La noche de los hobbits bersekers

Premios Gandalf de relato de 2005

Premio Accésit

Autor Sergio Mars

Ilustraciones de Ferrán Clavero

 

Aquella tarde reinaba un ambiente inusualmente depresivo bajo la enseña del Poney Pisador. La habitual concurrencia de parroquianos sedientos de noticias y cerveza, no necesariamente por ese orden, se veía reducida a media docena de clientes taciturnos: una familia de granjeros de paso hacia Archet, un viajero embozado, que había llegado aquella misma mañana por el Camino del Este, y Jack “trespintas”, de quien en justicia podía afirmarse que en el fondo tampoco se había movido de casa.

Pese a tan magra clientela Cebadilla Mantecona, el posadero, parecía tan atareado como siempre, correteando de mesa en mesa y frotando aquí y allá con un sucio trapo, sin ningún resultado perceptible. Sin embargo, cualquier asiduo de la taberna, con la posible excepción de Jack, hubiera podido notar que había algo distinto en su agitación, como si no dedicara todos sus pensamientos al noble arte de mantenerse ocupado. Resultaba inconcebible, por ejemplo, que la puerta principal se abriera sin que él se hubiera anticipado y se encontrara ya frente a ella, recibiendo con inclinaciones y zalamerías a los potenciales consumidores.

Pues eso precisamente es lo que ocurrió.

No se hizo el silencio, pues ya estaba hecho, pero pareció como si se hiciera más denso. Siete cabezas se volvieron al unísono y se clavaron en el recién llegado, que a su vez constató perplejo la atención que suscitaba su entrada. Cebadilla se recuperó con prontitud, que para algo era un profesional, y se acercó al viajero frotándose las manos en el trapo, cuya utilidad en ese nuevo cometido era también bastante discutible.

—Bienvenido al Poney Pisador, excelencia. ¿En qué puedo servirle?

La excelencia era un hombre grande, bastante más alto que Mantecona, aunque, por supuesto, no tan voluminoso. Vestía un jubón de cuero reforzado con remaches metálicos y ceñía una espada que casi rozaba el suelo.

—Alojamiento para una noche, cena y desayuno para mañana —respondió sucintamente.

—Por supuesto, señor. ¿Para cuántos?

—Somos cuatro, pero nos contentaremos con una sola habitación, sin ventanas de ser posible, y tres cubiertos.

—Perdón, señoría pero… —no llegó a proferir ninguna objeción, pues en ese momento su interlocutor se apartó para dejar paso a otros dos hombres. El primero de ellos, más corpulento incluso que quien había llevado la voz cantante, con el cráneo totalmente pelado y bastante sucio, trastabilló a consecuencia de un empujón que le habían propinado por la espalda. Al alzar los brazos en un intento por conservar el equilibrio todos en la sala pudieron constatar que se encontraba maniatado. Mantecona se apresuró a prestarle su ayuda, pero lo único que recibió como pago por sus desvelos fue un empujón y la mirada fría de unos ojos extrañamente brillantes.

—No malgastes tus buenas formas con esta carroña —escupió entre dientes el que iba detrás—. Te destriparía sin siquiera pestañear a poco que le diéramos una oportunidad.

El posadero no sabía qué responder. En todos sus años de profesión jamás se había visto en una situación tan comprometida… bueno, si se exceptuaba lo del señor Sotomonte y compañía, pero de aquello hacía ya un buen puñado de otoños.

—Pero, pero… —balbució.

—Tranquilo, jefe —dijo el primer hombre—. Nosotros nos ocupamos de todo. —Se llevó una mano a una bolsita que llevaba colgada del cuello y extrajo un sello, poniéndolo bajo la nariz de Mantecona—. ¿Sabes lo que es esto?

El posadero forzó la vista para poder enfocar un punto tan próximo a su apéndice nasal y contestó:

—Parece el sello del rey Elessar… Sabéis, una vez estuvo aquí, en mi posada. Bueno, más de una vez de hecho. Aunque yo no lo sabía, claro, si no le hubiera servido cerveza de la buena y no la que guardo para los montar… ¡Oh! No seréis montaraces, ¿verdad? Montañeses quería decir. Por supuesto que a los montaraces les sirvo el mejor de nuestros caldos. Y cualquiera puede decir que la cerveza del Poney Pisador es la mejor… especialmente desde que se pasó por aquí Gandalf. ¿Lo conocéis? Gran sombrero, ceño fruncido… ¿o era al revés? También estuvo aquí a veces con el rey Elessar, aunque entonces no se llamaba Elessar, el rey me refiero, no Gandalf, por supuesto, ni tampoco rey… era sólo, si me perdonan la familiaridad, Trancos; se sentaba en aquella esquina junto a…

—¡Ya basta! —le interrumpió el hombre—. Ya veo que sabes lo que es. Mira, sólo somos soldados de vigilancia de Gondor y estamos de paso. Ese hombre —continuó, señalando al prisionero— es un criminal. Intentaba llegar al Brandivino para cruzarlo y quedar fuera de nuestro alcance por el edicto del rey, pero afortunadamente lo atrapamos antes de llegar al puente. Molestaremos lo menos posible. Mañana, apenas salga el sol, partiremos de nuevo. Cuanto antes lleguemos al puesto de guardia de Amon Sûl, antes podré descansar.

—Por supuesto, por supuesto señor…

—Callahion.

—Por supuesto, señor Callahion. ¿Dijisteis que erais cuatro?

—Sí, Noûan está fuera con los caballos, esperando al mozo del establo.

—Pues, si me disculpáis, iré a atenderle. Podéis ir sentándoos donde os plazca, esta noche hay sitio de sobra.

—¿No tenéis mozo de cuadra?

La pregunta cogió a Mantecona a mitad camino de la puerta. Sin volverse contestó:

—Sí, por supuesto, pero las cosas están… un poco difíciles. Tiene el día libre.

Sin más explicaciones, partió con un trotecillo a atender a sus huéspedes equinos.

 

Con la llegada de la comitiva, por contradictorio que parezca, la atmósfera general se animó bastante. Durante un buen rato Mantecona tuvo motivos para estar atareado y nada podía hacerle más feliz. Una vez terminada la cena, los guardias decidieron comprobar por sí mismos la justicia de las alabanzas a la cerveza local, así que pidieron unas pintas e invitaron a Mantecona a sentarse con ellos un rato.

—¡Excelente brebaje! —reconoció Callahion.

—¿Cómo es posible que con tan buenos argumentos tengáis una clientela tan reducida? —inquirió Noûan, coincidiendo con su superior en la apreciación de la bebida.

Mantecona se removió inquieto en su asiento. Lanzando fugaces miradas al exterior contestó:

—Bueno, las circunstancias son un tanto especiales.

Ese comentario alertó a Callahion, que recuperó inmediatamente la compostura y preguntó:

—¿Qué queréis decir con eso? La verdad es que cruzando el pueblo me ha parecido que algo no estaba del todo bien. Como si se respirara una tensión contenida.

—Veréis… —comenzó a explicar Mantecona—. Es que hace ya unos días que no recibimos suministro de hierba para pipa.

—¿Sólo eso? —se extrañó Callahion—. ¿Qué tiene que ver esa hierba para pipa con que esté vacía la taberna?

—Es que… parte de nuestra población está un poco nerviosa. Esperamos un envío de un momento a otro, pero mientras llega todo está un poco demasiado tenso, como bien habéis percibido.

No pudo entrar en mayores detalles, ya que Noûan le interrumpió en ese momento:

—Oye, eso de la hierba para pipa me interesa. Me licencio en dos semanas y vuelvo a mi granja en Ithilien, no me vendría mal llegar con nuevas ideas. Tengo que pensar en el porvenir de mi mujer y mis cuatro hijos. ¡No veas lo que dan de sí las dos semanas bianuales de permiso! Mira, aquí tengo unos retratos de mis hijos —siguió parloteando, mientras sacaba de un ignoto bolsillo interior cuatro plaquitas de madera garrapateadas—. Guapos, ¿eh? —dijo exhibiéndolas ufano.

Mantecona se inclinó amablemente para ver mejor. Y también amablemente decidió no hacer ningún comentario. Se le ocurrían tres posibilidades: que los retratos no hicieran justicia a los críos, que Noûan estuviera cegado por amor paternal, o que su mujer hubiera aprovechado sus ausencias para pegársela con algún orco expulsado de su clan por repulsivo y el pobre hombre tratara de superar el trauma apelando a la negación.

Por fortuna para él, pudo ahorrarse el buscar un nuevo tema para desviar la conversación hacia terrenos más seguros, pues en ese preciso instante llegó hasta los allí reunidos el atenuado aunque inconfundible sonido de un alarido.

—¿Qué ha sido eso? —inquirió Callahion, incorporándose a medias y llevando su diestra al pomo de la espada.

—Nada, nada —se apresuró a contestar Mantecona—. Un cerdo, eso es. No es más que un puerco alborotador.

—Jamás había escuchado a un cerdo gruñir de tal forma —gruñó a su vez Callahion, no demasiado convencido por la explicación.

Una risita entrecortada intervino antes de que el posadero pudiera pensar en una réplica adecuada. Jack “trespintas” por fin había encontrado algo más interesante que el fondo de su tercera pinta de la noche:

—¡Un gorrino! —bramó—. ¡Claro que sssshí! Hoy toca la matansa de ‘os gooorrinos. ¡Saluuud!

Empinó la jarra con gran entusiasmo y apuró ávidamente las últimas gotas de alcohol.

Mientras tanto, los granjeros —pá, má y la típica parejita— hacía tiempo que se removían inquietos en sus asientos. Finalmente, se alzó el cabeza de familia y se aproximó a donde Mantecona departía con los soldados.

—A los muchos perdones —comenzó su discurso—. Allá atrás la Gretel y los críos están constreñidos por ese sonido. Mira que hemos escuchado gritar a cochinos, incluso m'ijo sabe imitar a la ferpección el grito del puerco castrado, y como que no hemos reconocido lo de antes. ¿Está su señoría aseguro que era un puerco?

—Sí, sí, claro —contestó Mantecona, sintiendo clavados sobre su persona los ojos de todos, bueno, con la posible excepción de los del misteriosos viajero, que como estaba encapuchado resultaba imposible precisar hacia dónde miraba—. Eso debe ser cosa del acento.

—¿De lacento? —se sorprendió el granjero.

—Por supuesto. A ver, ¿de dónde sois?

—De una aldeílla, pasado Archet.

—¿Y a que allí habláis con de un modo ligeramente distinto que aquí en Bree?

—Pos sí, ahora que vuecencia lo dice… No m'había fijao.

—Pues los cerdos igual.

El pobre hombre se quedó en blanco un buen rato, tratando de asimilar la información que había recibido. A la postre, pareció hacer la conexión adecuada, porque sonrió y se volvió hacia donde aguardaba su familia. Mientras se iba, Mantecona y los soldados pudieron oírle tranquilizando a su mujer:

—Ves, Gretel, como ya lo decía Pá, que no había na bueno fuera casa. ¡Si hasta los puercos chillan distinto!

—Tenías rasón, como siempre, Hansel —reconoció su mujer, y se desentendió de todo lo que no fuera repartir cachetes de tanto en tanto a sus hijos.

Mantecona, por su parte, había aprovechado la doble interrupción para abandonar con cierta dignidad la compañía de los guardias, procurando, eso sí, no acercarse demasiado al prisionero, que no había vuelto a abrir la boca, entre otras cosas porque no le habían ofrecido ni comida ni bebida. Con un trotecillo más propio de un muchachuelo hobbit que de un posadero fondón, pasó a la cocina, donde le oyeron trastear unos instantes.

Volvió a salir casi inmediatamente, portando entre sus brazos unas barras de hierro, con las que procedió metódicamente a trabar todas las contraventanas. Los parroquianos le observaron en silencio, con expresiones que iban desde la total indiferencia de Jack hasta la sospecha de Callahion, descontado nuevamente al tipo de la capucha, que quién sabe si componía una expresión que no se ajustara al rango descrito; en todo caso, la componía en silencio.

Con un golpe sordo y un chirrido herrumbroso, como sólo puede ser producido por una barra de hierro guardada en el sótano de una posada durante diez años, Mantecona concluyó su tarea, atrancando de igual modo la puerta. Sólo entonces se permitió un respiro, y buena falta que le hacía, pues su rostro empezaba a amoratarse de tanto contener el aliento. Ignorando las antedichas expresiones de la concurrencia, se dirigió hacia su lugar tras la barra, canturreando quedamente algo sobre no sé qué Hombre de la Luna.

En vista de que no parecía dispuesto a dar explicaciones, Callahion se animó a preguntar:

—¿A qué ha venido eso?

—Oh, pues para que nuestros buenos visitantes de Archet no tengan que sentirse confundidos por el extraño acento de los gorrinos de Bree.

—De passsso no vendrá mal para… —comenzó a farfullar Jack “trespintas”, interrumpiéndose cuando, con tanta rapidez que cualquiera hubiera jurado que la había invocado de la nada, Mantecona le puso delante de las narices su tercera pinta de la noche. Aún intento terminar su versión de los hechos, aunque a través de la cerveza los demás sólo pudieron escuchar algo así como—: Deggluber alasfordasg d'hobglubs berflesglers.

El encapuchado de la esquina se removió en su asiento, como dispuesto a intervenir, pero finalmente no profirió sonido alguno.

—Bien, bien, bien. Bonita noche —dijo Mantecona, sólo para rellenar el silencio. No se acostumbraba a un Poney Pisador silencioso. La falta de ruido a su alrededor le resultaba casi tan embarazosa como si lo que le faltara fuera la ropa (eso, claro, si exceptuamos el trapo sucio sobre su hombro; era tan incapaz de imaginarse a un Cebadilla destrapado como a otro descabezado, más incluso, pues el trapo al menos lo podía ver).

Los guardias intercambiaron miradas entre sí y después dirigieron su atención hacia las ventanas clausuradas.

—Muy bonita, sí —mostró su aquiescencia Callahion, a quien empezaba a preocupar toda aquella situación, llegando a preguntarse si no hubiera sido preferible pasar otra noche en el descampado en compañía de un par de inútiles y de un asesino múltiple.

Alguien llamó a la puerta.

El ruido se repitió, más fuerte e insistente.

Mantecona hacía oídos sordos, frotando con extrema concentración un vaso que, por primera vez en años, pudo presumir de transparencia.

Bum, bum, volvió a sonar la puerta.

El posadero seguía friega que te friega, interrumpiéndose sólo para servirle otra cerveza a Jack, que parecía dispuesto a decir algo. La indecisión mantenía en sus asientos al resto de ocupantes de la estancia.

Durante unos instantes pareció que se hacía el silencio en el exterior de la posada, pero fue una falsa esperanza. Con mayor frecuencia y violencia comenzaron a sucederse los golpes, no sólo en la puerta, sino ahora también en las cerradas ventanas.

 

Los tres guardias se levantaron de sus asientos y empuñaron las armas. No lo hicieron al unísono. Primero se incorporó Callahion, como impulsado por un resorte, y, tras una mirada colérica a sus subordinados, se vio secundado por Noûan y el otro hombre.

Con un gesto, Callahion indicó a Noûan que se quedara vigilando al prisionero, posiblemente para evitar que en su ausencia se bebiera sus cervezas, y comenzó a dirigirse hacia la puerta de la posada, que se estremecía bajo los golpes de quienquiera que estuviera al otro lado. Se detuvo a dos palmos de ella. A tan escasa distancia podían escucharse gritos amortiguados y, cuando los gruesos tablones se combaban por efecto de los golpes que les propinaban desde el exterior, por entre las rendijas se filtraba la luz rojiza de un incendio.

El soldado intercambió una mirada con su subordinado. Había comenzado a sudar copiosamente y sentía el temor formando un nudo en su estómago. Inspiró profundamente, intentando hacer de lado esa inquietud irracional. ¿Cómo podía sentirse tan mal? ¡Era un veterano! ¡Había servido a las órdenes del propio príncipe Imrahil durante las campañas orcas que sucedieron a la Gran Guerra! Alargó una mano temblorosa hacia la barra de metal que trababa la puerta.

Justo cuando sus yemas estaban a punto de entrar en contacto con su metálico reflejo, sintió que algo hacia presa de su pierna. Dio un respingo y aprestó la espada para descargarla contra la criatura que le había atacado. Ya descendía el acero en un arco de muerte, cuando reconoció la forma temblorosa que se aferraba con desespero a sus botas.

En el último microsegundo desvió la trayectoria del arma, de forma tal que sólo rozó a Mantecona en el hombro, dejando, eso sí, herido de muerte al trapo. Cebadilla se encontraba tan alterado que ni siquiera se apercibió del trágico destino de un compañero que había estado a su lado durante tantos años. Simplemente, repetía una y otra vez entre susurros:

—No la abráis, excelencia. Por lo que más queráis, no abráis esa puerta.

Impactado por su vehemencia, Callahion, colérico, le increpó entre dientes:

—¡Maldito seas! ¿Se puede saber qué pretendías? ¿Qué hay ahí afuera?

Cebadilla no podía contestar a esta pregunta, como si hubiera agotado toda su capacidad de acción alcanzándole antes de que dejara expedita la entrada a la posada. Lo único de que era capaz era de mantenerse abrazado a las piernas del guardia, mirando con ojos desencajados más allá de la puerta. Los golpes seguían cayendo sobre la madera, con una cadencia irregular, pero con creciente violencia.

La respuesta tenía que provenir de otra fuente, y así lo hizo.

—Son los hobbits. Son berserkers.

Todos en el recinto giraron la cabeza para contemplar a Jack “trespintas”, que era quien había formulado estas dos afirmaciones, con una voz en la que no podía detectarse signo alguno de ebriedad. Incluso el encapuchado dirigía ahora su atención al borrachín.

—¿Qué especie de broma es ésta? —inquirió Callahion—. No me vengáis con estupideces. Quiero saber la verdad sobre a qué nos enfrentamos.

—¿La verdad? Tú no puedes soportar la verdad —contrarreplicó Jack, y apuró su pinta.

Por suerte para la integridad física de Jack, en ese momento intervino Hansel:

—¿No sus podría explicar algo más?

Jack suspiró y lanzó una mirada pesarosa al fondo de su jarra vacía. Se relamió los labios y preguntó con la voz áspera:

—¿Alguien podría ponerme un poco más de cerveza? Prometo que después de esta tercera pinta paro.

Callahion, que no estaba para muchas bromas, sacudió la pierna para llamar la atención de Mantecona, que seguía abrazado a ella y le indicó que sirviera a Jack. Aun así, tuvo que prometerle que no trataría de salir hasta no haber escuchado lo que tuviera que contarles el borracho. Acompañó al posadero hasta el mostrador, aunque dejó apostado al guardia junto a la puerta, por si acababa cediendo, aunque los golpes no parecían obedecer a un intento serio por tirarla abajo, sino más bien parecía como si, de tanto en tanto, alguien probara a ver si por un casual se abría.

 

Con la bebida servida y frente a él, Jack pareció olvidarse de su existencia. Sus ojos se volvieron todavía más vidriosos mientras conducía con extrema dificultad de su memoria a sus labios conocimientos considerados tabú por cualquier hombre que apreciara la vida en Bree.

—Los hobbits —comenzó— no son esos simpáticos hombrecitos, afables y campechanos con los que tal vez hayas tenido ocasión de tratar. Niños parecen a nuestros ojos, pero su auténtica naturaleza no puede estar más lejos de la dulce inocencia de la niñez. ¡Habéis de saber —exclamó, apuntando con un dedo a todos en la sala— que cada hobbit esconde en su interior a un monstruo sediento de sangre!

Sólo entonces se permitió dar un largo trago. Todos los demás aguardaron en silencio. Por muy inverosímil que fuera la idea que les estaba transmitiendo, lo hacía con tal convicción que era difícil no sentir como una garra helada recorría sus espaldas.

—Hay historias en Bree. Historias que se transmiten de padres a hijos; toda la familia encerrada en una fría noche de invierno, junto a la chimenea, con las ventanas y los postigos cerrados, susurrando la terrible verdad, entre promesas de buscar un hogar más seguro. Pero llega el día, y los terrores nocturnos se olvidan. “Hay sitios peores para vivir”, es lo que se suele argumentar. “Después de todo, hace décadas que no hay ningún problema”, suele ser el comentario siguiente. Y la vida sigue, aunque sea a la sombra de la terrible amenaza de los hobbits berserkers.

»Hace cientos de años era mucho peor. Por aquel entonces no existía nada que refrenara la furia salvaje de los hobbits en estado berserker. Los primeros colonos que llegaron a estas tierras tuvieron que vivir bajo el yugo implacable de los Señores de la Guerra Medianos, que habían dejado un sendero de muerte en su peregrinación desde el este. Durante el reinado de Argeleb II hubo un enfrentamiento particularmente virulento, que tuvo como resultado la conquista por parte de los hobbits del territorio que hoy en día conocemos como la Comarca.

—¡Un momento! —exigió Callahion—. Todo eso que nos estás contando no puede ser cierto. Los descendientes de Númenor siempre hemos sido muy cuidadosos con los registros, especialmente en lo que se refiere a los acontecimientos bélicos, y nunca he oído nada sobre ninguna guerra con los hobbits. ¡Ni mucho menos una guerra perdida!

Jack le lanzó una mirada cargada de compasión y sonrió tristemente.

—Los registros pueden falsearse… si hay un buen motivo. Para vosotros no resultaba algo de lo que estar orgulloso y, por otra parte, cuanto menos recordaran los hobbits de su pasado guerrero mucho mejor. La mortandad del período de que hablo fue justificada en las crónicas como un brote de peste y la conquista como un regalo. Pero, ¿qué razón podría tener el rey de Arnor para mostrar tal generosidad?

—¿Cómo es entonces que no se ha vuelto a oír hablar de… —Callahion frunció los labios y prosiguió con tono despectivo—: hobbits berserkers?

—¿Recuerdas el comentario, cuando la noche aún era joven, de maese Mantecona acerca de la carestía de hierba para pipa que estábamos sufriendo?

—Sí, pero… ¿qué tiene eso que ver con lo que estábamos hablando?

—Durante siglos los sabios estuvieron tratando de anular, o cuando menos disminuir, la amenaza hobbit. Quien más empeño puso en ello fue un mago, Gandalf el Gris, y bien caro que lo ha pagado. Durante su juventud, si tal palabra es aplicable en su caso, recorrió toda la Tierra Media, buscando una solución a esta situación. Sus estudios le llevaron a la certeza de que sólo adormeciendo los instintos berserkers de los medianos mediante algún tipo de droga, podrían los pueblos libres contar con un resquicio para la esperanza.

»Probó muchas sustancias con diversa fortuna, logrando, a costa de verse él mismo presa de la misma adicción, aficionar a los hobbits a inhalar el humo producido por la combustión de determinadas plantas. Pero faltaba algo. Lo más que obtuvo, que no es poco, fue limitar el ansia guerrera de los medianos.

»Irónicamente, después de tan largo peregrinaje, la respuesta a sus desvelos se encontraba aquí mismo, a apenas unas millas del principal foco de peligro. La hierba que buscaba era una variedad de la Nicotiana , que había arraigado en la vertiente de la colina sur de Bree, probablemente a partir de semillas transportadas inadvertidamente por viajeros provenientes de Gondor por el Camino Verde. Apenas la hubo probado, supo Gandalf que aquélla era la droga que necesitaba, ya sólo tenía que conseguir introducirla entre los medianos, aunque para ello precisaba ayuda.

—Y ahí es donde entra en la historia mi antepasado —intervino Cebadilla.

Jack asintió gravemente y prosiguió su narración:

—Corría el año dos mil seiscientos setenta. El Poney Pisador ya ocupaba esta misma localización y ya era por aquel entonces el centro de la vida social de Bree, aunque, por supuesto, la situación era mucho más delicada, con la amenaza latente de la violencia hobbit. Levadura Mantecona, el tatara-antepasado de nuestro buen Cebadilla, se puso de acuerdo con Gandalf para engatusar a un joven visitante de la Comarca, Tobold Corneta, que era de talante mucho más pacífico y abierto de lo que era habitual entre los medianos.

»Tras muchas zalamerías y humillaciones consiguieron que probara la nueva variedad de hierba, a la que quedó instantáneamente enganchado. Cuando volvió a Valle Largo, en la Cuaderna del Sur, en su zurrón viajaban las semillas de la primera cosecha de hierba para pipa y en su cabeza los conocimientos necesarios para cultivarla.

»Unos años más tarde, cuando una pequeña invasión orca en la Cuaderna del Norte estuvo a punto de acabar en desastre debido a la falta de acometida de los hobbits adictos a la nueva droga, Tobold se olió algo y quiso parar la producción. Si no hubiera sido por Bandobras Tuck, que se negaba a “parecerse a una tetera”, aquello hubiera podido acabar en desastre. De algún modo, Gandalf se enteró de sus intenciones y le dedicó una visita, durante la cual le amenazó con revelar a todo el mundo que él había formado parte de la conspiración para obnubilar el instinto berserker hobbit. Prueba de que la droga era efectiva fue el que sobreviviera a este encuentro, aunque ya nunca volvió a ser el mismo. Respecto a Tobold, jamás reveló el verdadero origen de la hierba para pipa. Ya no hubo más problemas; la salvaje belicosidad hobbit había sido contenida y Gandalf pudo, a partir de entonces, dedicarse a otros asuntos sin dejar de mantener un ojo vigilante sobre la Comarca.

Jack interrumpió su relato y hundió la cabeza entre los brazos. Entre su audiencia los había completamente convencidos, tal era el caso de Hansel, Gretel y sus retoños, al fin y al cabo eran de Archet, y otros aún dubitativos, grupo en el que se contaban los guardias de Gondor. El encapuchado, como siempre, constituía un enigma. Mantecona se vio en la obligación de añadir algo que contribuyera a convencerlos del terrible peligro en que se encontraban.

—Normalmente, en los viejos tiempos, una pequeña interrupción en el suministro de hierba para pipa no hubiera sido tan crítica. Por desgracia, desde el embargo de Zarquino hace unos años, los niveles de droga en la sangre de los hobbits se encuentran peligrosamente bajos. Incluso comenzamos a sospechar que alguno se estaba dejando el hábito, aunque, por supuesto, eso no es algo que le preguntes a un mediano…

Su voz se fue apagando poco a poco. Fuera, continuaban los golpes en puerta y postigos, con una cadencia ligeramente superior. Callahion negó con la cabeza. Todo aquello no podía sino ser una invención, una locura. ¡Pero parecían tan condenadamente serios!

—Si todo eso es cierto, ¿por qué acuden aquí? ¿Y por qué no entran y nos matan a todos?

—Un hobbit en estado berserker no piensa realmente —contestó Mantecona—. Simplemente reacciona a determinados estímulos externos. Si ven a alguien que no sea uno de ellos atacan, en caso contrario, simplemente deambulan, buscando víctimas. Tal vez acudan al Poney porque en su vida cotidiana constituye una parte importante de su existencia. Aquí es donde obtienen cerveza, noticias, música y, sobre todo, hierba. Posiblemente sus intentos por penetrar sean simplemente un acto reflejo. Si supieran que nos encontramos aquí dentro nada podría salvarnos. No sé si quedarán muchos hombres vivos en Bree a estas horas.

Un golpe, más violento que los anteriores, pareció dar énfasis a esta afirmación. Todos se volvieron al unísono hacia la puerta de entrada, pues había sonado ligeramente distinto, como si la madera comenzara a astillarse. A mitad movimiento, Callahion comprendió su error. ¡El golpe había sonado en dirección opuesta! Rápidamente rectifico, a tiempo de observar como la puertecilla de la bodega saltaba en pedazos.

Entre los maderos quebrados asomó un pequeño pie, peludo y sangrante, como si se hubiera abierto paso a patadas. Fue seguido a los pocos instantes por el resto del hobbit, en no mucho mejor estado. Anudada a sus tobillos se podían apreciar los restos deshilachados de una cuerda gruesa y de sus muñecas colgaban dos palmos de cadena. Todo él era una colección de pequeñas heridas, muchas de ellas a buen seguro autoinflingidas, el resto fruto de sus esfuerzos por liberarse.

 

—No… Nob, muchacho. Tran… tranquilízate —rogó Mantecona sollozando.

Jack no había perdido el tiempo. Con una ligereza asombrosa para alguien en sus condiciones se apartó del hobbit enfurecido, mientras recriminaba a Cebadilla:

—¡Maldito loco! Teníamos que haberlo matado, como a Bob. ¡No bastan unas simples cadenas para retener a un hobbit berserker!

—¡No! ¡Lo de Bob fue un accidente! Yo no quería que muriera, Nob. Juro que no.

Ajeno por completo a acusaciones y patéticas disculpas, el hobbit que solía responder, entre guiños y sonrisas, al nombre de Nob terminó de salir por la destrozada puerta de la bodega. Cualquier atisbo de incredulidad fue inmediatamente barrido de los pensamientos de Callahion y del resto de aterrados parroquianos. Incluso el temible criminal que llevaban encadenado a Gondor había palidecido ante la visión de la furia berserker hobbit desenmascarada.

El miedo cargaba la atmósfera de la sala de un modo que todos podían percibir. Las aletas de la nariz de Nob se abrieron, como si aspirara el terror. Su sonrisa demente se rompió en un alarido de furia animal, justo antes de lanzarse sin más consideraciones al ataque, plantándose en dos zancadas ante aquel que tenía más cerca, que resultó ser el encapuchado.

La víctima no llegó a emitir siquiera un sonido. Algo relució en la mano del hobbit antes de incrustarse en el vientre del misterioso personaje. Con un estertor y un estremecimiento el encapuchado expiró. Nob retiró su brazo, ensangrentado hasta el codo, y el cadáver se desplomó boca arriba en el suelo de la taberna. Por un capricho del destino, su capucha se había deslizado hasta encasquetarse por completo, ocultando para siempre su rostro y convirtiendo su identidad en un enigma sin solución.

Quien primero reaccionó fue Callahion, veterano de muchos enfrentamientos. Se encaró con Nob, demostrando con ello que no había asimilado las advertencias de Jack “trespintas”, y exhibiendo su arma le retó:

—Esto es una espada forjada en Erebor, de las mejores del mundo, capaz de rebanarte los sesos de un tajo. Venga, alégrame la noche.

Nob centró su atención en él, exhibiendo a su vez el instrumento del que se había apoderado en la bodega y que le había servido para asesinar al cliente embozado. Mantecona palideció al verlo.

—¡Cuidado! —avisó—. ¡Tiene una cuchara!

Sin aviso previo, Nob se abalanzó sobre su contrincante, que le duplicaba en altura y triplicaba en peso. Con un movimiento desesperado, Callahion trató de interponer entre ambos su espada. El hobbit impactó contra el guardia y ambos rodaron por el suelo en una confusión de ropa y gruñidos. Tras derribar varias mesas, quedaron inmóviles, más o menos en el centro de la sala.

—¿Están? —preguntó Hansel.

—No lo sé —contestó Mantecona, no necesariamente a la pregunta que había intentado formular el granjero.

Poco a poco, a medida que la necesidad de conocer el desenlace del encuentro iba sobreponiéndose a su terror, fueron formando un círculo en torno a los caídos. Noûan, como segundo al mando, asumió la iniciativa. Extendió con cuidado su propia espada hasta tocar con la punta a los caídos. Al no obtener ninguna reacción, comenzó a alargar la mano para retirar el tablón más grande que los ocultaba, pero no llegó a completar la acción, pues hubo un temblor y el amasijo de madera comenzó a elevarse, impulsado desde abajo.

Todos sin excepción pegaron un salto atrás y aguardaron expectantes mientras el superviviente se alzaba entre los restos de mobiliario. Un pie, dos, tres… ¡Dejó de elevarse! Se produjo un revuelo espantoso mientras cada cual corría en busca de un lugar donde parapetarse. Sin embargo, como quiera que no hubo un nuevo ataque, acabaron asomándose para comprobar que se trataba de Callahion, inestablemente sentado sobre sus talones; frente a él, tendido bocabajo en el suelo, se encontraba el cuerpo de Nob.

—La cuchara —balbuceó el soldado—. No veo nada. Quitadle la cuchara.

Los dos guardias se acercaron a su superior, contemplando horrorizados el estado en que lo había dejado el ataque del hobbit berserker.

—Señor… —alcanzó a proferir Noûan tras hacerse idea de la situación—. No hay cuchara. La cuchara está en su cabeza.

Callahion alzó su mano derecha con cuidado y empezó a palparse el cráneo. Efectivamente, sobresaliendo de su parietal, encontró el mango de la cuchara, que se encontraba profundamente incrustada en su cerebro.

—Oooohhhhh.

Los dos guardias no sabían qué hacer. Se debatían indecisos por si convendría extraer el cubierto o no. Si fuera una flecha clavada en un brazo lo tendrían claro, pero aquello estaba más allá de su experiencia. Callahion, para empeorarlo todo, no dejaba de gemir.

Al final no hizo falta que tomaran una decisión. En contra de su suposición, Nob no estaba muerto sino simplemente conmocionado. El hobbit pasó de la inmovilidad absoluta a la acción en unos instantes. Propinó un fuerte empujón a Noûan y se abalanzó sobre el mango de la cuchara, para desincrustarla con un grito. De nuevo armado, se volvió hacia el otro guardia, que era el que tenía más cerca, y empezó a avanzar en su dirección mientras Callahion se derrumbaba a sus espaldas.

El guardia se olvidó por completo de sus propias armas. Tan sólo podía arrastrarse de espaldas por el suelo, alejándose desesperadamente del pequeño monstruo. Sin embargo, Nob no se encontraba en muy buenas condiciones. El acero de Erebor había hecho honor a su fama, trazando una profunda herida en el costado del hobbit, por la cual manaba ahora la sangre en grandes cantidades.

El mediano dio cuatro pasos vacilantes antes de que se le cayera la cuchara de la mano insegura. Aun así, prosiguió su avance, ajeno a cualquier cosa que no fuera su objetivo. Tres pasos más logró dar antes de caer de bruces en el suelo e incluso así siguió arrastrándose hacia su presa, que vería durante el resto de su vida la faz pálida y surcada de arañazos del hobbit; sobre todo sus ojos, helados como la noche y mostrando una determinación inquebrantable.

A la postre, la espalda del guardia tropezó con una pared y no pudo seguir retrocediendo. Y Nob seguía avanzando, pulgada a pulgada.

Tal vez hubiera podido evitarse lo que sucedió a continuación, pero todos en la sala se encontraban paralizados por el espanto. El hobbit, más muerto que vivo, llegó hasta el guardia y se le echó encima con un postrer impulso. Carente de otras armas, empleó los dientes, mordiéndole con sus últimas fuerzas la garganta, ante la aterrada pasividad de su contrincante.

Así murió Nob, con el sabor de la sangre de su última víctima en los labios.

 

Llegó la calma. Una tranquilidad que sólo se encuentra en la muerte. Cuatro cadáveres y ocho condenados no representan una compañía muy ruidosa. Demasiada calma. Algo faltaba, pero ¿qué?

Cebadilla sintió erizarse los pelos de sus brazos. ¡Ya no se oía ningún golpe! Aquello no podía presagiar nada bueno. No debía ser casualidad el que se hubieran interrumpido precisamente entonces, justo después de todo el estrépito que habían producido durante la pelea con Nob. Se dirigió con disimulo hacia la última ventana que daba a la calle, donde había camuflada una pequeña mirilla. Nadie le prestó atención.

Noûan, que era quien más de cerca había visto la muerte de entre los supervivientes, se lamentaba sobre los cuerpos de sus dos compañeros.

—¡Capitán! ¡Capitán! —gritaba, zarandeando el cuerpo de su superior como si todo fuera cuestión de hacerle despertar de una terrible pesadilla—. ¡Está muerto! ¡Están los dos muertos! Y ni siquiera llegué a saber su nombre... —prosiguió, contemplando el cadáver de su otro compañero entre lágrimas.

Jack había encontrado un barril de cerveza y había decidido que por una noche podía sobrepasar su límite de tres pintas. Entre trago y trago no dejaba de murmurar:

—¡Otra vez no! ¡Otra vez no! ¡Mi padre murió así!

La familia de Archet había formado una piña, fuertemente abrazados unos a otros, en una esquina del salón. Sólo el prisionero parecía haber recuperado la compostura, aunque observaba pensativo el pequeño cuerpo desangrado del hobbit.

Mantecona llegó sin incidentes hasta la mirilla y la abrió con cuidado, tomando la precaución de hacer sombra con las manos para evitar delatar su puesto de observación. Si un ente invisible se hubiera apostado justo al otro lado del agujero, hubiera sido testigo de cómo aparecía un ojo, ligeramente inyectado en sangre por la tensión de las últimas horas; hubiera comprobado cómo se dilataba su pupila para ajustarse a las bajas condiciones de luminosidad… para al instante contraerse debido al terror.

El posadero se echó atrás por un acto reflejo, sin importarle ya el disimular su posición. Los hobbits sabían que estaban allí dentro.

—Debemos reforzar las entradas —gritó con un hilo de voz. Por supuesto, nadie le escuchó.

Empezó a retroceder de espaldas, trastabillando al tropezar con el mobiliario disperso por el suelo, sin encontrar voz para gritar su advertencia. Palpando, tocó la camisa de alguien y se aferró a ella con desesperación, encarándose con quien la llevaba puesta.

—Los hobbits nos tienen rodeados —le espetó en la cara al dueño de la prenda.

—Iguaaaalito que a mi pfadre —replicó Jack, a quien parecían haberle hecho efecto de golpe todas las terceras pintas de la jornada. El borracho le apartó de un empellón para volver a rellenar su jarra en el barril de cerveza.

Desesperado, Mantecona se arrastró a cuatro patas hasta donde Noûan seguía lamentándose por la suerte de sus compañeros, lo cogió del hombro y lo zarandeó hasta conseguir su atención.

—¡Están ahí afuera! ¡Docenas de hobbits berserkers! ¡Saben que estamos aquí!

Por fin había conseguido sacar fuera el grito de alarma que se merecía la situación. No sabía cuánto tiempo podría seguir disfrutando de su voz recién recuperada, así que se apresuró a añadir:

—Han formado un círculo y se preparan para atacar, tenemos que reforzar las entradas. ¡Si logran entrar estamos perdidos!

Noûan agachó la cabeza y cerró los ojos. Empezó a temblar, pero no de miedo, sino de rabia, mientras todos los músculos de su cuerpo se tensaban.

—¡No! —proclamó—. ¡He de vivir por mis hijos! ¡Y todos vosotros también!

Mantecona no estaba seguro de por qué debía vivir por los hijos deformes del soldado, pero en el fondo estaba de acuerdo con el sentido último de esa afirmación, así que asintió vigorosamente. Noûan se incorporó y empezó a impartir órdenes:

—Mantecona, trae cualquier cosa que nos pueda servir para asegurar las entradas. Hansel, deja a tus hijos al cuidado de su madre y coge la espada de mi compañero. Gretel, a ver si puedes espabilar al borracho.

Después, se giró en dirección al criminal a quien habían llevado maniatado a la posada y le dedicó un atento escrutinio. Con una sonrisa sardónica, el detenido alargó los brazos, incitándole a que le soltara.

—Un gordo, un borracho y un palurdo —enumeró, con una voz grave y retumbante—. Soy tu única opción.

—Si te suelto —inquirió el guardia —¿nos ayudarás a repeler el ataque?

El prisionero se encogió de hombros y replicó:

—¿Qué otra opción tengo?

Reluctante, Noûan extrajo un puñal de su cinturón y procedió a liberarlo, sin apartar la mirada de sus ojos, fríos e inexpresivos, salvo quizás por una chispa de burla, reluciendo muy al fondo.

Apenas cayeron sus ataduras estiró los brazos y sonrió, al tiempo que aseveraba:

—Aaaaah, no importa que sea para afrontar un terrible peligro, estar libre es estar libre.

Tras esto, se dirigió hacia el cadáver de Callahion y lo apartó de un puntapié para hacerse con su espada. Alzó el arma y la examinó con ojo crítico, comprobando que era merecedora de las alabanzas de su fallecido ex-dueño. Noûan se mordió la lengua para no enzarzarse en una pelea por el trato irrespetuoso inflingido a su superior, no era el momento de pelearse entre ellos, sino el de pensar en cómo llegar a ver la luz del nuevo día.

Pese a sus buenas intenciones, no pudo evitar la confrontación cuando el criminal les dio la espalda y comenzó a dirigirse hacia las escaleras que subían a las habitaciones.

—¿Se puede saber qué estás haciendo? —inquirió con tono airado.

—¿No está suficientemente claro? Me largo.

—Pero… pero… ¿Y tu promesa?

El hombretón suspiró y pareció considerar que tanta estupidez merecía una respuesta, así que se volvió y se dispuso a proporcionársela.

—Mira, chaval, ahí afuera hay varias decenas de bestias salvajes como esa de ahí —dijo, apuntando en dirección al cuerpo de Nob con la espada—. Contra ese poder toda resistencia es inútil.

—¡Maldita sea! —insistió Noûan. —Dijiste que no tenías otra opción.

—No, nunca afirmé nada, sino que pregunté qué otra opción tenía y la verdad es que a mí se me ocurren varias. Por ejemplo, ahora subiré hasta la última planta de esta tabernucha y desde ahí intentaré escapar de Bree saltando de tejado en tejado, procurando por todos los medios no molestar en absoluto a ningún hobbit en estado berserker.

—Yo podría quizás seguirte, pero seguro que ni Mantecona ni los niños serían capaces de salvar de un salto el ancho de una calle.

—¿Quién habla de que deban hacerlo? Y otra cosa, intenta seguirme y te destripo.

Durante unos instantes se contemplaron en silencio. No fue realmente un reto, los dos sabían que nada podía hacer Noûan por detenerle, pero el guardia se lo debía a sí mismo y el criminal había acabado por encontrarle el puntillo gracioso al asunto. Después, sin cruzar una palabra más, se dieron la espalda. El uno para poner en práctica su plan de huida, el otro para organizar la última defensa del Poney Pisador.

 

Justo en ese preciso instante, un grupo de jinetes, montados en caballos sudorosos, coronaban una loma situada a unas millas al este de Bree y contemplaban desde esa atalaya el infierno en que se había convertido el poblado.

—Llegamos tarde —anunció innecesariamente el hombre que los dirigía, con la frustración atenazando su garganta—. Ya se ha desatado la furia berserker.

La comitiva contempló en silencio las llamas, cebándose en las sencillas construcciones de la otrora pacífica aldea. Desde tanta distancia el espectáculo era casi hermoso. Sólo el imaginar esa misma escena repetida a lo largo y ancho de la Tierra Media estropeaba su belleza.

—¿Qué hacemos ahora con esto? —inquirió uno de los montaraces, señalando el saco de hierba para pipa que transportaba en la grupa de su montura.

El líder pensó en silencio durante unos instantes. Sopesando los riesgos, tanto a nivel personal como en el esquema general de las cosas. Realmente, no había mucho que ponderar; la decisión era obvia. Sin embargo, resultaba difícil aceptarla.

—Aunque ya no sirva para evitar la destrucción de Bree, tenemos que completar la entrega. No podemos permitir que los hobbits vuelvan a caer en el estado semisalvaje de antaño. Ahora sería mucho peor de lo que recuerdan las canciones secretas. Hace cientos de años que ningún hobbit ha intentado controlar su espíritu berserker; ahora nada les pararía.

Todos comprendían que era el único curso de acción, así que no hubo voces disidentes. Orgulloso de su compañía, el líder impartió sus últimas instrucciones:

—Tenemos que acercarnos lo más posible al centro de la población, para que el efecto sea mayor. Cada uno de nosotros portara una antorcha alimentada con tabaco, no creo que sea demasiado efectiva para controlar a un mediano que se encuentre ya en estado berserker, pero es posible que nos proporcione el margen necesario para avanzar unos metros cruciales más.

»No vamos a sobrevivir a esta incursión. Tan sólo podemos esperar adentrarnos lo más posible en Bree antes de arrojar los sacos con hierba para pipa a las llamas. Nuestro objetivo es el Poney Pisador, o lo que quede de él. ¿Alguien tiene algo que añadir?

Tras unos instantes de vacilación, uno de los jinetes hizo avanzar un par de pasos su caballo.

—¿Sí, Ellen?

—Tan sólo quería pediros que no os confiarais. No os podéis imaginar lo peligrosos que son los hobbits. Hace tres años guiaba a un grupo de mineros a través de las Montañas Nubladas y uno solo de esos monstruos se las arregló para acabar con toda mi expedición en menos de veinticuatro horas.

La confidencia fue acogida con semblantes adustos. No había nada más que decir. El líder dio orden de marcha y la comitiva se dirigió hacia Bree con un trote ligero, con el fin de preservar la menguada fuerza de los caballos para una última carrera, para entrar al galope en las Estancias de Mandos.

En el Poney Pisador las cosas se habían puesto muy feas. Lo único que evitaba por el momento que los hobbits forzaran su entrada en la posada era que en el estado en que se encontraban no se preocupaban por trazar planes, sino que se lanzaban simplemente al ataque, arremetiendo a golpes contra puertas, ventanas y paredes por igual. Dentro, los defensores habían tomado todas las medidas a su alcance para postergar su destino, ya que cada vez se antojaba más claro que no había escapatoria posible a la muerte. Cualquier objeto susceptible de ser arrastrado había sido utilizado para apuntalar la puerta y las contraventanas habían sido reforzadas con tablones clavados, toda vez que las barras de metal comenzaban a combarse por la presión del siempre en aumento número de medianos, que acudían de todos los rincones de la condenada Bree para tomar parte en el asalto.

Para complicar aún más la situación, una pavesa arrastrada por el viento había alcanzado finalmente el tejado de la posada, que había comenzado a arder, añadiendo el peligro, o tal vez la escapatoria, de morir abrasados.

—¡Resistid! —gritaba Noûan, sin que pudiera discernirse si conminaba a sus compañeros o si su mandato iba dirigido a los maderos de la puerta que apuntalaba con su hombro. A su lado, Mantecona contribuía con su nada despreciable humanidad a contrarrestar los intentos por derribarla.

Por su parte, Hansel se afanaba de ventana en ventana, aplicando el martillo cada vez que alguno de los refuerzos comenzaba a aflojarse. Su mujer le iba pasando nuevos tablones para reemplazar los que se iban quebrando, bien por los golpes desde el exterior, bien al introducir los clavos. Se trataba de unos clavos largos y gruesos; para terminar de hundirlos tenía que empuñar el martillo con ambas manos, pero valía la pena, pues estaba seguro de que así la punta asomaba por el otro lado, siquiera una fracción de pulgada. Aquello no impedía que siguieran lloviendo los golpes, pues los atacantes eran inmunes al dolor y al instinto de autoconservación, pero constituía una fuente de secreta y desesperada satisfacción.

Sus hijos se abrazaban el uno al otro buscando consuelo en una esquina. No eran demasiado inteligentes, pero tampoco hacía falta demasiada sesera para comprender que su mundo había dado un vuelco irreversible. Observaban en silencio, con los ojos muy abiertos, repartiendo su fascinada atención entre sus padres, los dos extraños se apoyaban entre gritos en la puerta y Jack, que contribuía a la cacofonía con su destemplada voz de borracho, cantando canciones de fiesta totalmente incongruentes y lanzando risotadas.

—¡La puerta no aguantará durante mucho tiempo más! —le gritó Mantecona a Noûan al oído.

—Lo sé, pero ¿qué otra cosa podemos hacer? Si la… —Se interrumpió emitiendo un bufido cuando un golpe particularmente fuerte hizo temblar la madera—. Si nos retiramos no durará más que tres embestidas.

Mantecona se devanaba los sesos tratando de encontrar una solución. No serviría de nada esconderse. Los hobbits sabían que estaban ahí dentro y no pararían hasta acabar con ellos. Tal vez pudieran salvarse los niños, si utilizaban el escondrijo adecuado. Una vez había escuchado la historia de unos enanos que habían escapado de los elfos del Bosque ocultos en toneles. Pero no. No había contado con el incendio. Aunque eludieran el escrutinio de los medianos perecerían a causa de las llamas.

Sus manos resbalaron sobre la madera, haciendo que se golpeara la cara contra la puerta. Se permitió unos instantes para secarse las palmas en los faldones. No era de extrañar lo que le había ocurrido; estaban totalmente empapadas. Se pasó la manga por la frente para tratar de prevenir que le entrara sudor en los ojos. Jamás hubiera pensado que el esfuerzo físico resultara tan caluroso. Este último pensamiento se agarró a su cerebro y siguió importunándole mientras volvió a su tarea. ¿Tan caluroso? Como movido por un presentimiento, alzó la vista hacia el techo y se quedó sin aliento.

El esqueleto de vigas humeaba y el entarimado del primer piso quedaba perfilado por líneas de luz amarilla y temblorosa; toda la estructura superior de la posada debía estar en llamas. “Jamás pensé que mi propia posada se convertiría en mi pira”, pensó Mantecona. “¡Ni que fuera un rey pagano de antaño!”.

El edificio era fuerte, profundos sus cimientos, pero los pilares eran de madera y estaban sufriendo enormes tensiones debido a la dilatación producida por el calor y a la pérdida de elementos estructurales por acción del fuego. Concentrado en la algarabía que producían los hobbits en el exterior, no había prestado atención al coro de crujidos que anunciaban un colapso inminente, pero ahora no podía sino prestarle atención, escuchando con una angustia el lamento de muerte del Poney Pisador.

El crujido definitivo se originó muy hondo y empezó a desplazarse hacia arriba muy lentamente, astillando el corazón de mismo del pilar maestro. Al llegar a la primera cruceta se abrió en varios frentes, expandiéndose a gran velocidad por todo el entramado de vigas y traviesas, y al quedarse sin madera para avanzar se liberó, llenando el universo con un ruido ensordecedor.

Todo el ala este de la posada, donde se encontraban los establos, se vino abajo y el resto del edificio se escoró varios grados en esa dirección. La estancia donde se libraba la última resistencia de Bree se encontraba en una de las zonas menos afectadas, ya que al estar cerca de las cocinas contaba con varios refuerzos de piedra. Pese a ello, dos grandes vigas se desprendieron de sus soportes, precipitándose sobre los supervivientes entre una lluvia de pavesas y una de las paredes interiores se derrumbó, revelando un auténtico infierno en llamas.

—¡Hansel! ¡Gretel! —se escuchó gritar a una voz femenina.

Mantecona y Noûan, que no se habían visto afectados en lo más mínimo por el derrumbe, escudriñaron entre el humo tratando de discernir qué había ocurrido. Al cabo de unos instantes, reconocieron a la pareja de granjeros trastabillando entre los maderos carbonizados, intentando alcanzar el extremo de la sala, el lugar donde se encontraban momentos antes los dos niños, justo debajo de donde se cruzaban la mayor parte de las vigas.

—¡Aquí! ¡Ayúdame a tirar desto!

—¡Veo un brazo!

—¡Tira!

Entre uno y otro empezaron a sacar del montón de madera carbonizada un cuerpecito. Durante unos instantes los dos hombres dudaron sobre la conveniencia de ir a prestar su ayuda, pero abandonar su posición sería un suicidio. El temblor había desencajado la puerta y apenas sí se mantenía en su sitio. A los atacantes, por supuesto, no les había afectado en absoluto nada de cuanto había ocurrido y proseguían su asalto con el mismo frenesí que al principio.

—¡Jack! ¡Maldita sea, Jack! ¡Las ventanas! —gritaba Noûan, pues sin nadie que se ocupara de ellas pronto acabarían reventadas y todos sus esfuerzos serían aún más inútiles.

El borracho parecía haber recuperado un poco el sentido o al menos ya no desvariaba, pero su mirada mostraba una enorme confusión, como si no comprendiera dónde diablos había ido a parar y por qué. No les sería de mucha ayuda. Tampoco se podía esperar que los granjeros retomaran su labor. El hombre sostenía entre sus brazos el cuerpo inerte de su hijo y la mujer abrazaba a la niña, aterrada aunque aparentemente ilesa, acunándola y repitiendo como una cantinela:

—¿Qué será ahora de ti, ‘jamía?

Ni siquiera giraron la cabeza cuando el puño de un hobbit asomó por entre la madera astillada de una contraventana. Noûan sabía que una vez abierta la primera brecha no tardarían en practicar una apertura lo suficientemente grande como para permitirle la entrada a uno de aquellos monstruos. En su estado actual no les importaba lo más mínimo dejarse media piel en el proceso. Sin embargo, este conocimiento era inútil, ya que ni él ni Mantecona podían hacer otra cosa que mantener la puerta en su sitio. Si uno de ellos abandonaba la tarea, aunque sólo fuera por unos instantes, una marea de hobbits berserkers se precipitaría en el interior de lo que quedaba de taberna.

No obstante, cuando por fin llegó el peligro lo hizo desde una dirección completamente inesperada.

Procedentes de la sección incendiada del edificio, cuatro pequeñas figuras en llamas se precipitaron sobre ellos entre alaridos, más de salvaje anticipación que de dolor. Quién sabe cómo habían sido capaces de sortear los múltiples obstáculos para llegar hasta allí, tal vez fuera gracias a un sexto sentido berserker, tal vez fueran sólo los pocos que lo habían conseguido de entre muchos que lo habían intentado, lo cierto es que ahí estaban, dispuestos a llevarse consigo a sus enemigos.

En toda lógica, envueltos en fuego no debían poder ver absolutamente nada, si es que no se les habían abrasado ya los ojos, sin embargo, se dirigieron sin la menor vacilación hacia la familia de granjeros, que eran quienes se encontraban a menor distancia de ellos.

La niña fue la primera en verlos llegar. Abrió la boca y gritó con una potencia insospechada en un cuerpo tan pequeño. Aquel sonido tal vez fuera el único capaz de sacar del trance a sus padres. Hansel lanzó un rugido y se abalanzó sobre los atacantes antes de que pudieran poner una mano sobre su familia. Se había lanzado a la lucha con las manos desnudas, medio loco también por el dolor; si se detenía los hobbits le derribarían y sería el fin, así que no frenó su acometida sino que siguió adelante, para devolverlos al rugiente infierno del que habían salido.

Se vio favorecido por el instinto asesino de sus enemigos. Tres de ellos respondieron al desafío lanzándose a su vez sobre él y los cuatro desaparecieron entre las llamas. Sin embargo, el cuarto atacante se había fijado otra presa. Con un ágil movimiento esquivó a Hansel y se abalanzó sobre Gretel y su hija.

La pobre mujer poco podía hacer contra un enemigo que superaba todos sus poderes. Al contacto con el hobbit sus ropas se incendiaron, envolviendo a los tres en lenguas de fuego. Su fin estaba escrito, aunque finalmente la fortuna se apiadó de ella. Un nuevo temblor sacudió toda la estructura de la casa. Las paredes se hundieron de súbito un par de palmos, mientras se establecía un nuevo equilibrio precario en el castillo de naipes que era ahora el Poney Pisador, y cayó una tercera viga, acabando de golpe con el terrible espectáculo.

—Bien —dijo Noûan, con una voz extrañamente calmada—, parece que después de todo no voy a volver a ver mi granja en Ithilien. —Sonrió.

Mantecona lo miró con ojos desorbitados, barruntando que debía haber enloquecido; él mismo no podría certificar su propia cordura.

—Escapa —le conminó el guardia—. Podré aguantar unos instantes solo y luego les enseñaré cómo muere un soldado de Gondor.

Sí, claro, escapar, pero ¿a dónde? Entonces, entre las llamas que ya habían prendido en los montones de madera del suelo, vio oscura y tentadora, la entrada a la bodega. Tal vez si lograba llegar hasta allí antes de que todo se derrumbara… Miró a los ojos a Noûan y vio en ellos una inquebrantable resolución.

Por fortuna, Mantecona no había salido jamás de Bree, que estaba lo suficientemente lejos de cualquier puerto como para que nunca se hubiera oído eso de que el capitán debía hundirse con su barco, así que, simplemente, asintió y se lanzó a una carrera desesperada por su vida. Por desgracia, lo de las carreras no era algo en lo que tuviera mucha práctica, así que, a mitad camino, tropezó con algún obstáculo y cayó cuan ancho era a cierta distancia aún de la salvación.

A sus espaldas los hobbits comenzaban a entrar en tropel, sin que les molestaran particularmente ni Noûan ni su espada. Mantecona comenzó a arrastrarse desesperadamente a cuatro patas. Esperaba sentir en cualquier momento a un hobbit aterrizando sobre sus espaldas y clavándole lo que quiera que hubiera escogido como arma. Entonces escuchó una voz:

—Me llamo Jack Tresp.. Montaña. Vosotros matasteis a mi padre. Preparaos para morir.

Con estas palabras, Jack el inútil, Jack el borracho, Jack el cobarde, se lanzó al ataque contra una horda de hobbits berserkers, protagonizando una carga digna de ser cantada por los poetas, aunque no hubiera ninguno allí para registrarla, y concediéndole a Mantecona el respiro que necesitaba para alcanzar la seguridad de la bodega. Apenas rodaba por el segundo escalón cuando lo que quedaba de Poney Pisador se derrumbó con un último crujido.

 

—Llegó el momento. Recordad: no paréis bajo ninguna circunstancia. Roja será la noche hasta el nacer del sol. ¡Cabalgad para evitar la desolación y el fin del mundo!

Tras estas palabras de su líder los montaraces encabritaron los caballos y los lanzaron al galope, a través de las destrozadas puertas, hacia el corazón de Bree.

Habían decidido ir en grupo, formando una cuña, así cabía la posibilidad de que al menos uno de ellos alcanzara el centro de la aldea antes de perecer. En todo caso, lo primordial era que los sacos con hierba para pipa fueran entregados a las llamas.

Casi toda la Gente Pequeña de Bree se había congregado en torno a las ruinas del Poney Pisador, así que los jinetes pudieron disfrutar de unos primeros metros despejados, pero pronto el ruido de los cascos alertó a los medianos de la llegada de nuevas víctimas y se lanzaron ciegamente a interceptarlos.

Al principio aquello no supuso ningún problema, pues acudían muy dispersos y los caballos simplemente los arrollaban, pero no dejaban de arremolinarse a su paso. Pronto cayó el primer animal, sin que su jinete tuviera ocasión de lanzar a ningún fuego su carga al verse cubierto instantáneamente por los hobbits. Lo último que vio el montaraz fue el cadáver de un tipo grandote y calvo, caído a su lado con una mueca de sufrimiento congelada en su rostro. Uno tras otro los montaraces fueron derribados de sus monturas. Algunos lograban deshacerse de su carga, algunos incluso acertaban a apuntar a una casa en llamas, con lo que el aroma embriagador el tabaco comenzó a extenderse por las calles.

A la postre sólo quedó uno, a cierta distancia todavía del solar donde se había alzado el Poney Pisador. El montaraz supo que no iba a alcanzar su destino sin ser interceptado. Tenía que realizar el lanzamiento ahora o no tendría otra oportunidad. La hierba estaba bien prensada y el saco pesaba lo suficiente. Lo cogió de un extremo y empezó a darle vueltas sobre su cabeza, cobrando impulso, y finalmente lo lanzó, instantes antes de que un hobbit lo derribara del caballo, saltándole encima desde un tejado.

El saco describió una parábola perfecta, elevándose por un cielo en el que empezaban a insinuarse los primeros rayos de sol y descendiendo después, directo al punto donde las llamas eran más intensas. Fue una lástima que el montaraz ya no estuviera en condiciones de apreciar tal logro y que los hobbits, al día siguiente, no retuvieran gran cosa de la noche pasada, salvo quizás vagas impresiones sobre habérselo pasado en grande y una resaca de poney.

 

EPÍLOGO

Pasaron tres días hasta que lograron extinguir por completo el fuego y desescombrar el Poney Pisador. Fueron dos días de profunda meditación para Mantecona, ya que quedarse encerrado con varios barriles de cerveza afectaba mucho a su capacidad de concentración. Resultaba evidente que debían tomarse medidas para volver a poner bajo control el espíritu berserker hobbit. Tenía que hacer honor al sagrado deber de los Mantecona de preservar a los pueblos libres del peligro de los medianos; su antepasado Levadura no esperaría menos de él.

Lo primero era reconstruir el Poney Pisador y luego pensar en un modo de potenciar el efecto de la hierba. La verdad es que la pavorosa velocidad con que había avanzado el incendio le había dado ideas. ¿Y si preparara dosis autoadministrables envueltas en un material altamente inflamable? Además, podía experimentar con diversos aditivos, cualquier cosa con tal de que la Tierra Media no se viera abocada al funesto destino de Bree.

Verdaderamente, eran ideas a tener en cuenta. Entrelazó las manos y esbozó una sonrisa conspirativa en la oscuridad.

 

© 2005 Sergio Mars -- © Ilustraciones por Ferrán Clavero