Primer premio 2009: Suiza en la obra de J.R.R. Tolkien: La experiencia de 1911

por Fernando Frías Sánchez

Primer puesto, premios Ælfwine 2009

Este ensayo tiene un archivo anexo. Descárgalo aquí.

 

Introducción.

 

Es cierto que Tolkien era, ante todo, inglés. Su vida y su obra se encuentran profundamente marcadas por su amor a la campiña del Warwickshire y, por supuesto, su inmersión en el entorno académico y literario de Oxford. El propio Tolkien gustaba de considerarse a sí mismo como uno más de sus hobbits[1], y no dudó en identificar a la Comarca con la Inglaterra rural[2] y a Hobbiton con el Sarehole de su infancia[3].

 

Sin embargo, “profundamente” no es lo mismo que “exclusivamente” inglés. Por regla general los biógrafos y estudiosos de Tolkien, especialmente los anglosajones, se han centrado tanto en su vinculación a Oxford y a Inglaterra que casi parecen rozar el provincianismo. Salvo en lo que se refiere a sus fuentes literarias y legendarias, territorio por otra parte limitado a unos cuantos especialistas, las biografías de Tolkien parecen presentarlo como un personaje tan apegado a su tierra que resulta casi huraño, y aparte de su nacimiento en el Estado Libre de Orange (que habría que calificar como algo puramente accidental), solo ponen el acento en sus experiencias traumáticas en el campo de batalla del Somme y apenas mencionan un par de viajes más a los que casi no otorgan trascendencia y que, incluso, da la impresión de que hiciera casi a regañadientes.

 

Afortunadamente este panorama va cambiando poco a poco, como demuestra el excelente trabajo de José Manuel Ferrández Bru al descubrirnos las vinculaciones de Tolkien con España[4]. Y en esta misma línea, con este trabajo pretendo aportar un poco de información acerca de otro de los episodios de la vida de Tolkien ajenos a su experiencia británica: el viaje que realizó a Suiza en 1911. Un viaje que no ha pasado desapercibido gracias a que el propio Tolkien lo mencionó en algunas ocasiones, pero cuya influencia, como veremos, probablemente fuera mucho más allá de lo que él mismo relató o sus biógrafos han reconocido.

 

 

1.- El viaje.

 

Una muestra de la poca atención que ha recibido el viaje de Tolkien a Suiza es lo escaso y hasta incorrecto de la información existente acerca de él. Aunque ha sido mencionado en varias obras, hasta hace pocos años la principal fuente de información disponible para el gran público era la narración que el propio Tolkien hizo en una carta escrita a su hijo Michael en 1967[5], un relato incompleto, como reconocía el propio Tolkien al confesar que sus recuerdos acerca de la segunda mitad del viaje eran “nebulosos”.

 

Parecía que este panorama iba a cambiar con la aparición de otro interesantísimo testimonio, el de Colin Brookes-Smith, que participó en aquella excursión y que la comentó en sus memorias personales, aún inéditas. Sin embargo, la realidad es que los investigadores que han tenido acceso a ellas les han sacado muy poco partido, limitándose a completar con sus datos un posible itinerario[6] o, peor aún, reproduciéndolas con bastante detalle pero incurriendo en importantes errores, como veremos[7]. Da la impresión de que de nuevo nos encontramos ante el aparente desinterés de los biógrafos de Tolkien hacia todos aquellos episodios de su vida que no se desarrollaron en suelo británico.

 

Pero vayamos con el viaje en sí. Como resulta sabido, la conversión al catolicismo de Mabel, madre de JRR Tolkien y de su hemano Hillary, supuso que prácticamente toda su familia y la de su esposo, el ya fallecido Arthur Tolkien, le dieran la espalda. No resulta extraño por tanto que Mabel dispusiera que tras su muerte sus hijos quedasen bajo la tutela y el cuidado de alguien ajeno a la familia, el padre Morgan, el famoso “Tío Curro”. Sin embargo, sí que hubo una persona de su familia que se ocupó de los huérfanos ya en su infancia y que mantuvo con ellos una estrecha relación durante toda su vida: Jane Suffield, hermana pequeña de Mabel.

 

Los detalles de la relación de Jane Suffield (más conocida como Jane Neave, su nombre de casada) con Tolkien y con los Brookes-Smith se explican en “Tolkien's Gedling”, y remito allí al lector interesado. Respecto al tema que nos ocupa diré simplemente que Jane Neave mantenía una estrecha relación con la familia Brookes-Smith, quienes en 1911 invitaron a la ya viuda Jane y a sus dos sobrinos, junto con algún otro amigo de la familia, a que les acompañaran en una larga excursión por los Alpes suizos.

 

En su carta de 1967 Tolkien traza un itinerario que parte de Interlaken, en el Cantón de Berna, para llevar a los viajeros por el valle de Lauterbrunnen, Grindelwald, Meiringen y el Puerto de Grimsel hasta “una aldea al pie del Aletsch”. A partir de ahí, dice, sus recuerdos son más nebulosos, si bien recuerda haber visitado Zermatt y ascendido hasta las estribaciones del Matterhorn.

 

Si nos atenemos a lo publicado por Andrew Morton y John Hayes, Colin Brookes-Smith, por su parte, asegura que viajaron “por tren desde Innsbruck (Austria) hasta el Valle del Ródano y el Puerto de Grimsel”, obviando por tanto toda la primera parte del viaje narrado por Tolkien. Más aún: si bien sus recuerdos del Valais son mucho más nítidos (con la ayuda de un mapa elaborado por otra de las viajeras, Dorothy LeCoteur), resulta llamativo que entre los muchos lugares valaisianos que menciona no está ninguno de los que Tolkien recordaba.

 

Da la impresión de que Brookes-Smith estuviera narrando un viaje completamente distinto. Una narración, además, con importantes errores: lo cierto es que en 1911 muchos turistas británicos que visitaban Suiza solían llegar desde Austria empleando la línea férrea que, partiendo de Viena, pasaba y aún pasa por Salzburgo, Innsbruck y Zurich hasta llegar a Interlaken, el destino mencionado por Tolkien. En cambio, el trayecto que menciona Brookes-Smith era sencillamente imposible: en aquella época no había enlaces directos entre Austria y el Valle del Ródano, y la línea férrea a través del Puerto de Grimsel era tan solo un proyecto que finalmente ni siquiera llegó a llevarse a término por falta de rentabilidad económica[8].

 

La solución a esta aparente contradicción es que probablemente se trate de una confusión de Andrew Morton. En sus memorias inéditas Brookes-Smith no cita expresamente Interlaken ni los demás lugares recorridos en la primera parte del viaje, y de hecho confiesa que no recuerda sus nombres, algo bastante lógico si tenemos en cuenta que contaba con unos doce años en la época del viaje y que escribía varias décadas después. Sin embargo, sí que narra algunas anécdotas de los comienzos del viaje (como una ocasión en la que unos turistas alemanes fueron desalojados de una pensión para dejar sitio al grupo de Tolkien[9]), y a continuación Brookes-Smith menciona el descenso del Puerto de Grimsel y la llegada al valle del Ródano, lo cual, junto con otros indicios, da a entender claramente que, en efecto, se trataba simplemente de una etapa intermedia del viaje y no de su principio[10].

 

Con estos datos, la postura más lógica es la adoptada por Hammond y Scull[11], que han optado por unir ambos relatos y aceptar que Tolkien narra la primera parte del viaje, básicamente la que se desarrolla por el Oberland Bernés y el Puerto de Grimsel hasta las inmediaciones del Glaciar del Aletsch, mientras que Brookes-Smith detalla la segunda parte, por los valles y puertos del Valais. Como dato adicional, Hammond y Scull sitúan el punto final del viaje en la localidad de Sion, como veremos más tarde.

 

El itinerario propuesto por Hammond y Scull, corrigiendo algunos errores, sería aproximadamente el siguiente (entre corchetes indico quién de los participantes en el viaje menciona cada lugar):

 

  • Interlaken [Tolkien].
  • Lauterbrunnen [Tolkien]
  • Mürren [Tolkien]
  • La cabecera del valle del río Lütschine [Tolkien]
  • Kleine Scheidegg [Tolkien][12]
  • Grindelwald [Tolkien]
  • Grosse Scheidegg [Tolkien]
  • Meiringen [Tolkien]
  • Puerto de Grimsel [Tolkien, Brookes-Smith]
  • Brigg [Tolkien, Brookes-Smith]
  • Belalp [Brookes-Smith][13]
  • Glaciar del Aletsch [Tolkien, Brookes-Smith]
  • Visp [Brookes-Smith]
  • St. Niklaus [Brookes-Smith]
  • Zermatt [Tolkien][14]
  • Matterhorn (cabaña del Club Alpino Suizo) [Tolkien]
  • Gruben [Brookes-Smith]
  • Puerto de La Forcletta [Brookes-Smith]
  • Grimentz [Brookes-Smith]
  • Les Haudéres  [Brookes-Smith]
  • Arolla  [Brookes-Smith]

 

Como puede comprobarse, decir que los relatos de Tolkien y Brookes-Smith (tal y como lo cita Andrew Morton) apenas coinciden entre sí no era ninguna exageración[15]. Por otra parte, tanto Tolkien como Brookes-Smith mencionan varias excursiones a la montaña pero no identifican los lugares concretos a los que fueron, por lo que no los cito aquí.

 

En cuanto al final del viaje, Scull y Hammond lo sitúan en Sion, suposición de la que no dan explicación alguna pero que sin duda se basa en lo mencionado por Brookes-Smith en sus memorias, que afirma que

 

Debemos haber descendido por el valle del Ródano en tren hasta el Lago de Ginebra y Lausana. De nuestro viaje de regreso a Inglaterra recuerdo un túnel ferroviario impresionantemente largo, pero nada más[16].

 

Debo indicar que personalmente mantengo bastantes reservas en cuanto al final de recorrido propuesto por Hammond y Scull. En mi opinión es más probable que desde Zermatt viajasen hasta Arolla y a partir de allí hiciesen el recorrido en sentido inverso al propuesto, es decir, Les Haudéres-Grimentz-la Forcletta-Gruben. En cuanto a la vuelta a Inglaterra, me parece muy posible que no partiesen desde Sion ni ninguna otra localidad del valle del Ródano, sino que se dirigiesen otra vez a Interlaken para regresar desde allí. Recordemos que, aunque Brookes-Smith dice que iniciaron el regreso desde el valle del Ródano, es evidente que se trata tan solo de una suposición, ya que como él mismo confiesa realmente no lo recuerda. Por otro lado, como veremos más adelante, el mismo Brookes-Smith aporta otro dato que podría confirmar el recorrido que propongo.

 

Respecto a las fechas del viaje, únicamente sabemos que tuvo lugar “en el verano de 1911”, pero hay algunas pistas que permiten acotar un poco las fechas. Por un lado hay que recordar que el verano alpino, a efectos prácticos, es mucho más corto que el que disfrutamos en nuestras latitudes. A principios de la época estival el deshielo hace aún impracticables muchos pasos de montaña, por lo que un viaje como el de Tolkien y sus compañeros no es posible hasta bien entrado el mes de julio[17]. Por otra parte, el mal tiempo llega pronto a las montañas, y no es raro encontrarse con grandes tormentas e incluso copiosas nevadas ya a mediados del mes de agosto, que llegan a obligar a cerrar algunos puertos. Tolkien narra una ocasión en la que se vieron envueltos en una tormenta, como veremos, y Brookes-Smith habla expresamente en sus memorias de una nevada, pero en todo caso el mal tiempo no les molestó demasiado, lo que nos lleva a suponer que viajaron bastante antes del final del verano y, por tanto, que el viaje comenzase en la segunda quincena de julio, llegando a Suiza muy a finales de ese mes o, como mucho, principios de agosto de 1911.

 

En cualquier caso, como decía, mi objetivo no es ahora reconstruir detalladamente el viaje, sino centrarme en sus posibles influencias en la obra de Tolkien. Empezando por la que él mismo reconoció en una carta a Joyce Reeves fechada en 1961[18].

 

 

2.- La anécdota de “El Hobbit”. Las montañas.

 

Contaba Tolkien en su carta que

 

Yo figuraba en el grupo (junto con un conjunto de gente variada del tamaño poco más o menos del de El Hobbit) que viajó a pie con una pesada mochila por gran parte de Suiza y a través de muchos altos pasos de montaña. Fue cuando nos acercábamos al Aletsch que fuimos casi destruidos por las piedras que se desprendieron al sol y se precipitaron por una cuesta nevada. De hecho, una roca enorme pasó entre la persona que iba por delante y yo. Eso y la “batalla de los truenos” -una mala noche en que nos perdimos y dormimos en un cobertizo destinado al ganado- aparecen en El Hobbit[19]. Hace tanto tiempo de eso ahora...

 

Algo parecido cuenta a su hijo Michael en 1967[20]:

 

El viaje del hobbit (de Bilbo) desde Rivendel hasta el otro lado de las Montañas Nubladas, con inclusión del deslizamiento por las piedras resbaladizas hasta el bosque de pinos, se basa en mis aventuras de 1911 (…)

 

Un día ascendimos en una larga marcha acompañados de guías hasta el glaciar de Aletsch, ocasión en la que estuve a punto de perecer. Teníamos guías, pero o bien los efectos del cálido verano estaban más allá de su experiencia, o el asunto no les preocupaba, o nos pusimos en camino demasiado tarde. De cualquier modo, al mediodía estábamos en fila a lo largo de un estrecho sendero que tenía, a la derecha, una cuesta nevada que ascendía hasta el horizonte y, a la izquierda, un precipicio que descendía hasta una profunda hondonada. El verano de ese año había derretido mucha nieve y había expuesto piedras y rocas que ordinariamente (supongo) quedaban cubiertas. El calor del día seguía derritiendo la nieve y nos alarmó ver que muchas de ellas se desprendían y bajaban rodando por la cuesta a una velocidad cada vez mayor; iban del tamaño de una naranja al de una gran pelota de fútbol, y unas pocas eran aún mucho más grandes. Pasaban silbando por nuestro sendero y desaparecían en la hondonada. “Duro aporreo”, señoras y señores. Empezaban lentamente, y luego en general seguían una línea de descenso recta, pero el sendero era rudo y uno tenía también que vigilar dónde ponía los pies. Recuerdo que el miembro del grupo que iba por delante de mí (una maestra de escuela ya mayor) emitió un fuerte chillido y saltó hacia adelante cuando un gran trozo de roca pasó precipitado entre los dos. A un pie por delante, cuando mucho, de mis poco varoniles rodillas.

 

Aunque Tolkien llega a admitir que todo el viaje de Bilbo a través de las Montañas Nubladas se basa en sus “aventuras de 1911”, quizá deberíamos añadir también el episodio del intento de paso por el Caradhras de “El Señor de los Anillos”. Las prisas para cruzar el puerto antes de la llegada del invierno, las discusiones entre Gandalf y Aragorn acerca del estado en que encontrarían el paso y el intento infructuoso de atravesarlo evocan las dificultades del tránsito por los puertos de los Alpes, y aunque Tolkien, que los recorrió en pleno verano, no las sufriera, probablemente llegó a escuchar más de un relato acerca de ellas.

 

La experiencia alpina de Tolkien se refleja incluso en aspectos anecdóticos de la obra. Los integrantes del grupo iban ataviados con sombreros, capotes y bastones que inevitablemente recuerdan a los que llevaban Bilbo y sus compañeros, por un lado, y Frodo y los suyos, por otro, en “El Hobbit” y “El Señor de los Anillos”[21]. Según Morton y Hayes[22], Jane Neave conservó cuidadosamente aquellas prendas e incluso las volvió a utilizar cuando viajó de nuevo a Suiza muchos años más tarde, lo cual, de nuevo, trae a la memoria el cariño con el que los hobbits guardaban sus prendas de viaje.

 

Debemos recordar, además, que aunque Tolkien no era ni mucho menos esa especie de ermitaño que parecen retratar algunos de sus biógrafos, su experiencia en alta montaña debía ser bastante limitada. Cuando Bilbo Bolsón le decía a Gandalf que quería volver a ver montañas no solo estaba expresando un deseo, sino también describiendo indirectamente una realidad: en la Comarca, como en Inglaterra, no hay montañas dignas de ese nombre, por lo que los episodios de alta montaña que Tolkien incluye en sus obras probablemente se basen exclusivamente en aquel viaje alpino.

 

 

3.- Gandalf, ¿suizo?

 

Otra de las influencias más conocidas es el supuesto origen de Gandalf. Citando a Humphrey Carpenter:

 

Antes de partir de regreso para Inglaterra, Tolkien compró algunas postales. Entre ellas había una reproducción de un cuadro de un artista alemán, J. Madlener. Se titula “Der Berggeist”, el Espíritu de la Montaña, y muestra a un anciano sentado sobre una roca bajo un pino. Tiene barba blanca y viste un sombrero de ala ancha y una larga túnica. Está hablando con un cervatillo blanco que lame las palmas de sus manos, vueltas hacia arriba, y su expresión es divertida pero compasiva; al fondo se vislumbran unas montañas rocosas. Tolkien guardó cuidadosamente esta postal, y mucho más tarde escribió en el envoltorio de papel en el que la guardaba: “Origen de Gandalf”.[23]

 

Es una idea muy extendida, pero poco aceptada entre los expertos. Para empezar, porque la versión de Carpenter no se sostiene: resulta conocido que Madlener pintó su cuadro hacia 1925 ó 1926 y su reproducción en tarjeta postal data de alrededor de 1930[24], por lo que Tolkien no pudo haberla adquirido en Suiza en 1911. Por otra parte, el “Berggeist”, el Viejo de la Montaña del cuadro de Madlener, tiene realmente poco que ver con Gandalf. Se trata de un personaje o, más bien, un conjunto bastante complejo de personajes folklóricos íntimamente ligados a la montaña, y que a veces muestran la cara amable que parece desprenderse del cuadro, pero muy a menudo son hostiles y sus actos y su aspecto llegan a ser decididamente siniestros[25]. Por último, debemos recordar que si bien Carpenter afirmaba que Tolkien había escrito “Origen de Gandalf” (como una afirmación), en otras fuentes se indica que lo escrito era en realidad “Gandalf?”, una forma interrogativa que nos lleva a pensar otra posibilidad: que Tolkien viera la postal en algún sitio, a principios de los años 30, y la comprase sencillamente porque el “Berggeist” del cuadro le recordó al Gandalf que ya había imaginado. También es posible que le fuera remitida por alguno de los muchos admiradores que suscitó su obra nada más aparecer impresa, y por la misma razón: porque les recordase la imagen de Gandalf. En cualquier caso, parece bastante evidente que el motivo de que Tolkien se hiciese con la postal y la conservase fue que la imagen bucólica del “Berggeist” de Madlener recuerda a Gandalf, y no viceversa, por lo que la teoría de Carpenter debe ser rechazada.

 

Sin embargo, hay una alternativa que también resulta atractiva. Morton y Hayes comentan que

 

[Colin Brookes-Smith, en sus memorias inéditas] también tiene algo que decir acerca de Jane Neave: “fue la señora Neave la que organizó eficazmente la intendencia, y siempre tenía buena comida de picnic y té hecho en hornillos de alcohol metílico con tabletas de té instantáneo”. La elección de palabras de Colin refleja algo de la intimidante eficiencia y las cualidades de liderazgo de Jane, y esto, combinado con su apariencia en la fotografía[26] y su papel como organizadora de un grupo que contaba con otros trece individuos bastante hobbiticos, nos devuelve a la teoría de Gandalf. Tengo la tentación de pensar que esa imagen de Jane Neave con su gran sombrero de ala ancha y su bastón, o una similar publicada en el “Tolkien Familiy Album”, ha provocado demasiada especulación simplemente porque es una de las pocas, o quizá la única, publicada hasta ahora. Más convincentes quizá son las evidencias de su personalidad y apariencia que encontramos en el resto de este libro. Ciertamente era alta, bien instruida, con tendencia al misticismo, decidida y con un evidente sentido del humor. Quizá podamos olvidar el sombrero, la capa y el bastón, aditamentos que podrían tener su origen en una postal de un espíritu de los Alpes, “Der Berggeist”, que Tolkien compró antes de regresar[27] y en cuyo reverso escribió mucho más tarde “Gandalf?” Jane como Gandalf puede ser una idea estrafalaria, pero es atractiva y podría citar teorías mucho más endebles acerca de figuras literarias inspiradas en personajes reales. Si al lector le resulta de algún modo interesante o esclarecedora y no distorsiona demasiado las intenciones del escritor, no tiene ninguna trascendencia. Una última evidencia: según su nieto, Richard Paxman, Colin Brookes-Smith pensaba que el personaje de Gandalf estaba basado en Jane Neave. Colin leyó “El Señor de los Anillos” cuando ya era bastante mayor, y no admiraba especialmente las obras de Tolkien, pero cuando llegó al pasaje de “El Anillo viaja al Sur” basado en sus aventuras suizas inmediatamente pensó en Jane como el prototipo de Gandalf. Viniendo de alguien que conoció tan bien a Jane durante tanto tiempo, y que no se alinea en ninguno de los bandos de los estudiosos de Tolkien, esta confirmación de la teoría tiene cierto peso[28].

 

Por supuesto, hoy por hoy resulta imposible saber si esta segunda hipótesis es correcta, pero lo cierto es que la imagen de Jane Neave, alta y delgada y con su sombrero de ala ancha, liderando al grupo por los senderos alpinos y arreglándoselas para encender el infiernillo y preparar un té incluso en las más difíciles condiciones de la alta montaña no deja de evocar a Gandalf, especialmente al de “El Hobbit” o al que guió a la Comunidad del Anillo desde Rivendel hasta Moria. A ello contribuye también la composición del grupo que viajó a Suiza en 1911, del que formaban parte una profesora, varios niños con una institutriz, un sacerdote y su esposa... un conjunto, en definitiva, que recuerda más la torpeza de Bilbo y los enanos en “El Hobbit” (o de los hobbits que formaban parte de la Comunidad del Anillo) que a una cuadrilla de expertos montañeros, y que por contraste refuerza de nuevo el parecido del papel de Jane Neave con el que desempeñó Gandalf en aquellos episodios literarios.

 

En definitiva, se trata de una cuestión abierta, pero parece más que razonable que Jane Neave sirviera de inspiración para la creación literaria de Gandalf. Y en este sentido no deja de tener su gracia que Carpenter, con sus errores, quizá tuviera razón al pensar que la figura de Gandalf tuvo su origen en el viaje alpino de Tolkien, aunque el personaje que la inspiró no era el que él suponía...

 

 

4.- El valle de Rivendel.

 

No ocurre lo mismo con el valle de Rivendel, porque en este caso las evidencias son bastante más sólidas. La más conocida es el dibujo que el propio Tolkien realizó para “El Hobbit”, que recuerda poderosamente al valle de Lauterbrunnen. El parecido no es ni mucho menos casual, y hay motivos más que suficientes para sospechar que, en efecto, Tolkien basó su dibujo en sus recuerdos y quizá en alguna postal o fotografía, porque hasta el encuadre es idéntico al de las imágenes más típicas del valle.

 

La idea de identificar Rivendel con el valle de Lauterbrunnen, sin embargo, surgió probablemente mucho después del viaje a Suiza, y casi sin lugar a dudas mientras Tolkien ultimaba los preparativos para la publicación de “El Hobbit”. Si comparamos los sucesivos dibujos que realizó Tolkien[29] podemos comprobar que los primeros bocetos son completamente distintos de la versión final y, de hecho, no guardan parecido alguno con Lauterbrunnen, lo que inevitablemente llega a pensar que en el transcurso del proceso de creación de la imagen Tolkien recordó el aspecto de Lauterbrunnen o, quizá, se topó con una vieja fotografía o una de aquellas postales que compró en 1911.

 

Por otra parte, la identificación de Rivendel con Lauterbrunnen no se deduce tan solo de la interpretación de sus dibujos: Tolkien nos dejó una pista escrita, sin duda muy de su gusto. Recordemos que el valle de Rivendel estaba atravesado por el río Bruinen, nombre sindarin que significa “agua ruidosa” (“Loudwater”, en oestron/inglés). Pues bien, “lauter brunnen” significa precisamente eso, aguas -o fuentes- ruidosas, probablemente en alusión a las numerosas cascadas que rodean el pueblo. Esta pista, por cierto, nos dice también mucho acerca de las habilidades de Tolkien como lingüista, ya que hasta no hace muchos años, y ciertamente en la época de su viaje, la interpretación habitual del significado de Lauterbrunnen era algo así como “solamente fuentes puras”[30].

 

Hilando un poco más fino quizá podríamos identificar también otro de los paisajes de Rivendel que Tolkien creó. En uno de sus bocetos casi definitivos, titulado “Rivendel, vista hacia el Oeste[31]” se aprecia un estrechísimo valle en V desde el cual desciende el Bruinen. No hay ninguna indicación concreta de qué lugar se trata, ni siquiera de si realmente se trata de un paisaje existente o totalmente imaginario, pero la imagen es muy parecida a la vista de las gargantas de Rosenlaui desde el camino entre el Grosse Scheidegg y Meiringen, camino que forma parte del itinerario que recordaba Tolkien en su carta a su hijo.

 

 

5.- Las montañas de Moria.

 

Tolkien fue mucho más explícito al hablarnos del origen de las montañas de Moria. En su carta a Michael Tolkien dice que

 

Dejé el panorama de la Jungfrau con profunda pena: nieves eternas sobre una eterna luz de sol, y el Silberhorn recortado sobre un profundo azul: la Silvertine (Celebdil) de mis sueños[32].

 

Pero, una vez más, las similitudes no son únicamente estéticas. Curiosamente, al igual que ocurría con las montañas de Moria, las entrañas del macizo de la Jungfrau también están recorridas por largas galerías y cuentan con espaciosas salas excavadas en la roca viva. Y se puede afirmar con toda seguridad que Tolkien debía saberlo.

 

En los años 60 del siglo XIX surgió la idea de construir un acceso a la Jungfrau que permitiera el ascenso cómodo a los turistas. Tras barajar varios proyectos, algunos bastante disparatados, en 1893 resultó aprobado el de Adolf Guyer-Zeller, consistente en la construcción de un tren cremallera desde el puerto del Kleine Scheidegg (aprovechando así la línea férrea entre Lauterbrunnen y Grindelwald, terminada ese mismo año) y que atravesaría las montañas hasta la cima de uno de los picos de la Jungfrau, el Sphynx, a 3751 metros sobre el nivel del mar.

 

Aunque finalmente se abandonó la idea de llegar hasta la cima, la línea férrea fue construida. Tras un pequeño tramo al aire libre, el tren penetra en un largo túnel que atraviesa el Eiger y el Mönch hasta llegar a la estación final, Jungfraujoch, situada en la ladera de la Jungfrau a 3454 metros de altitud. Desde allí se puede acceder a la cumbre del Sphynx mediante un ascensor subterráneo. Además de las estaciones de Eigergletscher, situada al aire libre, y la Jungfraujoch, parcialmente subterránea, la línea cuenta con otras dos, Eigerwand y Esmeer, excavadas en la montaña y que cuentan con amplios ventanales desde los que los viajeros pueden contemplar una increíble vista del paisaje alpino, que en días despejados se extiende incluso hasta la Selva Negra.

 

Cuando Tolkien visitó Suiza, en 1911, acababan de terminar las excavaciones, y el ferrocarril se encontraba en servicio hasta la estación de Esmeer. De hecho la excursión, que podía incluir una comida en el restaurante de la estación de Eigerwand, también excavado en la roca, era muy popular entre los turistas de la época. Mientras tanto, los obreros seguían trabajando casi frenéticamente para terminar el resto de la línea hasta la Jungfraujoch, que entró finalmente en servicio en 1912[33]. Por lo tanto, cuando Tolkien atravesó el Kleine Scheidegg forzosamente tuvo que ver el constante trasiego de trabajadores y materiales, que habían convertido el puerto en un auténtico hormiguero, y el pequeño poblado que se había construido en torno a las obras. Por otra parte, sabemos con seguridad que Tolkien y su grupo emplearon una guía de viaje[34], y aunque aún no he podido determinar concretamente de cuál se trataba, las más importantes de la época, como las de Baedeker o Murray, describen el ferrocarril con cierto detalle.

 

Por otro lado, también es posible que Tolkien y sus compañeros, en su trayecto desde el valle de Lauterbrunnen hasta Meiringen, hicieran noche en Grindelwald, y en ese caso quizá reparasen en un curioso espectáculo: la luz de la estación de Eigerwand, que surge misteriosa en mitad de la ladera rocosa del Eiger. Este fenómeno es especialmente llamativo al anochecer y al amanecer o en las noches de luna, ya que al estar las montañas tenuemente iluminadas se aprecia mejor que la luz de la estación surge, efectivamente, en medio de un inmenso paredón rocoso[35].

 

Debo insistir en que Tolkien no mencionó nunca esta posible fuente de inspiración, por lo que se trata de una conjetura. Sin embargo, las coincidencias entre el Celebdil, el Caradhras y el Fanuidhol, atravesados por los túneles y salones de Moria, y el Mönch, el Eiger y la Jungfrau, atravesados por los túneles y estaciones del Jungfraujochbahn (como probablemente descubrió Tolkien a su paso por la zona), resultan demasiado evidentes como para desecharlas a la ligera.

 

 

6.- La Ciénaga de los Muertos.

 

Entrando aún más en el terreno de la conjetura, hay que destacar que el itinerario que siguió Tolkien pasa por otros dos lugares que evocan sendos pasajes de su obra.

 

Resulta sobradamente conocido que la creación de la Ciénaga de los Muertos fue inspirada en buena parte por la experiencia de Tolkien en la Primera Guerra Mundial. El campo de batalla del Somme sufrió constantes bombardeos de artillería seguidos de una importante crecida del río, con la consecuencia de que el paisaje se llenó de cráteres inundados a menudo repletos de cadáveres a medio descomponer, una escena muy similar a la que Frodo contempló en el antiguo Llano de la Batalla[36].

 

Sin embargo, la Ciénaga puede evocar también otro de los lugares por los que Tolkien transitó durante su viaje a Suiza. Sabemos positivamente que el grupo atravesó el puerto de Grimsel, un formidable paso de montaña que une el Haslital (el valle del alto Aar) con el valle del Ródano y el Cantón del Valais. Y justo en la cúspide del puerto, a 2160 metros de altitud, los viajeros pudieron contemplar un pequeño lago, el Totensee o “Lago de los Muertos”.

 

Tan macabro nombre está perfectamente justificado. Según la tradición popular, alrededor del año 1211 la población del Valais derrotó en este lugar al ejército de Berthold V, duque de Zäringhen, y arrojó al lago los cadáveres de los soldados muertos durante el combate. Se cuenta también que en 1799 tuvo lugar allí un episodio similar: tras derrotar al ejército del mariscal Suvorov, el ejército napoleónico utilizó el lago para deshacerse de los cadáveres de los soldados muertos en la batalla[37]. Lo cierto es que históricamente no existe evidencia de estos hechos, y probablemente el nombre del lago se deba simplemente al aspecto desolado del lugar, pero las leyendas, y especialmente la relativa a la batalla de 1799, aparecen mencionadas en la práctica totalidad de los relatos de viajeros y guías de viaje de la época.

 

Como en el caso de Moria y los túneles del Jungfraubahn, Tolkien no dejó ninguna pista que permita asegurar con seguridad que el Totensee inspirase, al menos en parte, la creación de la Ciénaga de los Muertos, pero el parecido entre ambos lugares resulta indudablemente sugestivo.

 

Por otra parte, aunque no conocemos con seguridad la cronología de su viaje, es muy posible que los viajeros hicieran noche en el Hospicio del Puerto, ya que Colin Brookes-Smith menciona en sus memorias que

 

al menos en una ocasión nos alojamos en un hospicio o casa de huéspedes dirigido por una orden religiosa[38].

 

A lo largo del itinerario del grupo el único alojamiento de este tipo es el Hospicio del Grimsel, que en sus orígenes era un albergue religioso para viajeros y peregrinos, función que siguió desempeñando también tras la Reforma, aunque ya bajo control de las autoridades civiles. En la época en que Tolkien y sus acompañantes pasaron por allí el edificio ya estaba en manos privadas, pero su historia era conocida y lo cierto es que aún mantenía un alojamiento gratuito para los más necesitados[39], lo que explicaría que Brookes-Smith lo recordase como un establecimiento religioso.

 

 

7.- La Montaña Solitaria.

 

Debo reconocer que la relación que podría unir a Erebor, la Montaña Solitaria, con el impresionante Matterhorn es incluso más tenue. Aunque no es el pico más alto de los Alpes Peninos ni se encuentra ni mucho menos solo, lo cierto es que la mole del Matterhorn o Cervino destaca tanto sobre su entorno inmediato que parece alzarse, con sus 4478 metros de altitud, como una auténtica “montaña solitaria”. A ello contribuye también su conocida forma de pirámide de paredes escarpadas y casi verticales.

 

Resulta significativo que de todo su periplo por el Valais Tolkien solo recordase la localidad de Zermatt. En 1911 Zermatt ya se había convertido en un auténtico emporio turístico que recibía más de 100.000 visitantes cada año. El atractivo de la zona, y en especial del legendario Matterhorn, llevaba hasta allí a escaladores y aficionados a la montaña de todo el mundo, especialmente británicos, y aunque aún no existieran las hordas de esquiadores que hoy en día invaden el pueblo, los días de buen tiempo ninguno de los guías de montaña locales que se concentraban cada mañana junto a la iglesia se quedaba sin trabajo.

 

Tolkien apenas menciona al Matterhorn, pero por fuerza tuvo que llamarle la atención, y no solo por la excursión a la cabaña del Club Alpino que menciona en la carta a su hijo Michael[40]. La espectacular vista del pico puede contemplarse desde cualquier parte del pueblo, y su cercanía resultaba evidente por los numerosos escaladores que llenaban el lugar e incluso, para una persona tan religiosa como Tolkien, por las tumbas de las víctimas de la montaña que rodean la pequeña Iglesia Inglesa.

 

Por otro lado, en los dibujos de la Montaña Solitaria que Tolkien creó para “El Hobbit”, su forma recuerda la aguda pirámide del Matterhorn[41], aunque bien pudiera ser una simple casualidad.

 

En definitiva, reconozco que probablemente se trate tan solo de una especulación con escaso fundamento, pero no me extrañaría que la compartiese cualquier otro aficionado a Tolkien que haya contemplado la majestuosa mole del Matterhorn desde el puente de Zermatt.

 

 

7.- Un viaje en la oscuridad.

 

Al principio de este trabajo comentaba que la reconstrucción de Hammond y Scull sitúa el final del periplo suizo de Tolkien en Sion, pero que personalmente me parece más probable que regresasen a Interlaken para iniciar desde allí el viaje de vuelta a Inglaterra.

 

Esto no implica que volvieran a pasar por el Puerto del Grimsel, o que hiciesen un largo rodeo por la parte occidental de los Alpes Berneses. Existen varios puertos secundarios que durante el período estival permiten cruzar las montañas por su parte central siguiendo senderos aptos para ir a pie o, como mucho, en mula o a caballo, y aunque hoy en día son menos conocidos, en 1911 eran muy frecuentados. En particular, los turistas anglosajones solían hacer una ruta “redonda” partiendo desde Interlaken o sus inmediaciones para cruzar el Puerto del Grimsel, visitar Zermatt, volver al Valle del Ródano, cruzar las montañas hasta Kanderstegg y regresar desde allí a Interlaken[42]. Una ruta, como puede verse, muy parecida a la que creo más probable que siguieran Tolkien y su grupo.

 

Tradicionalmente, la comunicación entre el Valle del Ródano y Kanderstegg se llevaba a cabo a través del Puerto de Lötschen o Lötschberg, sobre el que existen aún trazas de una vieja vía romana. El camino, sin embargo, era impracticable en 1911: aunque a finales del siglo XVIII se intentó reacondicionar el viejo sendero, los trabajos no fueron finalizados[43]. Los viajeros, por tanto, solían hacer el trayecto desde Leukerbad a través del Puerto del Gemmi, del que hablaremos más adelante. Pero en todo caso, y siempre suponiendo que Tolkien cruzase en efecto el macizo central de los Alpes para llegar a Kanderstegg, sin duda tuvo que oír hablar de la vieja ruta, ya que en marzo de aquel mismo año de 1911 acababa de finalizar la excavación del tunel de Lötschberg, de 16 kilómetros de longitud, y que une Kanderstegg con la localidad valaisiana de Goppenstein.

 

Al igual que ocurriera en el Kleine Scheidegg con la finalización del Jungfraujochbahn, los trabajos del túnel de Lötschberg no podrían haber pasado desapercibidos para nadie. Durante la construcción de la línea férrea, a los menos de quinientos habitantes de Kanderstegg se unieron 2500 obreros (junto a unos 1100 familiares), que en 1911 aún seguían trabajando en la colocación de las vías y la construcción de la estación, los almacenes y demás instalaciones de la línea, que no entraría en servicio hasta 1913[44]. El túnel también aparece mencionado en las guías y relatos de viaje de la época, y su finalización fue noticia en los principales periódicos de todo el mundo.

 

Pero desde el punto de vista de su eventual influencia en Tolkien, lo más llamativo del túnel de Lötschberg es que sirve exactamente para lo mismo para lo que los miembros de la Comunidad del Anillo emplearon los túneles de Moria: atravesar las montañas por su interior ante la imposibilidad de pasar sobre ellas, especialmente en invierno. Una idea que no era nueva para los suizos, pero que sin duda llamaría la atención de cualquier inglés que visitase el lugar, especialmente una persona con la indudable curiosidad innata del joven Tolkien.

 

Por supuesto, a falta de alguna referencia expresa es imposible saber si el túnel de Lötchsberg influyó realmente en Tolkien. Por otra parte, hay que reconocer que el paralelismo entre el túnel y el atajo a través de Moria resulta más evidente hoy en día que en 1911, ya que el ferrocarril cuenta con un servicio regular de transporte de automóviles, de modo que cualquier viajero contemporáneo puede experimentar esa sensación de atravesar las montañas por debajo que recuerda tanto al viaje en la oscuridad de Frodo y sus compañeros. Sin embargo, no cabe duda de que se trata de una posibilidad interesante[45].

 

 

8.- Las escaleras de Cirith Ungol.

 

La hipótesis del paso de Tolkien por Kanderstegg resulta aún más interesante porque en tal caso debió pasar también por un paraje que evoca irresistiblemente otro de los lugares creados por Tolkien para su Tierra Media: el largo camino que ascendía desde Minas Morgul hasta Cirith Ungol.

 

Recordemos que el paso desde el Valais hasta Kanderstegg no era posible por la tradicional vía del Puerto de Lötschen o Lötschberg, por lo que el único camino practicable era a través del Puerto de Gemmi. Partiendo de Leukerbad, tras ascender al Puerto se llega a un atractivo sendero de montaña que desciende hasta Kanderstegg a través de un paraje de lagos, cumbres y glaciares.

 

Pero para el lector de Tolkien lo más llamativo es sin duda el sendero que sube desde Leukerbad hasta el Puerto. El Gemmi no es una montaña al uso, es un auténtico murallón rocoso casi vertical, y aunque la ruta hasta Kanderstegg se venía utilizando desde tiempos inmemoriales, la subida al Gemmi suponía un serio obstáculo hasta el siglo XVIII, cuando se construyó el sendero.

 

Edith Wood lo describe así:

 

Supongo que no hay nada como el Puerto del Gemmi en ninguna parte. El acantilado es absolutamente vertical. Da la impresión de que se pudiera dejar caer un cubo atado a una cuerda desde la cima y subirlo lleno de agua sin derramarla. Los cantones de Berna y Valais construyeron el camino de ascenso en 1736-41, y es un sendero excelente, todo tallado en la roca sólida y girando adelante y atrás en empinados zigzags, o dando vueltas y vueltas como una escalera de caracol. Baedeker dice que el camino tiene cinco pies de ancho. Yo diría que más bien son tres. Pero ciertamente es lo suficientemente ancho como para ser completamente seguro, aunque las personas con vértigo no disfrutarán de la vista hacia abajo. La pendiente es tan empinada que nuestros pies se doblaban hacia arriba en un ángulo agudo hacia el eje de las piernas, poniendo en marcha músculos poco utilizados que después nos dolieron durante días.

 

Es posible subir a caballo (aunque pienso que es más agradable confiar en los propios pies), pero las autoridades no permiten el descenso a caballo a causa de varios accidentes mortales. Estos incidentes son recordados en pequeñas lápidas y monumentos cuyas inscripciones leíamos al pasar[46].

 

Otra descripción de la época cuenta que

 

El descenso desde el Gemmi hasta Leuk es uno de los más impresionantes de los Alpes, por un sendero para mulas construido con habilidad, en zig zag, en la pared de uno de los tremendos precipicios de piedra caliza que abundan en la parte calcárea de los Alpes del Oberland. Este escarpado precipicio se eleva en vertical 2000 pies sobre el estrecho valle en el que está situada Leukerbad (los Baños de Leuk); y como los parapetos resultan insuficientes como protección, y el acantilado sobresale en muchos puntos, actualmente está prohibido el descenso montado, ya que la más mínima interferencia con los caballos de montaña o las mulas pueden hacer que el viajero se precipite al vacío desde el sendero. En 1861 se produjo un terrible accidente por no tener en cuenta esta precaución. Una dama francesa, la condesa de Arlincourt, descendía cabalgando un poco apartada de su marido, que también iba montado, y al llegar a cierto punto del camino interfirió con los movimientos de su caballo. La consecuencia fue que el animal perdió pie y su preciosa carga fue arrojada al abismo y reducida a pedazos[47].

 

Las descripciones del camino recuerdan la de la escalera de ascenso hasta Cirith Ungol en “El Señor de los Anillos”[48], y el parecido se acentúa aún más al comparar viejos grabados del sendero del Gemmi[49] con los dibujos de la subida a Cirith Ungol que bosquejó el propio Tolkien[50].

 

Como ya he indicado, no hay ninguna evidencia directa de que Tolkien y su grupo tomasen este camino en 1911. También es cierto que, al menos hasta donde he podido investigar, nadie ha propuesto jamás la identificación entre el sendero del Gemmi y la subida a Cirith Ungol[51]. Sin embargo, es difícil creer que Tolkien imaginase un lugar tan extraordinariamente parecido a este por pura casualidad.

 

Cabe la posibilidad, nada desdeñable, de que aunque Tolkien no visitase el puerto en su viaje a Suiza supiese de su existencia. Como ya he indicado, en aquella época el Puerto de Gemmi era bastante utilizado por los turistas anglosajones. Las guías turísticas de la época, por supuesto, también mencionaban el Puerto, y era una referencia obligada para casi todos los relatos de viajes por Suiza, que a veces lo describían en términos tan exagerados como estos:

 

Curioso por ver aquel paso extraordinario, y recobrando la fuerza de mis piernas, cansadas de andar durante tres horas por mal camino, apresuré el paso a media que adelantaba, de modo que llegué corriendo a la casa de campo. Dí un grito, cerré los ojos, y me dejé caer de espaldas (…). había llegado corriendo justo hasta el borde de un acantilado perpendicular que se eleva hasta una altura de mil seiscientos pies sobre el pueblo de Louèche[52]. Un paso más y me habría precipitado al vacío (…). Un pequeño sendero, de dos pies y medio de anchura, se presentó ante mí. Empecé a recorrerlo con un paso en apariencia tan firme como el de mi guía. Solo que, por temor a que mis dientes se destrozasen al chocar unos con otros, me introduje en la boca mi pañuelo plegado veinte veces. Descendí durante dos horas en zigzag, teniendo siempre a mi lado, ya a mi derecha, ya a mi izquierda, un precipicio vertical, y llegué al pueblo de Louèche sin haber pronunciado ni una sola palabra.

 

-Y bien - me dijo Willer- ya ve que no era para tanto.

 

Yo me quité el pañuelo de la boca y se lo enseñé: la tela estaba cortada como con una cuchilla de afeitar[53].

 

Sin embargo, personalmente me inclino todavía a pensar que Tolkien y sus acompañantes, en efecto, pasaron por el Gemmi. Si bien, como hemos visto, Colin Brookes-Smith afirma (o, más bien, supone) que debieron regresar a Inglaterra desde Sion, Andrew Morton cuenta que

 

El último recuerdo de Colin es de una caminata que finalizó con el grupo trepando a una montaña por un camino muy estrecho, con una pared de roca elevándose verticalmente a un lado y un abismo “aparentemente sin fondo” en el otro. En varios puntos el grupo tuvo que rodear obstáculos prominentes, y Ronald (Tolkien) se dedicó a burlarse de dos señoras mayores cuyo miedo era evidente, imitando sus exageradas precauciones para diversión del resto del grupo[54].

 

Morton sitúa la anécdota en los alrededores de Arolla, pero teniendo en cuenta que su reconstrucción del viaje, como hemos visto, deja bastante que desear, que la descripción del estrecho camino a lo largo de un paredón rocoso vuelve a recordar al sendero del Gemmi, y que, en fin, según Morton se trata de “el último recuerdo” de Brookes-Smith acerca del viaje, lo que concordaría con la idea de que el sendero fuese, en efecto, la última etapa significativa del recorrido antes de iniciar el regreso a Inglaterra, creo que a falta de una investigación más exhaustiva la posibilidad sigue existiendo.

 

 

Conclusión.

 

Tal y como hemos visto, el viaje de Tolkien a Suiza en 1911 merece mucha más atención que la que ha recibido por parte de los estudiosos de la vida y la obra del Profesor. La influencia que ejerció en su creación literaria va mucho más allá de las pocas menciones que hizo en sus cartas o de la evidente elección del valle de Lauterbrunnen como escenario para Rivendel.

 

Sin duda, alguna de las ideas que he ido exponiendo son simples conjeturas, pero creo haber demostrado que otras son perfectamente posibles o, al menos, plausibles. Hoy por hoy nadie puede saber a ciencia si Tolkien fue realmente consciente de los túneles y las galerías que horadaban el macizo de la Jungfrau, sus particulares montañas de Moria, pero lo cierto es que su presencia allí coincidió con los trabajos de finalización de la línea férrea, que tuvo que contemplar a su paso por el Kleine Scheidegg. Y no sabemos tampoco si el camino de regreso le llevó a pasar por Leukerbad y Kanderstegg, pero el túnel de Lötschberg o la vertiginosa escalera de subida al Puerto de Gemmi recuerdan tanto algunos pasajes de su obra que es difícil evitar la tentación de pensar que, en efecto, pudieron inspirárselos. Y no cabe duda de que conforme vayamos profundizando en la reconstrucción del itinerario suizo de Tolkien descubriremos nuevos lugares que evoquen otros pasajes de su obra.

 

Quizá resolver estos pequeños o grandes misterios sirva de aliciente para indagar más a fondo acerca de aquel viaje de 1911. Pero aunque no fuera así, incluso el mero placer de descubrir los lugares por los que Tolkien y sus compañeros pasaron hace ya casi un siglo hace que la investigación merezca la pena.

 

Abril de 2009.

 

 

[1]   “JRR Tolkien. Cartas”, de Humpfrey Carpenter, n.º 213.

[2]   “Cartas”, n.º 190.

[3]   En “Cartas”, n.º 178, identifica genéricamente La Comarca con “una aldea del Warwickshire más o menos en la época del Jubileo de Diamante”, pero resultan aún más significativos los dibujos de Hobbiton que creó para las primeras ediciones de “El Hobbit”, en los que puede apreciarse, en primer término, el molino situado frente a la casa de su infancia en Sarehole (reproducidos en “JRR Tolkien, Artista e Ilustrador”, de Wayne G. Hammond y Christina Skull).

[4]   Véanse “La conexión española de JRR Tolkien. El Tío Curro” (obra aún inédita) y el ensayo “JRR Tolkien y la Guerra Civil Española”, ganador del premio Ælfwine 2008 de la Sociedad Tolkien Española.

[5]   “Cartas”, n.º 306.También lo menciona en la n.º 232.

[6]   Como hacen Christina Scull y Wayne Hammond en su “JRR Tolkien Companion and Guide”.

[7]   Es el caso del libro “Tolkien's Gedling. 1914.”, de Andrew H. Morton y John Hayes.

[8]   Se puede encontrar información acerca del trazado y la historia de los ferrocarriles suizos en diversas fuentes, pero en este punto, como en otros muchos de esta obra, me baso sobre todo en “La Suisse Illustrée”, de Albert Dauzat, publicado por la editorial Larousse hacia 1912. La obra es una completa guía de Suiza con abundante información sobre sus infraestructuras de comunicación y rutas turísticas, así como numerosas fotografías tomadas en la misma época en que Tolkien visitó el país.

[9]   De hecho, Brookes-Smith afirma expresamente que el grupo se alojaba en hoteles y pensiones y, en una ocasión, en un hospicio religioso, lo que confirma la idea, apuntada también por Hammond y Scull, de que Tolkien exageraba el aspecto aventurero del viaje cuando daba a entender que debían alojarse en cobertizos, graneros y refugios.

[10] Colin Brookes-Smith escribió dos relatos del viaje, ambos inéditos; uno en su ensayo “Some Reminiscences of JRR Tolkien” y otro en sus “memorias” propiamente dichas, de índole más personal y familiar. Según indica en la bibliografía de “Tolkien's Gedling”, Andrew Morton se basó en las “Reminiscences”, a las que no he tenido acceso. Mis citas se refieren a las “memorias”, de las cuales me ha facilitado una copia parcial Richard Paxman, nieto de Colin Brookes-Smith. Al no haber tenido acceso a las “Reminiscences” no puedo asegurar taxativamente que el error de situar el principio del viaje en el Puerto de Grimsel se deba a Andrew Morton, pero parece lo más probable.

[11] “Companion and Guide”.

[12] Tolkien hace referencia a “los dos Scheidegge (sic)”. Se trata de los puertos del Pequeño (Kleine) Scheidegg, entre Lauterbrunnen y Grindelwald, y Gran (Grosse) Scheidegg, entre Grindelwald y Meiringen.

[13] Como indicaba más arriba, Tolkien la menciona como una “aldea al pie del Aletsch”.

[14] Brookes-Smith menciona también expresamente a Zermatt, pero para indicar que no recuerda si llegaron o no hasta allí.

[15] Aunque en algún caso se complementan entre sí. Por ejemplo, si bien Tolkien no menciona las localidades de Visp y Sankt Niklaus, ambas son punto de paso obligado para llegar hasta Zermatt.

[16] Memorias inéditas de Colin Brookes-Smith. La traducción es mía.

[17] Como dato adicional, Morton y Hayes comentan en su “Tolkien's Gedling” que Jane Neave y Emily Brookes-Smith, tras unas largas gestiones, compraron algunas fincas el 8 de julio de 1911. Por lo tanto, y dado que ambas estaban presentes en el viaje, éste debió tener lugar después de dicha fecha. Véase también http://mysite.verizon.net/wghammond/addenda/guide.html

[18] “Cartas”, n.º 232.

[19] Concretamente en el capítulo 4, “Sobre la colina y bajo la colina”.

[20] “Cartas”, n.º 306.

[21] De hecho, en la copia de las memorias de Colin Brookes-Smith, junto a la referencia al vestuario de los viajeros alguien -probablemente un familiar, dado que no han sido publicadas- ha escrito a lápiz “Lord of the Rings!”

[22] “Tolkien's Gedling”.

[23] Humphrey Carpenter, “JRR Tolkien: a Biography”, cap. IV “T.C.,B.S., etc.”. La traducción es mía.

[24] Véanse por ejemplo “The Annotated Hobbit”, de Douglas A. Anderson, o la entrada http://en.wikipedia.org/wiki/Berggeist

[25] En algunas áreas montañosas de Suiza es tradicional el tallado de máscaras grotescas de madera a las que se añaden crines de caballo y algunos dientes de animales, dotándolas de un aspecto francamente horroroso. Es posible que esta costumbre esté ligada a la tradición del “Berggeist”.

[26] En las fotografías del grupo de excursionistas Jane Neave ocupa siempre un lugar prominente, destacando por su figura alta y dominante y su sombrero de ala ancha.

[27] Nótese que Morton y Hayes vuelven a caer en el mismo error que Carpenter, quizá por basarse en su biografía.

[28] “Tolkien's Gedling”. La traducción es mía.

[29] Reproducidos en “Tolkien, artista e ilustrador”, de Hammond y Scull. El dibujo definitivo de Rivendel es el número 108.

[30] Véasen por ejemplo las guías Baedeker y Murray de la época; “Switzerland, its Mountains, Valleys, Lakes and Rivers”, de William Glaisher (1903); “Switzerland. A Handy Companion for the Tourist”, publicado por los Ferrocarriles Federales Suizos (¿1908?); “Switzerland Picturesque and Descriptive”, de Joel Cook (1904), etc.

[31] “Tolkien, artista e ilustrador”, de Hammond y Scull, ilustración número 105.

[32] “Cartas”, n.º 306. El Silberhorn es uno de los picos de la Jungfrau.

[33] Datos obtenidos de “La Suisse Illustrée” y la Guía Baedeker de Suiza (edición de 1911). Véase también http://www.jungfraubahn.ch/en/DesktopDefault.aspx/tabid-274/305_read-1633/

[34] Según se indica en las memorias de Colin Brookes-Smith, en una nota a pie de página firmada por una de sus hijas.

[35] Como indicaba más arriba, creo que lo más razonable es suponer que el grupo llegó a Suiza a finales de julio o principios de agosto de 1911. Teniendo en cuenta que anteriormente recorrieron el valle de Lauterbrunnen, pasarían aún algunos días más hasta que llegasen a Grindelwald. Aunque debo insistir una vez más en la incertidumbre de las fechas o incluso de que realmente hiciesen noche en Grindelwald, lo cierto es que el 1 de agosto de aquel año la Luna se encontraba en cuarto creciente, coincidiendo la luna llena con el día 10. Véase http://www.astro.oma.be/GENERAL/INFO/nli008a.html .

[36] Véase “Un hombre de Oxford”, documental creado por Marisa González Lagier y el Smial de Mithlond de la Sociedad Tolkien Española. La propia Priscilla Tolkien, hija de JRR, ha confirmado en alguna ocasión esta idea.

[38] Memorias inéditas de Colin Brookes-Smith. La traducción es mía.

[39] En su obra de 1912 “The Fastination of Switzerland”, Edna Walter cuenta que aún existía dicho alojamiento para pobres, en una gran sala común.

[40] “Cartas”, n.º 306.

[41] “Tolkien, artista e ilustrador”, de Hammond y Scull, ilustraciones 130, 134 a 136 y 138.

[42] Como describe Edith Elmer Wood en su libro “An Oberland Chalet” (1910).

[43] Curiosamente, por razones religiosas: si bien los habitantes de Berna repararon su parte del camino, los del Valais se negaron a acondicionar la suya por el temor, plenamente justificado, a que los misioneros berneses utilizasen esta vía para intentar propagar el protestantismo en su región, mayoritariamente católica. Véase http://www.kandersteg.ch/english/ort/geschichte.html

[45] Según parece, esta posible relación entre el túnel de Lötschberg y Moria también se le ha ocurrido a una periodista suiza, Brigitte Glutz-Ruedin, quien en su libro “Sept écrivains célèbres en Valais” rememora la experiencia valaisiana de diversos escritores, entre ellos JRR Tolkien. Aunque aún no dispongo del libro, según la prensa suiza la autora no sólo menciona la posible relación entre el túnel de Lötchsberg y Moria, sino que también realiza otras conjeturas bastante más descabelladas, aludiendo por ejemplo al parecido entre “Rhûn” y “Rhône”; personalmente, aparte de que tanto el mar de Rhûn como el río Ródano tienen agua, no creo que la semejanza vaya más allá de un parecido ortográfico totalmente casual.

[46] “An Oberland Chalet”.

[47] “Bradshaw's Illustrated Hand-Book to Switzerland and the Tyrol” (1899). La traducción es mía. Curiosamente el ejemplar que he consultado (en versión digitalizada) procede de la Biblioteca Bodleiana de Oxford, tan vinculada a Tolkien.

[48] Libro Cuarto, capítulo 8.

[49] Por ejemplo en http://www.zb.unibe.ch/welten/texte/aerni.html , especialmente los grabados 4 y 7.

[50] “Tolkien, artista e ilustrador”, de Hammond y Scull, ilustración n.º 173.

[51] Algo aún más sorprendente si cabe si tenemos en cuenta que en Leuk-Stadt se han venido celebrando durante varios años unas multitudinarias “Mittle Erde Fests” o “Fiestas de la Tierra Media”, y muchos de los aficionados a Tolkien que acudían a ellas se alojaban en hoteles y hostales de Leukerbad, a la vista por tanto del camino del Gemmi.

[52] Sic. en el original. En realidad el pueblo es Leukerbad (en francés, Loèche-les-Bains); Leuk (Loèche) se encuentra junto al valle del Ródano, a algunos kilómetros de distancia.

[53] “Impressions de voyage - En Suisse”, de Alejandro Dumas (1833-37). La traducción es mía.

[54] “Tolkien's Gedling”. La traducción es mía.