son sin embargo entrelazados con ellas, mediante pequeñas referencias a las mismas deslizadas entre los versos: En el primer caso, cuando el barco de Sheave llega a la costa dice el poema:

«Se levantó el viento. En el borde del mundo

nubes de yelmos grises se alzaron lentamente

desplegando las alas amplias y amenazantes

como grandes águilas avanzando

hacia la tierra oriental cargadas de presagios»[xv]

 

Tales nubes están descritas en los mismos términos que las que avanzaron sobre Númenor el día de su hundimiento, y no hay duda de que han de ser las mismas. ¿Acaso se podría aventurar también que la leyenda de Sheave provendría entonces de la llegada a la Tierra Media de los númenóreanos, hermosos y poseedores de extraordinarios conocimientos, después del hundimiento? No esta claro que sea así o deje de serlo, ni siquiera si hace falta una respuesta, pero la existencia de una cuestión tan sugerente ha de ser intencionada.

Del mismo modo, cuando San Brendan rememora su viaje, habla de aquella «columna en el Cielo Alto» que «se yergue, me imagino, en la tierra sumergida / donde yacen los reyes de los reyes»,[xvi] una referencia clara, para quienes conocemos la historia, al Meneltarma y la isla hundida de Númenor.

Pero estas reminiscencias de Númenor sutilmente entrelazadas en tales poemas no parecen tener la intención de formar parte de una mitología históricamente coherente, ni para Inglaterra ni para ningún otro país. El poema «Imram» fue publicado en el periódico Time and Tide del 3 de diciembre de 1955,[xvii] y evidentemente no se mostraba como parte de una gran mitología, sino como una mera composición inspirada en los imrama, los viajes de San Brendan. Los lectores de aquel Time and Tide, con toda seguridad no encontrarían en estos motivos de la columna y los reyes que yacen sumergidos un valor más que el poético, y en esto ha de estar la clave.

 

En 1936, más o menos cuando estas historias y poemas se estaban gestando, Tolkien impartió su conferencia sobre «Beowulf: los Monstruos y los Críticos». Se ha dicho muchas veces que las ideas expresadas en esta conferencia fueron aplicadas a la propia obra de Tolkien, tal era la admiración que sentía por el poema anglosajón. Y precisamente una de esas ideas se refiere al uso en Beowulf de motivos históricos y legendarios mezclados confusamente: «El autor ha empleado un sinsentido histórico instintivo, inherente sin duda alguna al antiguo temperamento inglés y no desconectado de su bien conocida melancolía de la que Beowulf resulta una expresión suprema; pero lo ha usado con un objetivopoético, no histórico[xviii] En los poemas del «Rey Sheave» e «Imram», parece que Tolkien juega a ser como el poeta del Beowulf, que mezcla unas cosas con otras dejándose llevar por la Poesía, despreocupándose de la Historia –que no la narración–. Del mismo modo, cuando evoca a los egipcios o a las barcas funerarias parece estar respondiendo más a la necesidad de crear imágenes sugerentes que al propósito de obtener una mitología históricamente satisfactoria de Inglaterra. Quizá ese propósito ya no fuera tan importante para Tolkien a estas alturas de los años treinta; en cualquier caso, acababa de emprender un camino en el que pronto ese objetivo quedaría impedido.

 

La fantástica Tercera Edad

Se puede decir que el punto de no-retorno en dicho camino fue la incorporación de los hobbits y su contexto a las antiguas leyendas, cuando en 1938 Tolkien empezó a escribir El Señor de los Anillos, pues éste supuso la intrusión de nuevos elementos incompatibles con la composición de una mitología fundacional del país. Este impedimento no es, por cierto, debido a los anacronismos y los elementos extraños propios de los hobbits (relojes de cuco, paraguas o patatas), pues muchos otros mitos que cuentan cosas de un tiempo anterior a aquél en que se compusieron padecen del mismo defecto. Pero al situar en un tiempo mítico a un pueblo inglés moderno como el de los hobbits, se hace inverosímil laposterior intervención del pueblo inglés antiguo, los anglosajones. Es más, en la misma historia tenemos un pueblo inspirado en el anglosajón, los rohirrim, contemporáneo a los hobbits, y que al contrario que la Comarca se encuentra en una localización geográfica imposible para Inglaterra.

En definitiva, no se puede considerar que El Señor de los Anillos, y El Silmarillion condicionado por él, sirvan de mitología para contar la historia de Inglaterra, pero tampoco para ningún otro país. Y aunque el Noroeste de la Tierra Media en el que estas leyendas transcurren correspondería míticamente al continente europeo, ni siquiera se trata de una mitología para Europa, pues como Tolkien decía del Beowulf, no se pretende hacer historia, sino poesía: es un cuerpo de leyendas conectadas sugerente y que emociona. Con eso basta.

 

En relación con esta fase, la de El Señor de los Anillos, no he hablado aún del dilema entre optimismo y pesimismo que venía desarrollando en las etapas anteriores, porque antes conviene resolver una paradoja que ahora se nos plantea: y es que, precisamente cuando más incoherente se vuelve el mito élfico respecto a la Historia, es cuando las leyendas alcanzan su mayor nivel de realismo y precisión en los detalles, que son obsesivamente cuidados para que no haya ni una sola incoherencia que desmantele la credibilidad del relato. ¿Por qué ese esmero, esa minuciosidad en la geografía, la política y hasta los calendarios inventados, cuando luego nada de ello puede trasladarse satisfactoriamente a la realidad histórica?

Si para responder al por qué de la incoherencia histórica que se introdujo alrededor de 1936 hay que remitirse a la conferencia sobre el Beowulf de esa misma fecha, para explicar el cuidado de la coherencia dentro de la narración podemos acudir al ensayo «Sobre los Cuentos de Hadas» que Tolkien realizó en 1938:

 

«Probablemente, todo escritor, todo sub-creador que elabora un mundo secundario, una fantasía, desea en cierta medida ser un verdadero creador, o bien tiene la esperanza de estar haciendo uso de la realidad ... Si de verdad consigue una cualidad a la que justamente se le pueda aplicar la definición del diccionario, “consistencia interna de la realidad”, es difícil entonces concebir que la haya logrado sin que la obra forme parte de esa realidad. La cualidad específica del “gozo” en una buena fantasía puede así explicarse como un súbito destello de la verdad o realidad subyacente. No se trata sólo de un “consuelo” para las tristezas de este mundo, sino de una satisfacción y una respuesta al interrogante: “¿Es eso verdad?” ... “Si habéis creado bien vuestro propio mundo, sí; en ese mundo es verdad”. Eso le basta al artista (o a lo que de artista tiene el artista). Pero una rápida ojeada nos muestra que en la “eucatástrofe” la respuesta puede ser más importante; puede ser un lejano destello, un eco del evangelium en el mundo real.»[xix]

 

En este largo párrafo se dan dos ideas importantes. Las he diferenciado mediante el uso de cursivas para señalar una de ellas, aunque ambas están entrelazadas entre sí. Pero la que estábamos comentando y de la que primero hay que hablar es la que está en letra regular. Tolkien nos da la respuesta a la paradoja que había planteado: aunque el autor no esté interesado en ser fiel a la Historia, desea estar haciendo uso de la realidad, es decir, contar algo que de algún modo sea real, aunque para ello no es necesario ser histórico. Y para conseguir esto hace falta que haya una «consistencia interna de la realidad» en el relato, que Tolkien recrea mediante esa minuciosidad arriba comentada. Así, dota de cierta medida de realidad a su historia, cumpliendo el objetivo del artista. (Y satisfaciendo también al lector, pues es precisamente esa «consistencia interna de la realidad» una de las virtudes más elogiadas de la obra de Tolkien, y de El Señor de los Anillos en particular.)

Ahora bien, hay otra idea que se da a entender en el párrafo citado del ensayo, la señalada en cursiva. En esas frases Tolkien habla de la importancia de la «eucatástrofe»[10] en el cuento, que si está sub-creado con esa «consistencia» recién señalada conseguirá mostrarnos un lejano destello, un eco del evangelium en el mundo real. Tolkien muestra aquí su fe en que el mundo real también puede depararnos esta «eucatástrofe» y el final feliz, a pesar de todas las penas, así como su convicción en que los mitos y los cuentos de hadas tienen la finalidad de mostrarnos y transmitirnos esa misma esperanza. Antes había dejado pendiente la cuestión sobre la tendencia optimista en la evolución del legendario de Tolkien; creo que con esta reflexión y su innegable reflejo en El Señor de los Anillos ha de quedar aclarada. Realmente el sentimiento de esta forma del mito es mucho más gozoso que el da la antigua leyenda de los Cuentos Perdidos, aunque tampoco está carente de una intensa nostalgia.

 

Conclusión

Y en lo que a estos asuntos concierne, podemos dar por finalizado el seguimiento de la evolución del legendario. Después de escribir El Señor de los Anillos Tolkien siguió revisando y cambiando muchas cosas, de las leyendas mismas y también de su conexión con nuestro mundo primario. Pero el fondo de la cuestión que se trata aquí sobre Inglaterra, este mundo y la Tierra Media, se mantuvo en los mismos términos que he señalado, y más que una evolución se dio en ellos una exploración, una búsqueda de respuestas a las muchas incógnitas que se formularon a causa de la vastedad y la complejidad de El Señor de los Anillos: ¿fueron las leyendas de la Tierra Media transmitidas por Ælfwine, por los hobbits o a través de los dúnedain? ¿Es aceptable la concepción de un antiguo mundo plano y su posterior conversión al planeta redondo, o debió ser redondo desde un principio? Éstas cuestiones y muchas otras internas se desarrollaron ampliamente, pero no cambian gran cosa de lo anteriormente dicho, sobre la conversión del mito histórico al poético.

Espero haber dado muestras suficientes de esta transformación y sus motivaciones, así como evolución paralela que sufrió el sentimiento subyacente en el mito. La mitología para Inglaterra que Tolkien trató de construir en los años diez no era sino un lamento a la carencia de la misma, una elegía de su pérdida, cuyo encanto residía sobre todo en su tristeza. Cuando se aferró a la Poesía y dejó la Historia en un segundo plano, se liberó la carga que esta pena suponía y descubrió la eucatástrofe, de la cual se tiñó su obra, adquiriendo un tono más optimista y esperanzador. Puede que la Inglaterra perdida ya no fuera la protagonista, pero el mito era más afín al corazón de este inglés que se sentía tan orgulloso de serlo. ¿Se podría decir acaso que estamos, en cierto modo y después de todo, ante una mitología inglesa? Quién sabe; al fin y al cabo las mitologías deben más al espíritu de un pueblo que a la historia del país; y a juzgar por el amor de los ingleses hacia la obra de Tolkien, parece que ésta conectó bien con dicho espíritu. De un modo u otro, fue un éxito, no hay duda.

 

 


Notas

[1] La más importante obra del periodo anglosajón, de autor anónimo, probablemente redactado en el siglo VIII en el reino de Mercia. Tolkien dedicó varios trabajos y muchos años de enseñanza a este poema.

[2] Éarendel (posteriormente Eärendil) es “el más brillante de los ángeles”, un “enviado a los hombres”, que aparece en el verso 104 del poema Crist: «éala! éarendel engla beorhtast / ofer middangeard monnum sended».

Ing fue un «hombre visto por los daneses del este», según el verso 67 del poema anglosajón de las runas «Ing wæs ærest mid East-Denum».

Heorrenda se describe como un “hombre experto en el canto”, en el verso 39 de Déor: «holdne hlaford, oþþæt Heorrenda nu / leoðcræftig monn londryht geþah».

Las referencias a estos personajes se encuentran en Tolkien, El Libro de los Cuentos Perdidos 2, pp. 338, 385, 407.

Todos estos y otros poemas completos en inglés antiguo están disponibles en la web de “Labyrinth”:http://www.georgetown.edu/labyrinth/library/oe/alpha.html (Christ A,B,CThe Rune Poem y Déor).

[3] Hengist es la ortografía más habitual; pero Tolkien escribía Hengest. En este texto usaré la forma de Tolkien.

[4] Nombre tomado del poema de las runas (vid supra). Pero Tolkien también le llama (o lo relaciona directamente) con el nombre de Ingwë, aunque este personaje nada tiene que ver con el posterior Ingwë, señor de los Vanyar en El Silmarillion.

[5] A modo de anécdota y relacionado con esto, me gustaría resaltar otro posible nombre muy susceptible de re-etimologizar al modo tolkieniano: Albión, un nombre poético de Inglaterra debido a sus acantilados blancos (del latín albus). Siendo esta misma partícula alb- la que está detrás del nombre elfo(Estel nº34, p.40), ¿no resulta irresistiblemente tentadora la fantasía de que Albión significase ‘[País] de los Elfos’?

[6] En la primera versión, de principios de los años veinte, Ælfwine vivía en el siglo XI y estos invasores eran normandos (Tolkien, El Libro de los Cuentos Perdidos 2, p. 381). En versiones posteriores vivía en el siglo X, y los enemigos eran los daneses.

[7] El nombre élfico de Inglaterra no fue constante; varió entre LuthanyLúthien y Leithien a lo largo del tiempo. Uso Luthany en pasajes anteriores y Leithien  aquí porque son respectivamente las formas más utilizadas en los textos de los que hablo. La relación de estos nombres con el personaje de Lúthien Tinúviel o la Balada de Leithian es incierta, pues la semejanza invita a asociarlos, pero no hay ninguna aclaración al respecto en los textos de Tolkien.

[8] Curiosamente, el concepto de hijo de Eärendel se remonta a los primeros cuentos, pero se aplicaba a los hombres que habían nacido bajo la luz de su estrella, por lo cual sentían un gran anhelo por el mar. Eriol era un hijo de Eärendel en este sentido. (Tolkien, El Libro de los Cuentos Perdidos I; p.34.)

[9] Esta asociación entre los descendientes de Númenor y los antiguos egipcios parece haber sido realmente sugerente para Tolkien, y sobrevivió a los años: en 1958 escribió:

«Los Númenóreanos de Gondor eran orgullosos, peculiares y arcaicos, y creo que la mejor manera de tener una imagen de ellos es (digamos) en términos egipcios. En muchos aspectos parecían “egipcios”: el amor por lo gigantesco y lo macizo, y la capacidad de construirlo. Y por su gran interés en los antepasados y las tumbas. (Pero no, por supuesto, en cuanto a la “teología” ... ) Creo que la corona de Gondor (el reino Sur) era muy alta, como la egipcia, pero alada, no perfectamente vertical, sino siguiendo un cierto ángulo.»

(Carpenter (ed.), Cartas de J.R.R. Tolkien; p.328-329.)

[10] La eucatástrofe o «buena catástrofe» es un término acuñado por Tolkien en ese mismo ensayo. Se refiere al «repentino y gozoso giro» de los acontecimientos, en ese momento de clímax que «puede hacerle contener la respiración al lector, niño o adulto, puede acelerar y encogerle el corazón y colocarlo casi, o sin casi, al borde de las lágrimas». Tolkien dice en ese texto que ésta es la más elevada misión del cuento de hadas: «Cuando en un relato así llega el repentino desenlace, nos atraviesa un atisbo de gozo, un anhelo del corazón, que por un momento escapa del marco, atraviesa realmente la misma tela de araña de la narración y permite la entrada de un rayo de luz.» (Tolkien, «Sobre los Cuentos de Hadas», Los Monstruos y los Críticos y otros ensayos; pp. 187-188.) Cualquiera que haya leído El Señor de los Anillos no necesitará mayores explicaciones para entender a qué se refiere Tolkien con esto.

 

[i] Carpenter, Humphrey (ed.). Cartas de J.R.R. Tolkien. Barcelona: Minotauro, 1993, p.172.

[ii] Cartas de J.R.R. Tolkien, p.36.

[iii] Tolkien, J.R.R. «Beowulf: Los Monstruos y los Críticos». Los Monstruos y los Críticos y otros ensayos. Barcelona: Minotaruo, 1998, p. 31, las cursivas son de Tolkien.

[iv] Woodward, E.L. Breve historia de Inglaterra. Madrid: Alianza Editorial, 1974, p.33.

[v] Cartas de J.R.R. Tolkien, p.171.

[vi] Shippey, T.A. El Camino a la Tierra Media. Barcelona: Minotauro, 1999, p.59.

[vii] Tolkien, J.R.R., editado por Christopher Tolkien. El Libro de los Cuentos Perdidos 2. Barcelona: Minotauro, 1991, pp. 358, 361.

[viii] Ibíd, p. 367.

[ix] Ibíd, p. 372.

[x] Tolkien, J.R.R., editado por Christopher Tolkien. El Libro de los Cuentos Perdidos 1. Barcelona: Minotauro, 1990, p.303.

[xi] Tolkien, J.R.R., editado por Christopher Tolkien. La Formación de la Tierra Media. Barcelona: Minotauro, 1998, p.191.

[xii] Tolkien, J.R.R., editado por Christopher Tolkien. El Camino Perdido. Barcelona: Minotauro, 1999, p.38.

[xiii] Ibíd, p. 54.

[xiv] Ibíd, pp.23-24.

[xv] Ibíd, p.105.

[xvi] Tolkien, J.R.R., editado por Christopher Tolkien. «Los Papeles del Notion Club», La Caída de Númenor. Barcelona: Minotauro, 2000, p. 178.

[xvii] Ibíd, p. 177.

[xviii] Tolkien, J.R.R. «Beowulf: Los Monstruos y los Críticos». Los Monstruos y los Críticos y otros ensayos. pp. 15-16, las cursivas son mías.

[xix] Tolkien, J.R.R. «Sobre los Cuentos de Hadas». Los Monstruos y los Críticos y otros ensayos. pp. 188-189, las cursivas son mías.