Segundo premio 2009: La grandeza de la libertad en El Señor de los Anillos

por Tomás Baviera Puig

Segundo puesto, premios Ælfwine 2009

 

Una aproximación a la obra de Tolkien

 

J.R.R. Tolkien publicó El Señor de los Anillos a mediados del siglo XX. Los dos primeros volúmenes vieron la luz en el año 1954 y el tercero lo hizo en 1955. Desde entonces ha sido un libro de una popularidad creciente, aun a pesar de que retomaba un género que por aquella época estaba un tanto olvidado[1].

 

El relato podría clasificarse como una épica de fantasía. El género épico hacía tiempo que había sido enterrado por los autores más modernos, y la fantasía no gozaba en ese momento de especial estima tras décadas dominadas por el racionalismo y el positivismo. Y sin embargo, la acogida que tuvo El Señor de los Anillos sorprendió incluso al propio autor, un profesor de Oxford especialista en inglés antiguo y aficionado a las leyendas nórdicas.

 

C. S. Lewis comentó al poco de la publicación completa de El Señor de los Anillos que el libro “es demasiado original y demasiado rico, y no se puede pronunciar ningún juicio definitivo tras una primera lectura, pero tras esa primera lectura sí sabemos que nos ha transformado. Ya no somos los mismos”[2].

 

La huella que había dejado la lectura de El Señor de los Anillos movía a muchas personas a buscar alguna conexión con el mundo que vivían. Y así lo reflejan las numerosas cartas que el autor recibió en las que le preguntaban por posibles paralelismos con los sucesos históricos recientes o por la intención de la obra. Tolkien siempre defendió que se trataba de una historia contada con el único interés de que el lector disfrutara con su lectura[3].

 

A los seis meses de la publicación del tercer volumen, Tolkien respondía a una lectora que le había planteado esta misma cuestión: ¿es El Señor de los Anillos  puramente imaginario? ¿No hay alusiones al mundo real, a lo que estaba ocurriendo en el siglo XX? En su respuesta nuestro autor admite lo siguiente:

 

Si hay alguna referencia contemporánea en mi historia es a lo que a mí me parece el supuesto más extensamente difundido de nuestro tiempo: que si algo puede hacerse, debe hacerse. Esto me parece por entero falso. Los mayores ejemplos de la acción del espíritu y de la razón se encuentran en la abnegación.[4]

 

Tolkien reconoce en esta afirmación que el relato plantea una referencia de plena actualidad en el siglo XX. El autor apunta directamente a la cuestión de la libertad, que es sin duda uno de los valores más apreciados de la modernidad. Probablemente la profundización en este punto contribuirá a hacernos cargo de la extraordinaria acogida que ha tenido El Señor de los Anillos en nuestro mundo contemporáneo.

 

El fragmento de la carta que acabamos de citar contrapone dos planteamientos de la libertad. El primero, el que está ‘más extensamente difundido en nuestro tiempo’, no ve límites a las posibilidades de la libertad. Este planteamiento cuajaría más adelante en uno de los lemas clásicos del movimiento cultural de mayo del 68: ‘Prohibido prohibir’. Se consagraba así el rechazo de cualquier limitación en el despliegue de la libertad personal[5].

 

Una de las principales críticas que Tolkien hacía de los tiempos que le tocaron vivir es que se trataba de “una época en que se mejoran los medios para malograr los fines”[6]. Actualmente se pueden hacer muchas cosas pues se dispone de medios cada vez más potentes. Sin embargo, estas nuevas posibilidades ahogan la pregunta por los fines. El hombre trabaja intensamente por el progreso del conocimiento, pero desconoce el auténtico para qué[7].

 

Frente al planteamiento de una libertad autónoma, que Tolkien ve como un engaño, nuestro autor piensa en el mayor ejemplo de la ‘acción del espíritu y de la razón’: la abnegación. Hay decisiones que sólo encuentran una explicación cabal si tenemos en cuenta la dimensión espiritual de la persona. La percepción del valor trascendente de nuestras acciones se atisba cuando uno descubre la dignidad del otro. Es entonces cuando se puede actuar de modo desinteresado, esto es, anteponiendo el bien de los demás al propio gusto o interés. Desde esta perspectiva, la persona puede llevar a cabo acciones valiosas, que vale la pena realizar aunque cuesten esfuerzo. Y hacerlas no de modo resignado sino como expresión de una vida con sentido. Un ejemplo evidente de persona abnegada lo tenemos en una madre. Por sus hijos, una madre es capaz de sacrificarse, renunciando muchas veces a sí misma gracias a una fuerza interior que no responde a la lógica de los resultados sino que es fruto del amor.

 

Esta dialéctica de las dos visiones de la libertad recorre todo el relato. Y el lector del siglo XXI conecta con este dilema, pues al fin y al cabo, toda persona tiene planteada a diario la cuestión del sentido de su libertad, de hacia dónde le conducen las decisiones que toma[8].

 

Partiendo de la apreciación del autor por la única referencia contemporánea contenida en El Señor de los Anillos, vamos a repasar el texto de la obra con el fin de ahondar en la cuestión de la libertad desde la perspectiva de la antropología cristiana. Ésta quedó plasmada al poco tiempo de la publicación de El Señor de los Anillos en uno de los documentos publicados en el Concilio Vaticano II (1962-1965). Allí se planteó cómo tenía que plantearse el diálogo entre la fe cristiana y el mundo moderno. El Concilio afirmó precisamente que la realización más profunda del hombre tenía que ver con la abnegación: “el hombre no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” [9].

 

Este enfoque nos ha parecido coherente con el relato porque el mismo Tolkien admitió la deuda que tenía con la fe cristiana:

 

Hay unos pocos hechos fundamentales que, por secamente que se expresen, son en verdad significativos. Por ejemplo, nací en 1892 y viví mis primeros años en ‘la Comarca’ en una era premecánica. O, lo que es todavía más importante, soy cristiano (lo que puede deducirse de mis historias), y católico apostólico romano por añadidura. (...) Soy, de hecho, un Hobbit, salvo en el tamaño.[10]

 

 

El Anillo

 

La historia de El Señor de los Anillos se sitúa en un lugar imaginario, llamado la Tierra Media. En ella habitan hombres, elfos, enanos y hobbits. El orden y la paz de la que gozan empiezan a resquebrajarse a raíz del despertar de Sauron, el Señor Oscuro de Mordor. Éste pretende recuperar un Anillo antiguo que él mismo forjó y que le devolverá un poder imparable con el fin de dominar a los habitantes de la Tierra Media. El único medio de salvación es destruir ese Anillo, para lo cual hay que ir hasta el corazón de Mordor y arrojarlo al lugar donde fue forjado. Esta es la misión que deberá llevar a cabo Frodo, el principal protagonista de la aventura. Frodo pertenece a la raza de los hobbits. Son gente que vive en una pequeña zona llamada la Comarca, son de mediana estatura y dados más bien a una vida tranquila. En su viaje Frodo contará inicialmente con la ayuda de un grupo de voluntarios, de los cuales sólo le acompañará hasta el final Sam, el hobbit que cuidaba de su jardín.

 

El elemento clave de toda la narración es el Anillo. Hacer uso de él supone disponer del poder de quien lo forjó y, en consecuencia, ejercitar de una capacidad de actuación que sobrepasa las propias posibilidades. Ya el mismo hecho de que uno se vuelve invisible al ponérselo facilita realizar acciones fuera del ámbito habitual, pasando desapercibido a los demás. Esta cualidad otorga a quien utiliza el Anillo un poder ciertamente tentador de hacer cosas que de otro modo no haría.

 

Pero ponerse el Anillo es algo más: es entrar en la dinámica de quien lo ideó. Al hacerse invisible a los demás, uno se hace visible al ojo del Señor Oscuro. Y esto se hace patente sobre todo en el interior de la persona.

 

Elrond dirá en el Concilio, en Rivendel, que “basta desear el Anillo para que el corazón se corrompa”[11]. El deseo de un poder superior que comporta querer poseer el Anillo lleva parejo un serio peligro de que se corrompa el corazón. En efecto, este deseo supone, de alguna forma, no querer aceptar los límites que implica la propia condición de criatura, y conlleva un cierto rechazo de uno mismo bajo el engaño de pensar que, al disponer de un mayor poder, uno será capaz de emplearlo según el propio criterio[12]. El Anillo corrompe no sólo por su uso, sino también por su deseo. El verdadero peligro anida en el interior de la persona.

 

El resultado más claro de este peligro es Saruman, un mago más sabio que Gandalf, que acabó corrompido por ese afán de poder superior. Otro ejemplo es Denethor, que está convencido de que puede aprovechar todo el poder del Anillo para vencer al mismo Señor Oscuro. En las personas que desean el Anillo hay un elemento de autosuficiencia: piensan que serán capaces de hacer uso de él, cuando en realidad lo que ocurre es que el Anillo termina poseyendo al propio sujeto. El afán de poder desordenado trae como consecuencia la pérdida de la libertad personal. Gandalf lo precisa en casa de Frodo: el Anillo “puede llegar a dominar a cualquier mortal que lo posea. El Anillo lo poseería a él”[13]. En efecto,

 

Formaba parte del Anillo el engaño por el que las mentes se llenaban de la ilusión de supremo poderío. Pero esto los Grandes lo habían pensando muy bien y lo habían rechazado, como se ve en las palabras que Elrond pronuncia en el Concilio.[14]

 

Y es que el Anillo fue concebido para ejercer el dominio. Así reza la inscripción que tiene grabada y que da razón de sí mismo: “un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos,/ un anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas”[15]. La frase hace referencia a otros Anillos de Poder, que fueron distribuidos en secreto por Sauron a los gobernantes de la Tierra Media con el fin de corromperlos y dominarlos.

 

Para hacernos cargo mejor del peligro que entraña el Anillo, podemos detenernos brevemente en el único personaje de la historia en el que no ejerce ningún efecto: Tom Bombadil. Si nos atenemos a la caracterización que el texto nos da de él, podemos vislumbrar más claramente en qué consiste el peligro del Anillo.

 

—¡Hermosa dama! —dijo Frodo al cabo de un rato—. Decidme, si mi pregunta no os parece tonta, ¿quién es Tom Bombadil?

—Es él —dijo Baya de Oro, dejando de moverse y sonriendo.

Frodo la miró inquisitivamente.

—Es como lo has visto —dijo ella respondiendo a la mirada de Frodo—. Es el Señor de la madera, el agua y las colinas.

—¿Entonces estas tierras extrañas le pertenecen?

—De ningún modo —dijo ella y la sonrisa se le apagó—. Eso sería en verdad una carga —susurró—. Los árboles y las hierbas y todas las cosas que crecen o viven en la región no tienen otro dueño que ellas mismas. Tom Bombadil es el Señor. Nadie ha atrapado nunca al viejo Tom caminando en el bosque, vadeando el río, saltando en lo alto de las colinas, a la luz o a la sombra. Tom Bombadil no tiene miedo. Es el Señor.[16]

 

Lo que Baya de Oro rechaza es la idea de que las tierras y las demás criaturas de la región ‘pertenecen’ a Tom Bombadil, como si se tratara de su dueño. En Tom no hay un deseo de apropiación ni trata de ejercer un dominio, pues Baya de Oro afirma que las criaturas de la región ‘no tienen otro dueño que ellas mismas’. Por ello Tom Bombadil sabe gozar de las realidades en las que vive y así lo demuestra en sus alegres canciones.

 

Hay otro elemento de interés: Tom Bombadil no tiene miedo. La tentación de utilizar el Anillo puede presentarse cuando el miedo asalta a su Portador. Entonces su uso se presenta como una vía rápida de solución que permite evadir los problemas.

 

Podemos comprender mejor a la luz de estos textos que cuando Tom Bombadil se ponga el Anillo, no le hará efecto, no se hará invisible. Y es que este personaje no contempla el afán de supremo poderío ni es dominado por el miedo. De algún modo, el hecho de que el origen de Tom Bombadil esté más allá de la Tierra Media indica que el peligro del afán desordenado de dominio y de poder acompaña a las criaturas que habitan la Tierra Media.

 

 

El conocimiento del bien y del mal

 

La tentación de usar el Anillo para incrementar las posibilidades de actuación, aunque sea en propio provecho, es un claro ejemplo de lo que Tolkien apuntaba como el “supuesto más extensamente difundido en nuestro tiempo: que si algo puede hacerse, debe hacerse”.

 

Tolkien sostiene que este planteamiento de la libertad es falso, es decir, que hay cosas que no pueden hacerse bajo ninguna circunstancia. En consecuencia, esta visión implica la afirmación de que existe un orden dado, que trasciende a los propios protagonistas, y –lo que es más importante- que éstos pueden conocerlo. Hoy en día nuestro mundo contemporáneo se encuentra envuelto por una nube de relativismo que difumina una búsqueda auténtica del sentido de nuestras acciones.

 

Esta cuestión vital de poder conocer el orden adecuado de nuestra actuación se plantea en El Señor de los Anillos, en un diálogo entre Aragorn y Eomer:

 

—Nuestros amigos estaban vestidos como nosotros —dijo Aragorn— y tú pasaste a nuestro lado sin vernos a la plena luz del día.

—Lo había olvidado —dijo Eomer—. Es difícil estar seguro de algo entre tantas maravillas. Todo en este mundo está teniendo un aire extraño. Elfos y enanos recorren juntos nuestras tierras y hay gente que habla con la Dama del Bosque y continúa con vida, y la Espada vuelve a una guerra que se interrumpió hace muchos años antes de que los padres de nuestros padres cabalgaran en la Marca. ¿Cómo encontrar el camino recto en semejante época?

—Como siempre —dijo Aragorn—. El mal y el bien no han cambiado desde ayer, ni tienen un sentido para los Elfos y Enanos y otro para los Hombres. Corresponde al hombre discernir entre ellos, tanto en el Bosque de Oro como en su propia casa.[17]

 

El camino recto no depende de las épocas ni de las diversas culturas. La afirmación de Aragorn manifiesta el convencimiento de que se puede conocer el bien y el mal para actuar con rectitud, tanto en la plaza pública como en el ámbito privado. Y esta tarea de discernimiento entre los que se puede hacer y lo que no se debe hacer compete al hombre en particular.

 

El bien y el mal no han cambiado porque son realidades que afectan a la persona en su dimensión más honda. De ahí su carácter permanente y universal. Los diversos personajes de El Señor de los Anillos se enfrentan a este dilema a lo largo de la historia. Algunos ciertamente optarán por su propio interés o por miedo, pero los que atiendan a su interior descubrirán lo que conviene hacer en cada circunstancia. Este es el caso, por ejemplo, de Aragorn o de Faramir.

 

 

El héroe del relato: Frodo

 

Precisamente en el héroe de nuestro relato se va a verificar lo que para Tolkien es la manifestación más alta de la acción del espíritu. Frodo es un ejemplo de abnegación, que es el ‘arma’ necesaria para vencer al afán de dominio que entraña el Anillo Único.

 

En primer lugar hay que decir que Frodo no estuvo obligado a aceptar la misión de ser el Portador del Anillo. Es más, es un misterio el que el Anillo haya llegado a él. Por eso puede asumir el cometido con plena libertad. No se ve sometido a una obligación o una coacción externa. Más bien la misión se plantea como un ofrecimiento, al que Frodo puede decir que no. Su perplejidad ante la realidad del Anillo manifiesta que nuestro protagonista asume la carga con total libertad:

 

— [Gandalf] Hay un solo camino: encontrar las Grietas del Destino, en las profundidades de Orodruin, la Montaña de Fuego, y arrojar allí el Anillo. Esto siempre que quieras destruirlo de veras, e impedir que caiga en manos enemigas.

—¡Quiero destruirlo de veras! —exclamó Frodo—. O que lo destruyan. No estoy hecho para empresas peligrosas. Hubiese preferido no haberlo visto nunca. ¿Por qué vino a mí? ¿Por qué fui elegido?

—Preguntas que nadie puede responder —dijo Gandalf—. De lo que puedes estar seguro es de que no fue por ningún mérito que otros no tengan. Ni por poder ni por sabiduría, a lo menos. Pero has sido elegido y necesitarás de todos tus recursos: fuerza, ánimo, inteligencia.[18]

 

La pregunta sobre el porqué no siempre tiene a alguien que pueda responder con precisión. Corresponde a cada persona buscar con sinceridad esa respuesta, en la que necesariamente se ve implicado. Ante la pregunta de Frodo de por qué el Anillo vino a él, lo único que Gandalf puede decir es que no es por mérito del hobbit. Frodo ha sido elegido y en esa tarea deberá emplearse a fondo.

 

Frodo sólo sabe que el Anillo ha llegado hasta él, y no tiene claras las causas. En esta ocasión, decide llevarlo hasta Rivendel. Y, más tarde, en el Concilio de Elrond asumirá la misión de llevar el Anillo hasta el Monte del Destino, precisamente cuando todo el Concilio se encuentra alterado por los hechos tenebrosos que están ocurriendo en la Tierra Media.

 

Nadie respondió. Sonó la campana del mediodía. Nadie habló tampoco ahora. Frodo echó una ojeada a todas las caras, pero no lo miraban a él; todo el Concilio bajaba los ojos, como sumido en profundos pensamientos. Sintió que un gran temor lo invadía, como si estuviese esperando una sentencia que ya había previsto hacía tiempo, pero que no deseaba oír. Un irresistible deseo de descansar y quedarse a vivir en Rivendel junto a Bilbo le colmó el corazón. Al fin habló haciendo un esfuerzo y oyó sorprendido sus propias palabras, como si algún otro estuviera sirviéndose de su vocecita.

-Yo llevaré el Anillo -dijo-, aunque no sé cómo.[19]

 

Frodo, por propia iniciativa y sin que nadie se lo sugiera, en ejercicio de su libertad, asume la misión de Portador del Anillo. Para ello ha de superar no sólo el miedo a una tarea ímproba y difícil, sino también el atractivo tentador de quedarse en Rivendel y dejar la misión para otros. Aunque Frodo no sabe cómo llevará el Anillo, sí que contará con la ayuda de la Compañía del Anillo.

 

Pero aceptar una tarea como ésta no implica tener asegurado el éxito. Frodo puede ser el Portador del Anillo, sobre todo, porque es consciente de sus límites y sabe desconfiar de sí mismo. Quizá el momento más claro donde se manifiesta esta actitud es en el diálogo entre Frodo y Boromir, cuando éste trata de querer hacerse con el Anillo:

 

—¿Estás seguro de que no sufres sin necesidad? –dijo [Boromir]—. Deseo ayudarte. Necesitas alguien que te guíe en esa difícil elección. ¿No aceptarías mi consejo?

—Creo que ya sé qué consejo me darías, Boromir —dijo Frodo—. Y me parecería un buen consejo si el corazón no me dijese que he de estar prevenido.

—¿Prevenido? ¿Prevenido contra quién? —dijo Boromir con tono brusco.

—Contra todo retraso. Contra lo que parece más fácil. Contra la tentación de rechazar la carga que me ha sido impuesta. Contra... bueno, hay que decirlo: contra la confianza en la fuerza y la verdad de los hombres.[20]

 

Para hacer frente a las palabras de Boromir, Frodo tiene una razón, que se la dice su propio corazón. Podría huir, y podría entregar el Anillo al mismo Boromir. Podría hacerlo. Y sin embargo, no lo hace. Frodo está prevenido contra la autosuficiencia de los hombres. Este conocimiento de carácter preventivo le permite superar la tentación de tomar el camino más fácil para él.

 

A continuación de esta escena, cuando Frodo huye de Boromir gracias al uso del Anillo y llega a la silla de Amon Hen, Tolkien nos muestra cómo el héroe dispone del reducto de su libertad interior para no consentir a la presión de la voluntad del Señor Oscuro, que busca afanosamente su Anillo.

 

Y entonces sintió el Ojo. Había un ojo en la Torre Oscura, un ojo que no dormía, y ese ojo no ignoraba que él [Frodo] estaba mirándolo. Había allí una voluntad feroz y decidida y de pronto saltó hacia él. Frodo la sintió casi como un dedo que lo buscaba y que en seguida lo encontraría, aplastándolo. El dedo tocó el Amon Lhaw. Echó una mirada al Tol Brandir. Frodo saltó a los pies de la silla y se acurrucó cubriéndose la cabeza con la capucha gris.

Se oyó a sí mismo gritando: ¡Nunca! ¡Nunca! O quizá decía: Me acerco en verdad, me acerco a ti. No podía asegurarlo. Luego, como un relámpago venido de algún otro extremo de poder se le presentó un nuevo pensamiento: ¡Sácatelo! ¡Sácatelo! ¡Insensato, sácatelo! ¡Sácate el Anillo!

Los dos poderes lucharon en él. Durante un momento, en perfecto equilibrio entre dos puntas afiladas, Frodo se retorció atormentado. De súbito tuvo de nuevo conciencia de sí mismo: Frodo, ni la Voz ni el Ojo, libre de elegir y disponiendo apenas de un instante. Se sacó el Anillo del dedo.[21]

 

Frodo nota el poder del Señor Oscuro en acción. Se trata de una ‘voluntad feroz y decidida’ que busca someterle. El hobbit ha hecho uso del Anillo para huir de Boromir, pero experimenta en toda su crudeza el modo de hacer del dueño auténtico del Anillo. El afán de poder que el Anillo estimula alcanza su máxima expresión en el dominio sobre las voluntades libres. Así se encuentran los Nazgûl, privados de personalidad como si fueran fantasmas.

 

Sabemos que el Anillo Único no existió. Pero no es difícil encontrar ejemplos en nuestra sociedad de esa voluntad de someter a otras personas a los propios intereses, ya sean políticos o de carácter comercial. Y el modo de superar este tipo de acosos es el mismo del que se valió Frodo: ‘tuvo de nuevo conciencia de sí mismo’. La persona experimenta en su interior una libertad irrenunciable que es manifestación de su dimensión espiritual. En ese ámbito de sinceridad consigo mismo, puede tomar las grandes decisiones para encarar unas circunstancias adversas, incluidas las de carácter coactivo[22]. Aunque fue sólo un instante, resultó suficiente para que Frodo pudiera salirse de la órbita del Señor Oscuro. Fue la seguridad que ofrece la propia conciencia la que hizo posible que –al menos en esta ocasión- el hobbit no cediera ante la presión de Sauron e hiciera lo que tenía que hacer: quitarse el Anillo.

 

 

Piedad con Gollum

 

Una de las escenas clave de todo el relato es el encuentro de Frodo y Sam con Gollum cuando se están aproximando a Mordor. Gollum llevaba tiempo detrás de ellos, pero siempre lograba esconderse y que no le vieran. Gracias a las capas élficas, Frodo y Sam consiguieron abalanzarse sobre él, y tras un forcejeo entre Sam y Gollum, Frodo logró dominar a su perseguidor con su espada.

 

El hecho de que Gollum les estuviera siguiendo furtivamente, y la poca claridad a la hora de dar una explicación coherente de por qué iba detrás de ellos, ofrecían suficientes razones para que Frodo terminara con la vida de esta desgraciada criatura.

 

—Bueno ¿qué hacemos con él? —dijo Sam—. Atarlo, creo, sería lo mejor, para que no nos siga espiando.

—Pero eso nos mataría, nos mataría —gimoteó Gollum—. Crueles pequeños hobbits. Atarnos y abandonarnos en las duras tierras frías, gollum, gollum. —Los sollozos se le ahogaban en gorgoteos.

—No —dijo Frodo—. Si lo matamos, tenemos que matarlo ahora. Pero no podemos hacerlo, no en esta situación. ¡Pobre miserable! ¡No nos ha hecho ningún daño!

—¿Ah no? —dijo Sam restregándose el hombro—. En todo caso tenía la intención y la tiene aún. Apuesto cualquier cosa. Estrangularnos mientras dormimos, eso es lo que planea.

—Puede ser –dijo Frodo—. Pero lo que intenta hacer es otra cuestión. —Calló un momento, ensimismado. Gollum yacía inmóvil, pero ya no gimoteaba. Sam le echaba miradas amenazadoras.

De pronto Frodo creyó oír, muy claras pero lejanas, unas voces que venían del pasado:

«¡Qué lástima que Bilbo no haya matado a esa vil criatura, cuando tuvo la oportunidad!»

«¿Lástima? Sí, fue lástima lo que detuvo la mano de Bilbo. Lástima y misericordia: no matar sin necesidad.»

«No siento ninguna lástima por Gollum. Merece la muerte.»

«La merece, sin duda. Muchos de los que viven merecen morir y algunos de los que mueren merecen la vida. ¿Puedes devolver la vida? Entonces no te apresures en dispensar la muerte, pues ni el más sabio conoce el fin de todos los caminos.»

—Muy bien —respondió en voz alta, bajando la espada—. Pero todavía tengo miedo. Y sin embargo, como ves, no tocaré a este desgraciado. Porque ahora que lo veo, me inspira lástima.[23]

 

Frodo tiene en su mano acabar con alguien que, según él, merece la muerte. Pero es la sabiduría de Gandalf la que viene en ese momento a su memoria. En efecto, podría matar a Gollum, pero no se puede matar sin necesidad[24]. No está en nuestra mano dar la vida, y, por tanto, tampoco devolverla. En el fondo, se trata de una cuestión de misericordia, de ser capaz de apiadarse del otro[25].

 

Esta escena muestra perfectamente el dilema del héroe en el uso de su libertad. Frodo tiene en cuenta los motivos de Sam, y además permite resonar en su interior las palabras de Gandalf. Finalmente, desestima con razones el abuso que supondría matar a alguien que, de momento, no ha hecho nada contra ellos. Aquí emerge la ‘grandeza del espíritu’ de la que hablaba Tolkien: el rechazo de una actuación posible pero injusta, y el tener en consideración el bien del otro gracias a la piedad, aun a sabiendas de que se trataba de un ser todavía poco fiable.

 

Poco después, el autor también nos plantea la otra cara de la situación: cuando alguien se obstina en una visión injusta con el otro. Sam mantiene una desconfianza grande con respecto a Gollum desde que se les une en este momento.

 

A lo largo de la narración hay muchas aventuras, algunas de ellas dramáticas. Los ejércitos del Señor Oscuro y la traición de Saruman son motivos razonables de inquietud para los protagonistas de la historia. Y, no obstante, el momento más triste de la historia para nuestro autor se libra precisamente en el ámbito interior de la persona, en esa lucha en la que cada uno dirime su propio destino.

 

Para mí quizá el momento más trágico de la historia es cuando Sam no advierte el cambio completo habido en el tono y el aspecto de Gollum. “—Nada, no nada –le responde Gollum afablemente— ¡Buen amo!”. Su arrepentimiento se malogra y la piedad de Frodo (en cierto sentido) queda desperdiciada. El antro de Ella-Laraña se vuelve inevitable. [26]

 

En un momento dado, Gollum se adelanta para otear el camino hacia Mordor. A la vuelta, se encuentra a Frodo y Sam dormidos:

 

Gollum los miró [a Frodo y a Sam mientras dormían]. Una expresión extraña le apareció en la cara. Los ojos se le apagaron, y se volvieron de pronto grises y opacos, viejos y cansados. Se retorció, como en un espasmo de dolor, y volvió la cabeza y miró para atrás, hacia la garganta, sacudiendo la cabeza como si estuviese librando una lucha interior. Luego volvió a acercarse a Frodo y extendiendo lentamente una mano trémula le tocó con cautela la rodilla; más que tocarla, la acarició. Por un instante fugaz, si uno de los durmientes hubiese podido observarlo, habría creído estar viendo a un hobbit fatigado y viejo, abrumado por los años que lo habían llevado mucho más allá de su tiempo, lejos de los amigos y parientes, y de los campos y arroyos de la juventud; un viejo despojo hambriento y lastimoso.

Pero al sentir aquel contacto Frodo se agitó y se quejó entre sueños, y al instante Sam abrió los ojos. Y lo primero que vio fue a Gollum, «toqueteando al amo», le pareció.

—¡Eh, tú! —le dijo con aspereza— ¿Qué andas tramando?

—Nada, no nada —le respondió Gollum afablemente—. ¡Buen amo!

—Eso digo yo —replicó Sam—. Pero ¿dónde te habías metido?... ¿Por qué desapareces y reapareces así, furtivamente, viejo fisgón?

Gollum encogió el cuerpo y un fulgor verde le centelleó bajo los párpados pesados. Ahora casi parecía una araña, enroscado sobre las piernas combadas, los ojos protuberantes. El momento fugaz había pasado para siempre.[27]

 

Este es, para Tolkien, el momento ‘más trágico’ de todo el relato: la incapacidad de Sam para apreciar el cambio operado en Gollum. Frodo había sido capaz de comprender que no se puede hacer daño de modo injusto, aun teniendo la posibilidad de realizarlo. La misericordia por la otra persona es algo más grande que el uso de la propia libertad. En cambio, Sam continúa juzgando duramente a Gollum y se le hace difícil estar abierto a la intimidad del otro. La mirada de Sam y su actitud ahogan el incipiente arrepentimiento de Gollum y despiertan en él definitivamente el deseo de venganza[28].

 

 

El auténtico heroísmo

 

Son muchos los personajes de El Señor de los Anillos, y cada uno tiene su papel en la historia. Pero Frodo es quien lleva la peor parte. Él no se caracteriza por su fuerza física, ni siquiera por su astucia o su sabiduría. ¿Qué es, entonces, lo que le hace ser un héroe?

 

En conexión con la escena que acabamos de comentar, justo antes de que Frodo y Sam se hubieran quedado dormidos, mantienen un diálogo acerca de las aventuras que se cuentan en una familia y de las leyendas que se recuerdan junto al hogar. Es la ocasión de la que se sirve Tolkien para introducir unos apuntes muy interesantes sobre el auténtico valor del héroe.

 

—Sí, es verdad —dijo Sam—. Y de haber sabido más antes de partir, no estaríamos ahora aquí seguramente. Aunque me imagino que así ocurre a menudo. Las hazañas de que hablan las antiguas leyendas y canciones, señor Frodo: las aventuras, como yo las llamaba. Yo pensaba que los personajes maravillosos de las leyendas salían en busca de aventuras porque querían tenerlas, y les parecían excitantes, y en cambio la vida era un tanto aburrida: una especie de juego, por así decir. Pero con las historias que importaban de veras, o con esas que uno guarda en la memoria, no ocurría lo mismo. Se diría que los protagonistas se encontraban de pronto en medio de una aventura, y que casi siempre ya tenían los caminos trazados, como dice usted. Supongo que también ellos, como nosotros, tuvieron muchas veces la posibilidad de volverse atrás, sólo que no la aprovecharon. Quizá, pues, si la aprovecharan tampoco lo sabríamos, porque nadie se acordaría de ellos. Porque sólo se habla de los que continuaron hasta el fin... y no siempre terminan bien, observe usted; al menos no de ese modo que la gente de la historia, y no la gente de fuera, llama terminar bien. Usted sabe qué quiero decir, volver a casa, y encontrar todo en orden, aunque no exactamente igual que antes... como el viejo señor Bilbo. Pero no son ésas las historias que uno prefiere escuchar, ¡aunque sean las que uno prefiere vivir! Me gustaría saber en qué clase de historia habremos caído.

—A mí también —dijo Frodo—. Pero no lo sé. Y así son las historias de la vida real. Piensa en alguna de las que más te gustan. Tú puedes saber, o adivinar, qué clase de historia es, si tendrá un final feliz o un final triste, pero los protagonistas no saben absolutamente nada. Y tú no querrías que lo supieran.[29]

 

Las historias que se recuerdan son aquellas en las que los protagonistas ‘continuaron hasta el fin’. Podrán terminar bien o tener un triste final. Pero lo que caracteriza al héroe es que continúa adelante, aun teniendo la ‘posibilidad de volverse atrás’. O, mejor, precisamente porque tienen esa posibilidad de abandonar, continúan adelante.

 

Tolkien expresa en este pasaje la libertad de la que gozan los protagonistas en las historias. Lo que hace grandes a los héroes no es que vuelvan a casa o logren todo lo que se hayan propuesto, sino que continúen avanzando a pesar de las dificultades y de la incertidumbre acerca de cómo terminará la aventura. Los protagonistas permanecen firmes en su propósito, y por ello son recordados, incluso aunque hayan dejado su vida en el intento.

 

En este texto se manifiesta la idea que Tolkien tiene de la fuerza espiritual de la libertad. Los protagonistas ‘podrían volverse atrás’, y, no obstante, siguen adelante. No es un camino fácil. Retomando nuestra carta inicial sobre “las referencias contemporáneas” de El Señor de los Anillos, podríamos decir que Frodo se nos muestra como un personaje con un gran atractivo: pudiendo abandonar, persiste con esfuerzo en lo que sabe que tiene que hacer. Quizá en parte esto explique el interés que hoy en día despierta nuestra historia.

 

 

En el Monte del Destino

 

Hemos visto antes cuál era el momento más trágico para el autor. Pues bien, para el lector uno de las escenas más angustiosas podría ser cuando Sam, que es quien animaba y estimulaba la marcha del héroe, se percata de que se encuentran definitivamente en un viaje sin vuelta a casa. Frodo y Sam están ya cerca del Monte del Destino, donde tiene que ser destruido el Anillo. Al comienzo de un nuevo día, Sam se aleja de Frodo para preparar la última etapa del viaje:

 

—Yo diría que hay por lo menos unas cincuenta millas —murmuró, preocupado, mientras contemplaba la montaña amenazadora—, y si es un trecho que en condiciones normales se recorre en un día, a nosotros, en el estado en que se encuentra el señor Frodo, nos llevará una semana. —Movió la cabeza, y mientras reflexionaba, un nuevo pensamiento sombrío creció poco a poco en él. La esperanza nunca se había extinguido por completo en el corazón animoso y optimista de Sam, y hasta entonces siempre había confiado en el retorno. Pero ahora, de pronto, veía a todas luces la amarga verdad: en el mejor de los casos las provisiones podrían alcanzar hasta el final del viaje, pero una vez cumplida la misión, no habría nada más: se encontrarían solos, sin un hogar, sin alimentos en medio de un pavoroso desierto. No había ninguna esperanza de retorno.[30]

 

Este caer en la cuenta de la ‘amarga verdad’ de que no habrá regreso a casa no fue obstáculo para continuar. Al contrario, “la esperanza que moría, o parecía morir en el corazón de Sam, se transformó de pronto en una fuerza nueva”, pues se sintió “de algún modo más responsable”[31]. Él, que lo mismo que le ocurría a Bilbo en su aventura, siempre tenía presente su hogar y la vuelta a la Comarca, tenía que marchar ahora adelante, con la carga de la responsabilidad de la tarea, y con el peso en su corazón de la certeza de que no habría viaje de vuelta.

 

Lo que le impulsa a continuar adelante a Sam y ser apoyo para Frodo es la lealtad. Se verifica ahora aquellas palabras de Gimli, cuando la Comunidad del Anillo, recién formada, abandona Rivendel. La sabiduría de Elrond les advierte de los peligros que se encontrarán y de la creciente dificultad del regreso a medida que hayan avanzado más en su viaje. Es entonces cuando Gimli enuncia el núcleo de la lealtad: “Desleal es aquel que se despide cuando el camino se oscurece”[32]. En este momento, en el Monte del Destino, es cuando Sam percibe que el camino se ha oscurecido.

 

La lealtad implica responsabilidad, supone responder de la palabra dada. Antes veíamos por qué Frodo se decidió a cargar con el Anillo: en sus manos estaba el intentar salvar la Tierra Media. Pero es este momento donde Tolkien nos ofrece una muestra del ‘mayor ejemplo del espíritu’, de la abnegación. A pesar de que las cosas no iban a salir como le gustaría, Sam no abandonó la misión. La decisión de continuar avanzando no se apoya a partir de ese momento en elementos de carácter externo, sino únicamente en la fuerza espiritual de la persona, en virtud de la responsabilidad asumida y de la trascendencia de la tarea que debe llevar a cabo. La determinación es eminentemente de índole interior.

 

 

La destrucción del Anillo

 

El momento cumbre de toda la narración provoca en el lector un gran desasosiego. Tras los padecimientos del cansancio y de la tensión interior de Frodo, tras la aparición de Gollum, tras la ayuda desinteresada de Sam, Frodo logra acceder a las Grietas del Destino. Sin embargo, aun habiendo pasado por un sinfín de penalidades, nuestro protagonista no es capaz de arrojar el Anillo para que sea destruido. Éste es demasiado poderoso, y al final vence al pequeño hobbit:

 

La luz volvió a saltar, y allí, al borde del abismo de pie delante de la Grieta del Destino, [Sam] vio a Frodo, negro contra el resplandor, tenso, erguido pero inmóvil, como si fuera de piedra.

— ¡Amo! —gritó Sam.

Entonces Frodo pareció despertar, y habló con una voz clara, una voz límpida y potente que Sam no le conocía, y que se alzó sobre el tumulto y los golpes del Monte del Destino, y retumbó en el techo y las paredes de la caverna.

—He llegado —dijo—. Pero ahora he decidido no hacer lo que he venido a hacer. No lo haré. ¡El Anillo es mío!

Y de pronto se lo puso en el dedo, y desapareció de la vista de Sam. Sam abrió la boca y jadeó, pero no llegó a gritar, porque en aquel instante ocurrieron muchas cosas.[33]

 

Lo principal que ocurre en ese instante es la aparición de Gollum, que se abalanza contra Frodo. Se produce un forcejeo entre los dos, en el que Gollum le arrebata con un mordisco el Anillo y el dedo de la mano de Frodo. Es tal la locura de la que Gollum es presa por haber recuperado su ansiado tesoro, que se tropieza en el borde del abismo y se cae, Anillo en mano.

 

A duras penas, pero con rapidez, Frodo y Sam logran salir del Monte, que estalla en llamas. Al final del capítulo, Frodo hace una reflexión sobre lo que ha ocurrido:

 

Pero ¿recuerdas las palabras de Gandalf? Hasta Gollum puede tener aún algo que hacer. Si no hubiera sido por él, Sam, yo no habría podido destruir el anillo. Y el amargo viaje habría sido en vano, justo al fin. ¡Entonces, perdonémoslo! Pues la Misión ha sido cumplida, y todo ha terminado. Me hace feliz que estés aquí conmigo. Aquí al final de todas las cosas, Sam.[34]

 

La escena termina con la constatación de que el héroe no habría sido capaz de cumplir su misión si no hubiera sido por Gollum. Se trataba, en efecto, de una misión superior a sus fuerzas. La conclusión que saca Frodo, como colofón de todo lo ocurrido, es ‘¡perdonémoslo!’. Gollum les había hecho sufrir mucho, había resultado ser una criatura vengativa y con dobles intenciones,  pero había sido gracias a él como se había podido llevar a cabo la destrucción del Anillo.

 

Todo esto nos lleva a una apreciación: el héroe es vencido al final. ¿Podemos afirmar que Frodo fracasó? O lo que sería más duro pensar aún: ¿el penoso viaje de Frodo habría resultado inútil, después de todo, al menos visto desde la experiencia personal del héroe?

 

Vamos a tratar de responder a la primera pregunta escuchando al propio Tolkien. La escena de la destrucción del Anillo es ampliamente comentada en diversas cartas a los lectores de El Señor de los Anillos, pues, efectivamente, resulta crucial para la historia.

 

Si relee los pasajes que tratan de Frodo y el Anillo, creo que comprenderá que no sólo era del todo imposible entregar el Anillo, especialmente en este punto de máximo poder, sino que esta incapacidad se presagiaba desde mucho tiempo atrás.[35]

 

Este es el punto de partida: la imposibilidad de la misión encomendada. Este aspecto se pone de manifiesto en la misma escena que tiene lugar en Bolsón Cerrado en la que Gandalf le desvela a Frodo la realidad del Anillo. Ya en aquel momento, Frodo intenta deshacerse de él y no lo logra[36].

 

La Misión estaba condenada a fracasar como plan mundanal (…). Fracasaría y fracasó en lo que a Frodo concierne, al menos considerado solo. (…)

Pero en este punto se logra la ‘salvación’ del mundo y la propia ‘salvación’ de Frodo por su anterior piedad y el perdón de la ofensa (…). Tener piedad de Gollum y abstenerse fue una locura, o la mística creencia en el definitivo valor que de por sí tiene la piedad o la generosidad, aun cuando resulte desastrosa en el mundo temporal. Le robó y lo dañó al final; pero, por mediación de cierta ‘gracia’, la última traición se produjo precisamente en el momento en que el acto malo final fue lo más benéfico que podía hacerse por Frodo. Por mediación de una situación creada por su ‘perdón’, él mismo fue salvado y liberado de su carga.[37]

 

Estas palabras de Tolkien nos parecen claves para entender su afirmación de que es falso aquello de que “todo lo que se puede hacer se debe hacer”. Es falso porque existen acciones que tienen valor por sí mismas, como es la piedad o la generosidad, si bien vistas desde cierto ángulo constituyen una ‘locura’. Frodo respetó ese orden superior, y perdonó a Gollum. Y esta noble acción hizo posible que él fuera salvado en el momento que más lo necesitaba[38].

 

Entonces, ¿dónde está el heroísmo de Frodo?

 

No creo que lo de Frodo fuera un fracaso moral. En el último momento la presión del Anillo alcanzaría su máximo; imposible, diría yo, que cualquiera pudiera resistirlo, seguramente después de conservarlo tanto tiempo, meses de incrementado tormento, hambre y agotamiento. Frodo había hecho lo que podía y estaba exhausto (como instrumento de la Providencia) y había logrado una situación en la que el objeto de su búsqueda era alcanzable. Su humildad (con la que había empezado) y sus sufrimientos fueron justamente recompensados por el más alto honor; y su ejercicio de la paciencia y la misericordia que usó con Gollum le ganaron la Misericordia: su incapacidad quedó enmendada. (…)

Frodo emprendió su búsqueda por amor: para salvar del desastre, a sus propias expensas, si podía, al mundo que él conocía, y también con completa humildad, reconociendo que era del todo inadecuado para la tarea. Su verdadero compromiso consistía tan sólo en hacer lo que pudiera, tratar de hallar un camino y avanzar tanto por él como la fuerza de su mente y de su cuerpo lo permitía. Es lo que hizo.[39]

 

Frodo no fue capaz de destruir el Anillo, pero, moralmente, no fracasó. Hizo todo lo que pudo. Bien podía haberse echado atrás: las dificultades, el cansancio y –lo más paralizante- el miedo al fracaso no fueron obstáculo para abandonar la misión. Pero, a pesar de todo ello, Frodo mantuvo su compromiso de modo absolutamente abnegado. Aquí está el heroísmo de Frodo, y ‘el mayor ejemplo de la acción del espíritu’.

 

 

La sabiduría del héroe

 

Ahora debemos retomar la última cuestión que planteamos. Es cierto que el viaje de Frodo no ha sido inútil, pues la Misión se ha podido llevar a cabo. Pero, toda esta penosa travesía ¿ha dejado algún poso en nuestro héroe? El haber cargado con el Anillo le va a obligar a abandonar la Tierra Media para ver si puede curarse de la profunda herida dejada por tan dura y prolongada carga. Además de tener que marcharse, ¿puede considerarse que toda la entrega heroica de Frodo le ha deparado únicamente amargura?

 

La vuelta a casa de Frodo y sus compañeros les tiene reservada una desagradable sorpresa. Saruman tiene dominada la Comarca como represalia por haber sido derrotado. Ha impuesto un régimen férreo y tiene atemorizados a todos los hobbits.

 

Cuando finalmente Saruman resulta vencido y Frodo descubre que se trata del antiguo mago, tiene con él un gesto que sobrepasa cualquier gesta heroica. Saruman ha destrozado el hogar de los hobbits y ha corrompido a los habitantes de la Comarca, y eso no es suficiente para calmar el odio que tiene a Frodo.

 

— Ha perdido todo su poder [— dijo Frodo— ], menos la voz que aún puede intimidaros y engañaros, si le prestáis atención. Pero no quiero que lo matéis. Es inútil pagar venganza con venganza. ¡Márchate de aquí, Saruman y por el camino más corto!

—¡Serpiente! ¡Serpiente! —gritó Saruman; y de una de las cabañas vecinas, arrastrándose como un perro, salió Lengua de Serpiente—. ¡De nuevo a los caminos, Serpiente! dijo Saruman—. Estos delicados amigos y señoritos nos echan otra vez a los caminos. ¡Sígueme!

Saruman se volvió como si fuera a partir, y Lengua de Serpiente lo siguió, arrastrándose. Pero en el momento en que Saruman pasaba junto a Frodo un puñal le centelleó en la mano, y lanzó una rápida estocada. La hoja rebotó contra la oculta cota de malla, y se quebró, con un golpe seco. Una docena de hobbits, con Sam a la cabeza, se abalanzaron con un grito y derribaron al villano.

— ¡No, Sam! dijo Frodo—. No lo mates, ni aun ahora. No me ha herido. En todo caso, no deseo verlo morir de esta manera inicua. En un tiempo fue grande, de una noble raza, contra la que nunca nos hubiéramos atrevido a levantar las manos. Ha caído, y devolverle la paz y la salud no está a nuestro alcance; mas yo le perdonaría la vida, con la esperanza de que algún día pueda recobrarlas.[40]

 

Frodo no sólo ha liberado a la Tierra Media, sino que ha logrado una dimensión más honda que cualquiera de los otros personajes de la Tierra Media: un corazón piadoso y unas entrañas de misericordia. Ahora ha ejercido la piedad, pero, a diferencia del primer encuentro con Gollum camino de Mordor, lo ha hecho por propia convicción. Ya no necesita el recuerdo de las palabras de Gandalf para perdonar la vida a Saruman y darse cuenta de que es inútil pagar venganza con venganza.

 

De nuevo sale a la luz la referencia contemporánea. En esta última escena todos los hobbits gritan ‘¡Mátalo!’. El enemigo ha sido derrotado, y se encuentra a merced de aquellos a quienes antes tenía oprimidos. Pero ‘no todo lo que se puede hacer se debe hacer’. Es Frodo quien discierne que ‘devolver la salud no está a nuestro alcance’, se apiada del antiguo mago y por ello es capaz de perdonar.

 

La contraposición de ambos personajes en esta escena próxima al final del relato ilustra cómo terminan los dos planteamientos que hemos visto ante la cuestión de la libertad. Las diferentes elecciones que han hecho Saruman y Frodo a lo largo de la historia les han transformado por dentro. Esta dimensión transformativa forma parte de una presentación coherente de la libertad.

 

Saruman, un mago más sabio y poderoso que Gandalf, se había visto arrastrado por la ceguera de un conocimiento marcado por el principio de utilidad. Lo más razonable para él fue ceder ante el poder del Enemigo, y empleó en ello su ciencia y su poder[41]. No sólo fue derrotado en Isengard sino que terminó sumido en la soledad del resentimiento. En cambio, Frodo ha logrado un conocimiento más profundo del sentido de las cosas y una capacidad de perdonar, aun las agresiones más injustas[42].

 

Para Tolkien, como auténtico filólogo, “viene primero el nombre, y luego le sigue la historia”[43]. Y así ocurre en el caso del personaje principal de El Señor de los Anillos. En una carta Tolkien explica el origen etimológico de Frodo:

 

Frodo es un verdadero nombre de tradición germánica. Su forma en inglés antiguo era Fróda. Se conecta evidentemente con la antigua palabra fród, que significa etimológicamente ‘sabio por experiencia’.[44]

 

Frodo alcanza una sabiduría más profunda por la experiencia que le ha supuesto la vivencia de la aventura para destruir el Anillo. A diferencia del resto de los hobbits, puede tener piedad de Saruman porque él mismo ha sido objeto de Misericordia, como indicaba Tolkien en una de sus cartas[45].

 

A la vista de lo que venimos comentando, podemos concluir que la historia de El Señor de los Anillos tiene plena actualidad para el lector del siglo XXI, aunque esté situada en un lugar y un tiempo imaginarios. Hoy en día se encuentra muy difundido el planteamiento de una libertad sin restricciones, que postula que ‘todo lo que se puede hacer, se debe hacer’, que no hay motivos para dejar de hacer algo con tal de que sea posible y responde al propio criterio. Tolkien sostenía que esta premisa era falsa, que se trataba de un engaño. E ilustra su convicción con una de las historias escritas en el siglo XX que ha gozado de mayor acogida por parte del público. En esta historia se puede descubrir no sólo la narración de unas gestas heroicas y la descripción de unos bellos parajes sino, sobre todo, unos personajes humanamente muy atractivos. Los protagonistas de El Señor de los Anillos pueden ser admirados por el lector, porque éste encuentra en ellos una fuerza interior y una dimensión espiritual que son fruto de querer respetar el orden moral que entraña la dignidad de la persona. En definitiva, el autor nos muestra lo valiosa que es una ‘vida abnegada’, no sólo para los demás sino también para quien encarna esta actitud de entrega.

 

Concluiremos nuestro estudio con unas palabras de Frodo a Sam cuando le anuncia que se marcha a los Puertos Grises para abandonar la Tierra Media. Constituyen una magnífica expresión de lo que hace grande a un personaje: cuando es capaz de emplear su libertad en el bien de los demás de modo absolutamente desinteresado.

 

He sufrido heridas demasiado profundas, Sam. Intenté salvar la Comarca y la he salvado; pero no para mí. Así suele ocurrir, Sam, cuando las cosas están en peligro: alguien tiene que renunciar a ellas, perderlas, para que otros las conserven.[46]

 

 

 

 

[1] La estima de los lectores por El Señor de los Anillos viene corroborada por el resultado que el libro ha obtenido en diversas encuestas. Así, por ejemplo, en 1997 la cadena de librerías Waterstone, en colaboración con el Canal 4 de la Televisión del Reino Unido, realizó una encuesta sobre el mejor libro del siglo XX. Las personas que participaron fueron más de 25.000, la mayoría de ellas clientes de estas librerías. La quinta parte de los encuestados señalaron como primera opción El Señor de los Anillos. Para ampliar sobre este aspecto, cfr. Joseph Pearce, Tolkien: hombre y mito, Minotauro, Barcelona 2003, pp. 15-24.

[2] C.S. Lewis, “The Dethronement of Power”, Time & Tide, 22 de octubre de 1955. En C.S. Lewis, De este y otros mundos. Ensayos sobre literatura fantástica, edición de Walter Hooper, Alba editorial, Barcelona 2004, p. 136.

[3] Así lo refleja Tolkien de modo explícito en una carta escrita en febrero de 1956, cuatro meses después de la publicación de El retorno del rey: “Estimado Sr. Straight: Gracias por su carta. Espero que haya disfrutado con El Señor de los Anillos. Disfrutado es la palabra clave. Porque fue escrito para entretener (en el más alto sentido): para ser leíble. No hay en la obra ninguna ‘alegoría’ moral, política o contemporánea, en absoluto. Es un ‘cuento de hadas’, pero un cuento de hadas escrito para adultos” (En: J.R.R. Tolkien, Cartas, edición de Humphrey Carpenter y revisada por Christopher Tolkien, Minotauro, Barcelona 1990, p. 273. En adelante, Cartas).

[4] Carta de J.R.R. Tolkien a Joanna de Bortadano, abril de 1956. En: Cartas, p. 288.

[5] Con un planteamiento similar a este estudio, Benedicto XVI comenta la parábola de los viñadores homicidas (cfr. Mc 12, 1-12) desde una perspectiva actual. En sus palabras se refleja la situación que se deriva de la muerte de Dios proclamada por Nietszche: “Si abrimos los ojos, ¿lo que se dice en la parábola no es realmente una descripción de nuestro mundo presente? ¿No es ésta precisamente la lógica de los tiempos modernos, de nuestros tiempos? Declaremos que Dios ha muerto, entonces nosotros mismos seremos Dios. Al final, no pertenecemos a nadie más; más bien, somos sencillamente los dueños de nosotros mismos y del mundo. Al final, podemos hacer lo que nos plazca. Nos hemos librado de Dios; no hay ninguna medida sobre nosotros; somos nosotros mismos nuestra propia medida” (Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, Jesús of Nazareth. From the Baptism in the Jordan to the Transfiguration, Bloomsbury, Londres 2007, p. 257).

[6] J. R. R. Tolkien, Árbol y hoja y el poema Mitopoeia, Minotauro, Barcelona 1994, p. 80.

[7] La cuestión de los fines es crucial para la persona. Aristóteles hacía la comparación del hombre en busca de su felicidad con un arquero que tiene que apuntar para dar en la diana. Así, errar el tiro supondría, de algún modo, una frustración para la persona. En este sentido, Tolkien sostiene que “una causa de la más grave enfermedad de estos días –que engendra el deseo de escapar no de la vida, pero sí de los tiempos actuales y de la miseria que ellos engendran- es que tenemos conciencia cierta tanto de la fealdad de nuestras obras como de su maldad” (Ibíd., p. 80).

[8] El estrecho vínculo entre el comportamiento ético de la persona y los relatos de ficción había sido señalado con especial lucidez por G. K. Chesterton: “Si de verdad leen ustedes los cuentos de hadas, observarán que una idea los recorre de un extremo a otro: la idea de que la paz y la felicidad sólo pueden existir bajo una condición. Esta idea, que es el núcleo de la ética, es el núcleo de los cuentos infantiles. La entera felicidad en el mundo de la fantasía cuelga de un hilo, de un solo hilo. Así, Cenicienta quizá llevara un vestido tejido en un telar sobrenatural y brillante con un brillo que no era de esta tierra, pero ella debía estar de vuelta cuando el reloj diera las doce” (G.K. Chesterton, “The ethics of fairy-tales”, Ilustrated London News, 15 de febrero de 1908. En: The Chesterton Review, vol. XXVIII, 1-2, 2002).

[9] Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, n. 24.

[10] Carta de J.R.R. Tolkien a Deborah Webster, 25 de octubre de 1958. En: Cartas, p. 337.

[11] J.R.R. Tolkien, El Señor de los Anillos, vol. I, La Comunidad del Anillo, Minotauro, Barcelona 81983, p. 381. En adelante, SA vol. I.

[12] José Miguel Odero ha analizado la relación entre el deseo de poder que implica el uso del Anillo y el bien y el mal desde una perspectiva cristiana: “La ‘voluntad de poder’ es la forma más típica de pecado o desorden, la más propia de los espíritus. Este apetito de dominio es perverso en cuanto se ejerce por encima de la ley, es decir, más allá del límite fijado previamente por el Creador y previamente reconocido por la inteligencia. La voluntad de dominio es el síntoma de una voluntad que quiere ‘operar’ antes que el entendimiento. Tolkien jamás afirmará que el poder como tal sea malo. El mal está siempre en la voluntad desordenada: desear un poder que naturalmente no nos ha sido concebido” (José Miguel Odero, J.R.R. Tolkien. Cuentos de Hadas, Eunsa, Pamplona 1987, p. 71).

[13] SA, vol. I, p. 72.

[14] Carta de J.R.R. Tolkien a Eileen Elgar, septiembre 1963. En: Cartas, p. 387.

[15] SA, vol. I, p. 77.

[16] SA, vol. I, p. 181.

[17] J.R.R. Tolkien, El Señor de los Anillos, vol. II, Las dos torres, Minotauro, Barcelona 382001, p. 45. En adelante, SA, vol. II.

[18] SA, vol. I, p. 92-93.

[19] SA, vol. I, p. 385.

[20] SA, vol. I, p. 565-566.

[21] SA, vol. I, p. 571-572.

[22] El siglo XX ha sido especialmente intenso en intentos de imponer sobre la persona una determinada ideología, incluso mediante la violencia. Viktor Frankl fue prisionero en Auschwitz y su pluma nos ha dejado uno de los testimonios más conmovedores de la dignidad humana: “Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que no fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas –la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias- para decidir su propio camino” (Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido, Herder, Barcelona 1996, p. 69).

[23] SA, vol. II, p. 302-303.

[24] Tolkien había combatido en una de las batallas más sangrientas de la Primera Guerra Mundial: la del Somme en Francia. Allí sufrió la crueldad de la guerra de trincheras donde el arma inmisericorde de la metralleta se cobró tantas vidas. Nuestro autor había experimentado el sinsentido de la muerte en primerísima línea del campo de batalla. No hablaba, por tanto, de teorías o de buenas intenciones.

[25] De una manera similar razonó Bilbo para tener piedad de Gollum, según se nos cuenta en El Hobbit. En un momento dado, Bilbo, que llevaba el Anillo puesto y era, por tanto, invisible, tenía la posibilidad de matar a Gollum, que se encontraba esperándole en un rincón de la cueva de los trasgos: “[Gollum] Quería matarlo a él. No, no sería una lucha limpia. Él era invisible ahora. Gollum no tenía espada. No había amenazado matarlo, o no lo había intentado aún. Y era un ser miserable, solitario y perdido. Una súbita comprensión, una piedad mezclada con horror asomó en el corazón de Bilbo” (J.R.R. Tolkien, El Hobbit, Minotauro, Barcelona 1982, p. 96-97).

[26] Cartas, p. 384.

[27] SA, vol. II, p. 449-450.

[28] La cuestión de la libertad se esclarece cuando se pone en la relación adecuada con la dimensión interior de la persona. La tradición occidental ha identificado esta dimensión con la referencia al corazón. Y es en este ámbito donde la persona puede discernir el bien del mal, distinguir lo que tiene que hacer de lo que debe evitar hacer. En este dilema se juega la persona su realización. El Principito, uno de los libros más populares del siglo XX, apunta la misma idea. Su autor, al igual que Tolkien, participó en una de las Guerras Mundiales. Cuando el Principito se despide del zorro, éste le revela su secreto: “Este es mi secreto. Es muy sencillo: sólo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos” (Antoine de Saint-Exupéry, El Principito, Enrique Sainz Editores, México 1994, p. 96).

[29] SA, vol. II, p. 444-445.

[30] J.R.R. Tolkien, El Señor de los Anillos, vol. III, El retorno del rey, Minotauro, Barcelona 1980, p. 278. En adelante, SA, vol. III.

[31] SA, vol. III, p. 279.

[32] SA, vol. I, p. 399.

[33] SA, vol. III, p. 295-296.

[34] SA, vol. III, p. 298.

[35] Carta de J.R.R. Tolkien a la srta. J. Burn. En: Cartas, p. 295.

[36] Cfr. SA, vol. I, p. 92.

[37] Carta de J.R.R. Tolkien a Michael Straight, febrero de 1956. En: Cartas, p. 274-275.

[38] Tolkien manifestó en diversas cartas que al escribir esta escena crucial del relato tuvo presente las últimas peticiones del Padrenuestro: “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal” (cfr., por ejemplo, Cartas, p. 295-296). Frodo fue salvado de caer bajo el dominio externo del Anillo justamente porque salvó a Gollum.

[39] Carta de J.R.R. Tolkien a Eileen Elgar, septiembre de 1963. En: Cartas, p. 380-381.

[40] SA, vol. III, p. 398.

[41] Saruman es, para Tolkien, el paradigma de hombre moderno, que piensa que todo puede hacerse, sin respetar los límites naturales de actuación. Resulta sintomático el comentario que Tolkien hizo en una cena homenaje en Rotterdam en la primavera de 1958: “se cumplen ahora exactamente veinte años desde que empecé a narrar la verídica historia de nuestros amados antepasados hobbits de la Tercera Edad. Miro hacia el este, el oeste, el norte y el sur y no veo a Sauron; pero sé que Saruman ha tenido numerosa descendencia” (Humphrey Carpenter, J.R.R. Tolkien. Una biografía, Minotauro, Barcelona 1990, p. 249-250).

[42] La actitud moderna otorga una primacía al conocimiento. Sin embargo, lo esencial a la persona y lo que la realiza es su capacidad de amar. La persona en cuanto tal se revela fundamentalmente en el amor: “Hay que juzgar al hombre, no por lo que sabe, sino por lo que ama. Sólo el amor hace de él lo que es, el amor bueno lo hace bueno, el amor malo lo hace malo” (San Agustín, Epist., 155, 13).

[43] Carta de J.R.R. Tolkien a la Houghton Mifflin Co., mediados de 1955. En: Cartas, p. 258.

[44] Carta de J.R.R. Tolkien a Richard Jeffery, 7 de septiembre de 1955. En: Cartas, p. 263.

[45] El personaje de Frodo ha sufrido a lo largo del relato una transformación que le hace capaz de perdonar, de querer el bien para el otro y olvidar el mal recibido. El amor no es simplemente el afecto o la amistad: necesita ser purificado. Benedicto XVI, precisamente en su comentario a la petición del Padrenuestro de ‘no nos dejes caer en la tentación’, afirma lo siguiente, que bien se puede aplicar a todo lo que le ha ocurrido a Frodo: “El Libro de Job puede ayudarnos a entender la diferencia entre prueba y tentación. Con el fin de madurar, para lograr un progreso real en el camino que conduce desde una piedad superficial hacia una profunda identidad con la voluntad de Dios, el hombre necesita ser probado. Del mismo modo que el jugo de la uva tiene que fermentar para llegar a ser un buen vino, también el hombre necesita purificaciones y transformaciones; pueden ser peligrosas para él, porque se presentan como una oportunidad para que caiga, y sin embargo son indispensables como camino en el que el hombre llega a sí mismo y a Dios. El amor es siempre un proceso que entraña purificaciones, renuncias y transformaciones dolorosas de nosotros mismos – y así es como llega a ser un itinerario para la madurez” (Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, Jesús of Nazareth…, o.c., p. 162).

[46] SA, vol. III, p. 412.